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Los inicios de la emisión de dinero bancario

Hasta mediados del siglo XIX los medios de pago disponibles se limitaban a la moneda metálica, esencialmente de oro y plata. La rigidez de la oferta de metales preciosos impedía que, ante un aumento de la demanda, la producción aumentase suficientemente rápido como el comercio lo necesitaba. Es en este escenario aparece el billete de banco, el papel moneda en general y los depósitos o cuentas corrientes disponibles a la vista, todos ellos instrumentos que, ahora sí, podían sustituir masivamente a la moneda metálica y constituirse como principales modos de pago. Obviamente, la adopción de una novedad como esta precisó tiempo y esfuerzo.

Para la difusión de este nuevo medio de pago fue necesario que el publico pudiese confiar en la convertibilidad a la vista del billete en moneda física y también que esto pudiese realizarse con facilidad. Por ello, en muchos países las primeras fases de este proceso se llevasen a cabo bancos de ámbito local, cuya cercanía física favorecía que el público tuviese conocimiento directo de las personas que dirigían los entes emisores y que, de una u otra manera, garantizaban la validez de los nuevos instrumentos de pago.

Los orígenes del billete de banco hay que buscarlos en la práctica de los orfebres de actuar como depositarios de moneda metálica que los clientes eran reacios a mantener en casa. Como comprobante del depósito efectuado y garantía de su devolución, el banquero emitía un recibo en el que constaba la cantidad depositada. El siguiente paso fue facilitar el uso de estos documentos que acreditaban el depósito como medio de cambio. Para ello fue necesario una estandarización de los billetes en importes fijos y permitir de una manera simple su transmisión sustituyendo el nombre del beneficiario por al portador. Con gran celeridad se dieron cuenta los orfebres que no era preciso mantener en forma de efectivo metálico todo el importe depositado por los clientes. Si el número de los depositarios era suficientemente elevado, las posibilidades de sufrir una retirada simultánea de fondos eran muy pequeñas. Resultaba factible utilizar una parte de los fondos recibidos para conceder crédito a los clientes. Aparecía así el negocio bancario mediante el principio de reserva fraccionaria.

El uso por parte del público de la moneda, unida al carácter privado de la emisión de billetes de banco, supuso que su aparición plantease una serie de cuestiones sobre quién y cómo se debían emitir estos billetes. Además, se añadía la tradición del control del Estado sobre estas cuestiones, ya que, desde tiempos inmemoriales, la acuñación de moneda ha sido un privilegio estatal mediante el cual, el derecho de señoreaje, los estados ingresaban grandes sumas de dinero.

Los Gobiernos de diferentes países tuvieron que afrontar los debates que surgieron referentes al dilema del papel moneda y su importancia en las fluctuaciones del comercio y los precios. La más relevante fue la que se produjo en Inglaterra en los años 1820 y que culminó con la “Bank Charter Act, más conocida como “Ley de Peel”, en 1844. Las posturas se concentraron en torno a tres escuelas de pensamiento: la Currency School, la Banking School y la Free Banking School, que tuvo un protagonismo menor.

La Currency School defendía el principio de que las fluctuaciones de los precios y los flujos de entrada y salida de oro del país estaban en directa relación con el volumen de billetes de banco en circulación. Cuando este era excesivo, producía un aumento de los precios, con el consiguiente déficit de la balanza exterior y la salida del oro al extranjero. Así, el control por parte del Estado sobre las emisiones de papel bancario era indispensable.

La Banking School esgrimía que, bajo un sistema de plena convertibilidad de los billetes, no podía darse una emisión excesiva. Esta podía ser sólo temporal y quedaría sin efecto por el inmediato retorno al banco emisor de los créditos innecesarios y la consiguiente reducción de los billetes en circulación. Por tanto, no sería necesaria ninguna regulación y la emisión de billetes debía dejarse en manos de los bancos.

La Free Banking School estaba de acuerdo con la Banking School pero añadía un matiz extra: el ajuste de los billetes en circulación a la demanda existente solo se produciría con la necesaria rapidez si existía competencia en la emisión de billetes. Por tanto, el monopolio de facto del Banco de Inglaterra era el culpable de los desajustes que se observaban.

En resumen, la regulación de la emisión de billetes era defendida por la Currency School y considerada innecesaria por la Banking School y la Free Banking School. En cambio, la concentración de la actividad emisora era favorecida por la Currency School y la Banking School y condenada por la Free Banking School.

La decisión finalmente adoptada por el Parlamento británico estuvo más en línea con la Currency School. La “Ley de Peel” separaba el departamento de emisión del propiamente bancario, asignaba al departamento de emisión la custodia del oro del banco y le permitía emitir sólo cierta cantidad de billetes respaldados por oro y deuda pública, y estableció la senda para el monopolio de emisión en el Banco de Inglaterra.

Debates similares se dieron en todos los países occidentales. La irrupción de un nuevo instrumento de medio de cambio como el billete de banco produjo prolíficos debates como el mostrado aquí en Inglaterra. Con el paso de los años, las regulaciones concernientes a la emisión de dinero bancario condujeron a la creación de lo que hoy conocemos como bancos centrales.