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Mejor que la democracia

Tal vez la democracia no sea un sistema perfecto, pero es lo mejor que se ha inventado hasta el momento en lo que se refiere a decisiones sociales, dicen. Prácticamente nadie lo pone en duda. O todos tenemos voz y voto en lo que nos concierne o alguien decide por nosotros, o sea, o democracia o dictadura. Es más, los puntos débiles del sistema parecen razonablemente asegurados una vez que se establece el sufragio universal y se salvaguardan los derechos de las minorías.

Sin embargo, hay áreas de nuestra vida que consideramos demasiado “íntimas” para dejarlas al arbitrio democrático por mucho que afecten directamente a los demás. La sexualidad, la amistad, la familia, la donación de órganos, etc.

De hecho, las decisiones que usted tome sobre esos temas íntimos afectarán por activa o por pasiva a innumerables personas. Y, a su vez, usted mismo debe su propia existencia a las decisiones que otros (entre ellos todos y cada uno de sus antepasados) tomaron sobre estos temas.

Se haría difícil encontrar asuntos más críticos para la supervivencia y prosperidad de una sociedad que esas decisiones íntimas de cada uno de sus ciudadanos. Precisamente porque lo valoramos tanto, no podemos aceptar que un tercero o un millón de terceros tenga derecho de veto sobre estas decisiones nuestras. Una sociedad que intente regular por vía democrática la amistad, la sexualidad o la familia se verá abocada a un infierno social.

Seguramente, usted lleva años practicando este método antidemocrático en lo que atañe a los asuntos que más le conciernen. Muy probablemente, usted podría satisfacer las necesidades de terceros en esas áreas pero ni se le había ocurrido ponerse a disposición de la decisión mayoritaria de aquellos. Prefiere reservarse el derecho a tomar esas decisiones. Y las toma considerando que es lo que le ofrecen y ofrece un valor a cambio de recibir otro valor. Pero imagine que, protegidos por el anonimato de una votación democrática, sus conciudadanos pudiesen elegir por usted. Imagine cómo sería su vida. Imagine cuánto tendría que dar. Imagine a cuánto tendría que renunciar.

Y ahora, plantéese lo contrario. ¿Por qué acepta la decisión democrática en los otros asuntos? Acepta, por ejemplo, que la hacienda pública le cobre más de un tercio de su riqueza. Acepta, igualmente, un sinfín de regulaciones.

Es interesante, exactamente las mismas personas, cuando nos relacionamos con ellas aceptando el principio democrático, nos quitan un tercio de nuestra riqueza y nos lo regulan casi todo, en cambio, cuando usamos el otro método algunas nos dejan en paz y otras colaboran con nosotros, pero no nos imponen nada.

Eso que algunos han llamado Estado ultraliberal o anarcocapitalismo o, incluso, pizzacracia es, de hecho, de lo menos utópico que uno pueda imaginarse. Se trata, simplemente, de comprender el criterio que usamos para las cosas más importantes y aplicarlo a las no tan importantes, como el dinero, por ejemplo.

En definitiva, si un código moral o sistema político no es suficientemente bueno para metérselo dentro de la ropa interior, ¿porqué dejar que penetre en el bolsillo, en el cerebro o en el corazón? ¿Va a dejar que hagan con los frutos de su trabajo lo que no permite que hagan con su cuerpo? ¿Acaso su propiedad es menos suya que su cuerpo? Usted ya conoce y practica algo que es mucho mejor que la democracia, ¡encuéntrele nuevas aplicaciones!