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Llueve en África, ¿a gusto de todos?

Si por sociólogos y economistas fuera, el refrán castellano “nunca llueve a gusto de todos” habría pasado a reescribirse a “nunca nos desarrollamos a gusto de todos”. La reducción de la pobreza absoluta y relativa de manera ostensible durante las últimas décadas es un hecho que las cifras avalan. Sin embargo, esta mejora no invita a dejar de esforzarnos; por el contrario, incide en la necesidad de seguir avanzando en la línea que ha propiciado esta mejora: la globalización y el libre mercado y alejarnos de la economía planificada, que ha demostrado su fracaso ya demasiadas veces.

Durante décadas, el África subsahariana ha sido el paradigma de la pobreza extrema, del hambre y la violencia de la guerra. Los conflictos bélicos y sociales (ligados a las luchas tribales o a situaciones originadas en los procesos de colonización y descolonización), los regímenes autoritarios y totalitarios, la ausencia de seguridad jurídica, ciertas prácticas tradicionales y, sobre todo, la ausencia de instituciones clave para el crecimiento económico llevaron al continente a una situación de extrema precariedad. Sin embargo, incluso allí ha habido lugar para la esperanza. Las naciones, regiones y sociedades más libres (principalmente el sur y las regiones costeras) han propiciado una mejora que, poco a poco y si las circunstancias locales lo permiten, se irán extendiendo a otros lugares.

Un estudio del Banco Africano de Desarrollo (BAD) ha comprobado que una de las consecuencias de esta mejora de la economía africana ha sido un incremento de la población urbana frente a la rural. Para que nos hagamos una idea, si en 1960 la población de las ciudades suponía el 18% del total, en la actualidad ese porcentaje se eleva al 38% y, si las previsiones se cumplen, a mediados de este siglo el 56% de los africanos vivirá en ciudades. Este cambio demográfico ha venido acompañado de una mejora significativa de las condiciones sanitarias, lo que se ha plasmado en una menor incidencia de enfermedades como el VIH y una mayor supervivencia en los nacimientos, aunque la tasa de fertilidad haya bajado. Estamos ante una de las poblaciones más jóvenes del planeta. Hasta aquí podríamos decir que la lluvia era a gusto de los autores del informe, pero claro, no podemos olvidar que todo pesimista tiene un problema para cada solución.

El BAD ha observado que este movimiento demográfico ha sido demasiado rápido y, como consecuencia, las ciudades han crecido de manera descontrolada en muy poco tiempo, tanto en población como en superficie, “desparramándose” sin orden ni concierto, sin infraestructuras ni servicios, sin un planificador urbanístico que adelante las necesidades de la gente que aún no ha llegado ni se sabe si llegará, destacando como elemento colateral un desarrollo de la inseguridad y la delincuencia, pero sobre todo, de la desigualdad.

Y como no podía ser de otra manera, este desorden no solo afecta a las personas, pues el medioambiente se ve afectado de igual manera con desastrosos efectos sobre los ecosistemas, que ya se ven presionados por los efectos del cambio climático, un fenómeno que parece acompañar a todas las desgracias descritas en este nuestro planeta.

A lo largo de la historia ha habido muchas migraciones del campo a la ciudad y en todos ellos ha habido una repetición de pautas, surgiendo conflictos similares, pero de resolución diversa. La llegada masiva de personas en poco tiempo genera disputas entre los que llegan y los que estaban. Cada colectivo, cada individuo tiene o trae sus propios asuntos, tradiciones y costumbres, que pueden chocar entre sí. La inseguridad, la delincuencia, la desconfianza, la fricción, así como los procesos en que todo esto se supera (o no) forman parte de un complejo proceso de difícil predicción y cuyos efectos pueden hacerse evidentes en momentos inesperados. Que dure más o menos depende de muchos factores.

Un ejemplo cercano a los españoles, la llegada de gente del ámbito rural a ciudades como Barcelona, Madrid o Bilbao en la década de los 50 y 60 del siglo XX, generó una serie de conflictos que se terminarían plasmando veinte años después, en los 80, con un elevado índice de paro y un serio problema de delincuencia ligada a la droga. La industrialización despobló el campo, décadas después, la recesión elevó el descontento y la frustración de los que unos años antes disfrutaban de una situación muy distinta.

Volviendo a África, lógicamente la llegada inesperada de personas genera una necesidad de productos y servicios que, obviamente, no están, por lo que hay que crearlos, hay un desajuste temporal entre la demanda y la oferta. Estos déficits y carencias iniciales se tienden a solucionar mejor a través de un sistema de libre mercado que otro que se base en la planificación, principalmente porque el planificador no tiene la información necesaria para saber cuáles serán esos servicios e infraestructuras y en qué medida. Mientras tanto, cuando una economía es relativamente exitosa, es posible que los recién llegados puedan beneficiarse de esa capacidad de adaptación y de la riqueza que ya hay, pero si no es así, y África en principio no es un lugar donde sea fácil encontrar situaciones similares, repartir lo que hay puede también generar ciertos conflictos entre los que están y los que llegan, favoreciendo situaciones de inseguridad.

Planificar una ciudad cuando no se sabe cuántas personas van a venir, de dónde, cuáles serán sus necesidades, qué tecnología implantar, qué tipo de intercambios va a haber o cualquier otro aspecto es complicado, casi imposible. El éxito, cuando lo ha habido, ha sido temporal y fruto de la suerte, no de la previsión. En la mayoría de los casos ha supuesto un gasto ineficiente de recursos. Un ejemplo de esta situación es la ciudad de Brasilia, capital carioca, que se construyó con unas expectativas que pronto se vieron truncadas, donde contrastaba el centro rico con la periferia, donde se desarrollaron ciudades satélite en un suelo más barato y sin las infraestructuras necesarias. El medio millón habitantes previsto inicialmente ha sido sobrepasado con creces y ya llega a casi 3 millones.

La lectura de estos informes y, sobre todo, la lectura de los artículos periodísticos que nos los dan a conocer, nos llevan a una visión contradictoria, casi bipolar de la realidad. No sabemos si el desarrollo humano es bueno o es malo, si que cada vez haya menos pobres es un castigo o una bendición. La forma de redactarlos sabe enfocarse en la parte más negativa del asunto, del proceso, hasta el punto de que generan más desconcierto que esperanza en el lector. Y si no tuviera una cara negativa, se crea o se mezcla con otros asuntos, como el cambio climático, que puede o no tener una relación. Y al final, nunca llueve a gusto de nadie y nos desviamos del camino correcto. Otra reflexión que se puede hacer es si estas organizaciones, Bancos de Desarrollo y las ONG, al vivir de “tratar” más que de“solucionar” los asuntos relacionados con el desarrollo, maquillan estos informes de forma que se presentan de una manera más negativa de lo que es. Al fin y al cabo, el instinto de supervivencia de las personas y las instituciones es fundamental.