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Lidia, la moneda, y la mujer

El héroe griego era un hombre como Agamenón, o Aquiles. Protagonizaban combates heroicos y perseguían el honor sin desmayo. En sus vidas el comercio no jugaba ningún papel, y si se encontraban con él en el camino, lo despreciaban. La imaginería de los griegos se llenaba de las heroicas historias de la Ilíada y la Odisea, que los relatores repetían una y otra vez, provocando desmayos de emoción entre los griegos. Razón por la que Sócrates les lanzaba su más negra admonición. En estas historias el único papel de las mujeres consistía en ser seducidas por los poderosos héroes. Descanso del guerrero, la mujer caía en los brazos del aguerrido luchador.

Estas historias, estos valores, eran comunes en Grecia. Pero no todas las ciudades-estado eran iguales. Lidia se distinguió por su inclinación al comercio, que dio lugar a uno de los inventos más importantes de la historia: la moneda. Los lidios desarrollaron lingotes de tamaño reducido, hechos a partir del electrón, aleación natural de oro y plata. Pero luego desarrollaron entre el 640 y el 630 antes de Cristo unos discos ovalados, con el sello de la cabeza de un león, con el mismo tamaño y peso.

Las ventajas de este adelanto tecnológico se hicieron pronto evidentes. Ya no era necesario pesar las cantidades de metal, ajustarlas al precio del bien que se quería intercambiar. No todo el mundo podía hacerse con el conocimiento adecuado para la medición del metal, y en el ajuste de las cantidades se perdía parte del mismo. Ahora, con solo contar el número, se puede alcanzar un precio razonable por los bienes. El cálculo económico se hace más fácil y barato. Y la pequeña denominación facilita el intercambio de los bienes más comunes y con menor valor. Más tarde Creso cambiaría el patrón por uno doble de oro y plata puros. El antropólogo Jack Weatherford, en su Historia del Dinero, cuenta que la legendaria “riqueza de Creso y sus ancestros no surgió de la conquista, sino del comercio”.

Gracias a la invención de la moneda, cuenta Weatherford, “el intercambio devino tan importante para los lidios que Heródoto les llamó una nación de kapeloi”; algo así como mercachifles. Para su disgusto, “Heródoto vio que los lidios se habían convertido en una nación de mercaderes. Habían cambiado el mero intercambio y el trueque en verdadero comercio”.

Ese desarrollo transformó la sociedad lidia profundamente. El historiador Heródoto, según recuerda su colega Weatherford, los observaba con poco disimulado disgusto: “La revolución comercial en la ciudad de Sardis, provocó cambios generalizados en la ciudad lidia. Heródoto cuenta con gran asombro la costumbre lidia de permitir a las mujeres elegir sus propios maridos. Por medio de la acumulación de monedas, las mujeres ganaron la libertad de pagar sus propias dotes y con ella tenían una mayor libertad para elegir al marido”. El escandalizado historiador griego veía con desagrado el contraste entre los valores heroicos de la sociedad griega y la universalización que devino con el desarrollo del comercio y que supuso la primera liberación de la mujer.

Más tarde, el propio Weatherford nos dice: “Grecia fue la primera civilización transformada por el dinero, pero en un período de tiempo relativamente breve todas las culturas siguieron a Grecia por el mismo camino y experimentaron la misma metamorfosis”. Nosotros somos herederos de esa civilización que, tocada por el dinero, llegó a idear los valores universales que nos han reconocido iguales, y que han liberado a la mujer del yugo del tribalismo y de la sociedad bélica y heroica.