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Marx y el fin del capitalismo

Marx, quien se consagró a desarrollar su teoría de las crisis capitalistas, era muy consciente de la existencia de ciclos comerciales. Los ciclos, por definición, implican oscilaciones ascendentes y descendentes en la economía. Es por ello que Marx podía encontrar dificultades para llegar a su objetivo último si aceptaba la recurrencia de los ciclos: a una crisis le sucederá una recuperación y posterior auge. Entonces, cómo se justifica que el colapso del capitalismo vendrá causado por sus contradicciones internas si, tras un duro invierno, sobreviene una floreciente primavera en la economía. Sencillamente, porque las crisis capitalistas (las que duran unos 10 años) se sucederían cada vez con más frecuencia, acercándonos paulatinamente al ocaso final del capitalismo, ya muera éste por inanición, ya lo haga porque surgiera una revuelta del proletariado, hastiada de la intolerable situación de precariedad.

Lo intolerable de la situación para el trabajador proletario nos lleva a su teoría de las plusvalías. Durante los auges, los empresarios obtienen cuantiosos beneficios, beneficios que, ya vimos en un anterior comentario, expropia al trabajador, quien apenas vería aumentar sus salarios. Vemos la imagen esculpida en nuestra mente de un avariento capitalista, alardeando en un exclusivo club con puro y copa en mano, mientras amasa una fortuna a costa de sus trabajadores. Películas, año tras año, se han ocupado de que la imagen no se nos vaya de la cabeza.

Qué sucede entonces cuando arrecia la crisis. Que los beneficios se colapsan y los asalariados ven resentirse sus retribuciones de manera aún más pronunciada, llegando a niveles difíciles de soportar. Sería, sin ir más lejos, lo que denuncian los sindicatos de clases en estos momentos. Los empresarios y banqueros se han llenado las manos durante el boom y ahora todos los males salpican a los pobres asalariados, que poco disfrutaron de la burbuja y mucho aguantan de la recesión.

La sucesión de ciclos de estas características, al final, llevaría a que los salarios cada vez menguaran más, lo que conduciría al alzamiento del proletariado contra los propietarios de los factores de producción.

Los ciclos comerciales se originaban con motivo de las inversiones de capital fijo. Lo que esto implicaba es que alrededor de cada 10 años (en media), se tenían que renovar los bienes de equipo al tener esa vida útil. La suya es una teoría del ciclo de reposición del capital. También, siguiendo de nuevo a clásicos como Ricardo o Stuart Mill, afirmaba que la rentabilidad marginal del capital en la economía tiende a caer (algo que también defendió posteriormente Keynes). Con el paso del tiempo y la acumulación de ciclos, cada vez habría menos oportunidades de inversión.

Marx, con todo, fue tan prolífico (y caótico) que también tuvo presente la teoría del crédito en tanto intensificaría los ciclos comerciales, siendo que un ciclo comercial se podría ver magnificado por un ciclo crediticio. No era necesario en su teoría, pero avivaría las tensiones propias de los ciclos, pues durante el boom, empresarios y trabajadores tendrían acceso al crédito y comprarían en masa recurriendo al endeudamiento, haciendo que los precios de ciertos factores o bienes subieran de precio. Cuando se da la vuelta la tendencia, el batacazo será aún mayor en tanto que la deuda tiene que devolverse.

Su marco teórico, a lo Sismondi (y Keynes), es el del subconsumo, aunque también es el de la sobreproducción. El auge en la producción, propiciado por la inversión en bienes de equipo y, pudiera ser, por la expansión del crédito, toca su techo en tanto que los consumidores, mayormente asalariados, no cuentan con recursos suficientes para absorber los bienes que se han sobreproducido. Hemos dicho que durante el auge apenas suben los salarios y si hay sobreproducción, no hay manera de colocar los bienes si no es a la baja en precios. Llega la crisis y, con ella, la deflación también en salarios. Dos fenómenos se refuerzan para dar la puntilla al sistema: sobreproducción y subconsumo.

Hay un error en todo ello y es no dar la importancia debida al ciclo crediticio. La Escuela Austríaca de Economía ha puesto el dedo en la llaga al sostener que éste es el culpable máximo de los ciclos (no como lo veía Marx: accesorio, aun teniendo su importancia). Para empezar, durante el boom, sí hay una tendencia a que suban los salarios o a que, aunque no lo hagan significativamente, sí se incorpore una muy importante masa de gente a la población ocupada. Esto lo hemos vivido en España con el fenómeno inmigratorio o de incorporación de jóvenes y mujeres al mundo laboral. Si hijos y esposas entran a trabajar, las rentas familiares sí crecen.

Pero además, siendo el elemento crediticio el que dispara los ciclos, durante los auges las rentas disponibles se multiplican sin parangón. El asalariado medio no está viviendo en niveles de subsistencia: se está comprando su primera vivienda o cambiando de casa, se está comprando un coche, se está yendo de vacaciones a los lugares más exóticos, va a cenar a restaurantes más caros sin reparar mucho en el precio, lleva a sus hijos a los mejores colegios, se hace la cirugía estética, deja de ir de vacaciones al "pueblo", ahora ya no toma "chatos de vino", sino que degusta el vino como un sumiller. Con todas las excepciones que haya habido en los años del auge, reconocemos estos comportamientos en muchas personas durante aquellos tiempos.

Y de dónde viene todo esto. Cómo hemos podido cambiar nuestras pautas de consumo si las rentas laborales no han subido tanto (no en la misma cuantía, desde luego). Sencillo: gracias al crédito. Crédito para comprar, crédito que contribuye a revalorizar activos y, por extensión, al crecimiento de la riqueza o patrimonios personales y crédito que ayuda a hacer sostenibles y muy rentables ciertos sectores de la economía, confiriendo aparente estabilidad laboral. El crédito nos permite comprar, nos hace más ricos y encima nos da estabilidad laboral. ¡Más madera entonces! A saber, la pelota del crédito crece cada vez más si individuos y empresas aparentan ser de lo más solventes.

La sobreproducción del boom de la que nos habla Marx, si no es por esta explicación, ¿a qué se debe? A que hay gente comprando, y mucho, y a que el empresario, en consecuencia, adapta su estructura productiva a tamaña demanda. Demanda que, ya de paso, se piensa va a crecer en progresión geométrica hasta el infinito. Pero el infinito, y eso lo vio bien Marx, no es posible. El límite lo pone nuestra capacidad de endeudamiento. Y ésta sí que no es infinita cuando la gente se pone en situación de no poder devolver la deuda hasta dentro de media vida...

Desde luego que en las crisis muchos trabajadores –como muchos empresarios, jubilados, capitalistas, etc.- lo pasan mal. Nos suben impuestos, caen las remuneraciones, se devalúan nuestros activos (vivienda, entre otros), perdemos nuestro trabajo, hay que devolver deuda y no hay manera de incrementar nuestro bienestar acudiendo al crédito. Quedaremos vacunados de estos excesos al menos un par de generaciones. El último, el de la vivienda, no ha sido un ciclo comercial más, como tampoco será el fin del capitalismo...