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Medio siglo de la tragedia de los bienes comunales

El 13 de diciembre de 1968, la prestigiosa revista Nature publicó un artículo con un acertadísimo título: The tragedy of the commons; la tragedia de los bienes comunales. Para dejar impronta en la historia del pensamiento, no menos importante que hacer aportaciones interesantes es poner un nombre a esas aportaciones. No importa que sea una mala metáfora, como la mano invisible de Adam Smith; lo importante es ponerle un nombre y darle la oportunidad a los lectores de referirse a la idea con una expresión acuñada por el autor.

La tragedia de los bienes comunales es un buen ejemplo. Años antes, en 1940, cuando el autor del artículo Garrett Hardin, tenía 25 años y se doctoraba en biología en la Universidad de Stanford, un economista del otro lado del Atlántico, Ludwig von Mises, expresaba esencialmente la misma idea que el científico tejano. Pero no le puso nombre.

El texto pretendía demostrar la falacia precisamente de la mano invisible de Smith. El moralista escocés intentó expresar con esa pobre figura retórica el hecho de que cada uno de nosotros, movidos por la consecución de nuestros propios fines, contribuimos también a que los demás lo hagan, como si todo respondiese a una intención que, por otro lado, no se puede apreciar. El logro de Smith y otros autores de la época y posteriores fue expresar la que puede considerarse la mayor contribución de las ciencias sociales: la idea de que la acción individual, en sociedad, puede desarrollarse en armonía; en una colaboración no diseñada pero que contribuye a que cada uno de nosotros se acerque al cumplimiento de sus propósitos.

Hardin creyó encontrar un argumento definitivo contra esa idea; un agujero por el que la concepción de la sociedad de Adam Smith se podía colar hasta desaparecer por el sumidero de la historia de las ideas. La tragedia de los bienes comunales.

Pongámonos en el caso de “un pasto abierto a todos”, nos dice Hardin. En tal caso, cada ganadero intentará sacar el máximo provecho de ese terreno para su ganado. Pero lo hará sin tener en cuenta los costes que pueda suponer la explotación presente para su valor futuro. Es más, como todos los ganaderos son conscientes de que el hambre llega mañana, corren por el pan para hoy, en una carrera conjunta y alocada por agotar el recurso. El resultado es el consumo de los recursos comunes; un resultado antisocial pero que es inevitable desde el presupuesto de la racionalidad individual de la que partía Adam Smith. “La comunalización”, advierte Hardin, “privatiza los beneficios pero hace comunes las pérdidas”. La racionalidad individual conduce a una falta de racionalidad pública, algo que ya había apuntado Mancur Olson.

O, por citar a von Mises, “si la tierra no es propiedad de nadie, (...), se utiliza sin tener en cuenta las desventajas ulteriores. Los que están en posición de apropiarse para sí de los beneficios (madera y

caza de los bosques, peces de las áreas de agua y depósitos minerales del subsuelo), no se preocupan por los efectos posteriores de su modo de explotación. Para ellos, la erosión del suelo, el agotamiento de los recursos agotables y otros efectos negativos para su futura utilización son costes externos que no entran en su cálculo de ingresos y costes”.

Esta idea, irrebatible desde sus presupuestos, amargó la vida de Garrett Hardin, que estaba convencido de que el mundo estaba plagado de bienes comunales, y de que la lógica de la explotación sin vista a futuro auguraba el agotamiento de la Tierra, la catástrofe ecológica y económica. Si no podemos cambiar nada de eso, al menos podemos lograr que seamos menos y que el necesario daño del hombre sobre la tierra mengüe con su población.

Nosotros sabemos que no hay lugar para tanto pesimismo. Para empezar, se pueden cambiar las condiciones en las que se da ese comportamiento devorador. Sustituyendo los bienes comunales por bienes privados, esos efectos tan negativos desaparecen y vuelve la mano invisible de Adam Smith.

No es el único camino, sin embargo. Elinor Ostrom es una investigadora reconocida con el premio Nobel de Economía, pese a no ser economista. Su trabajo se ha centrado en el estudio de cómo hay situaciones en las que hay recursos comunes, y su gestión ni responde al proceso descrito por Hardin, ni recae en manos públicas ni responde a una asignación de derechos de propiedad sobre la tierra o los recursos.

Aunque Ostrom acompaña su obra de un sustento teórico, lo que le interesa es simplemente recoger los casos en los que hay una gestión exitosa de bienes comunes, cómo son los acuerdos que permiten realizarla, y cómo es el proceso que conduce a alcanzar esos acuerdos. Son el precipitado histórico de la confluencia de varias fuerzas.

Una de ellas es la tragedia de los bienes comunales. Evitarla está en el interés de todos los que pueden acceder al bien. Es un incentivo suficiente para que los actores lleguen a acuerdos, a pesar de que tienen intereses potencialmente contrapuestos. Además de contar con ese incentivo, los actores tienen un conocimiento “de tiempo y lugar”, como dice Ostrom, un conocimiento práctico, específico, sobre el bien.

Otras fuerzas, contrapuestas, son las de cada uno de los actores que quiere Esos acuerdos sólo llegan tras una ardua negociación sobre un conjunto de principios: Definición de quiénes pueden acceder al bien común, y asignación de cada uno de los derechos y de las responsabilidades sobre los recursos. En definitiva, son acuerdos que asumen los principios sobre los que funciona la propiedad privada.

Ostrom no cree que los actores respondan a las caricaturas a las que son tan aficionados quienes, como ella, son politólogos: No son irracionales y malvados o, por el contrario, omniscientes y bienintencionados. Estamos todos cortados por un patrón similar, muy limitado por lo que se refiere a la capacidad de apreciar toda la complejidad de las posibles soluciones, pero suficiente como para reconocer qué ha ido bien y qué mal. En definitiva, hay lo que Ostrom llama una “acción colectiva autoorganizada”.

Hace veinte años, también en la revista Science, escribía Ostrom: “Aunque indudablemente han ocurrido tragedias, también es obvio que durante miles de años la gente se ha autoorganizado para gestionar recursos comunes. Y que quienes los utilizan han logrado crear instituciones sostenibles a largo plazo para gobernar esos recursos.

Garrett Hardin nunca entendió que había formas de evitar la tragedia que él veía extendida por toda la tierra; formas nacidas de los acuerdos voluntarios; bien por medio de la propiedad privada, bien por acuerdos que en cierto modo imitan los principios de la propiedad privada. Hardin encontró la solución a sus temores en el control de la población, especialmente por medio de las esterilizaciones masivas en países subdesarrollados. Una posición progresista y racista al mismo tiempo que no fue el único en defender. Se equivocó. Pero al menos entendió que debía dar ejemplo y no sólo no tuvo hijos sino que él y su mujer se quitaron sus vidas al mismo tiempo siendo ya octogenarios.