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Mercado monetario y mercado de capitales

La cualidad fundamental del dinero es la liquidez, esto es, su utilidad decrece muy lentamente cuando se incrementa su cantidad, lo cual permite acumularlo y enajenarlo en grandes cantidades con rapidez, certidumbre y a la par.

La liquidez se manifiesta de dos formas: en el espacio y en el tiempo. La primera permite saldar con rapidez, certidumbre y a la par las deudas ya contraídas, mientras que la segunda nos proporciona con certeza desde hoy liquidez especial en el futuro. En la terminología económica corriente solemos referirnos a estas dos manifestaciones de la liquidez como las funciones del dinero: medio de intercambio y depósito de valor.

En ocasiones las dos funciones del dinero coinciden en un mismo bien, por ejemplo con el oro. En otras, sin embargo, se han utilizado bienes distintos para cada una de esas funciones: en la antigüedad se utilizaba el ganado (pecus, de ahí pecuniario) como medio de pago y la sal (de ahí salario) como depósito de valor (el ganado perecía y no permitía liquidar deudas futuras con rapidez, certidumbre y a la par).

Estas dos funciones del dinero dan lugar a su vez a las dos causas por las que suele demandarse el dinero: para liquidar las deudas ya contraídas o para disfrutar de una situación que permita liquidar las deudas que puedan ir fijándose en el futuro. Y a su vez estas dos demandas permiten organizar dos tipos de mercados, conocidos generalmente como "mercado monetario" y "mercado de capitales".

En el primero los individuos tratan de proveerse con fondos para liquidar sus saldos deudores netos. Ya vimos que en la economía moderna la amplia mayoría de transacciones se realizan mediante trueque y el dinero sólo se utiliza para compensar las posiciones acreedoras netas. Puede ocurrir que el deudor neto no disponga en ese momento de los fondos dinerarios suficientes para pagar a su acreedor, pero sí de otros bienes casi tan líquidos como el dinero (por ejemplo, bienes de consumo muy urgentemente demandados que los consumidores estén dispuestos a intercambiar por su dinero ya que satisfacen directamente sus necesidades). En este caso, o bien pagará a su acreedor con una deuda respaldada por estos bienes (letra de cambio o pagaré) o emitirá una letra o pagaré contra sí mismo y lo descontará en el mercado monetario.

El descuento es la operación típica del mercado monetario: dado que esos bienes muy demandados están en la fase final de liquidación (y no se utilizan, por ejemplo, para acumular stocks) los mercados monetarios permiten anticipar los frutos de su venta futura a cambio de un precio (descuento). En otras palabras, son mecanismos que permiten compensar los saldos acreedores netos ante carestías momentáneas de dinero.

En el mercado de capitales, en cambio, se busca una provisión estable de fondos que permita ir saldando los distintos compromisos presentes y futuros que se vayan adquiriendo con los factores productivos. El objetivo es poder financiar operaciones que se encuentran en una fase muy alejada de su liquidación final. Por ejemplo, construir una nave industrial donde se producirán los ladrillos con los que se edificarán las viviendas que los consumidores adquirirán. El demandante de dinero en este mercado carece de bienes líquidos con los que pagar a sus acreedores (proveedores de factores productivos): no acude al mercado de capitales para anticipar ningún importe dinerario, sino para lograr generar una riqueza adicional en el futuro.

El préstamo o la adquisición son las operaciones típicas de este mercado: el demandante del dinero vende bonos (compromisos de devolución del dinero prestado más un interés) o acciones (cuotas de propiedad sobre la actividad desarrollada con el dinero que da derecho a una parte proporcional de los beneficios futuros).

El tipo de descuento que se aplica en los mercados monetarios se determina por la propensión a consumir de los individuos, esto es, la proporción de mi dinero que pretendo destinar al consumo. Cuanto más ávida por consumir sea una sociedad, los bienes de consumo se volverán tanto más líquidos (se convertirán en dinero con mayor rapidez, certidumbre y a la par) y por tanto el descuento para anticipar el importe dinerario futuro será menor.

El tipo de interés de los mercados de capitales se determina por la propensión a ahorrar, esto es, la proporción de mi dinero que pretendo destinar al ahorro. Cuanto más propensa a ahorrar sea una sociedad, más fondos disponibles habrá para quienes quieran utilizarlos en actividades productivas que maduran en el futuro y por tanto el interés será menor.

La preferencia temporal a consumir no es la complementaria de la preferencia temporal a ahorrar. El dinero puede quedar fuera de los circuitos de crédito mediante el atesoramiento. La moneda y los billetes o los depósitos a la vista en principio ni están dedicados al consumo ni al ahorro: son saldos de caja disponibles para aprovechar cualquier oportunidad de consumo o inversión. De ahí que el consumo pueda incrementarse (y el tipo de descuento disminuir) sin que disminuya el ahorro (y aumente el tipo de interés) y viceversa.

El descuento supone la pérdida de disponibilidad momentánea de una cantidad del bien más líquido a cambio de adquirir la disponibilidad de otros bienes ya existentes un poco menos líquidos. El préstamo o la adquisición implican la pérdida de disponibilidad temporal o permanente del bien más líquido a cambio de bienes futuros que aun no existen. Por ello (mayor plazo e incertidumbre) el tipo de descuento suele ser inferior al tipo de interés.

Sobre esta circunstancia se desarrolla el pecado monetario por excelencia: el arbitraje entre el tipo de descuento y el tipo de interés. O lo que es lo mismo, buscar una provisión estable de fondos durante un largo período de tiempo a través de letras de cambio y pagarés, beneficiándose del menor tipo de descuento.

La operación es un fraude absoluto que ya quien descuenta la letra o el pagaré no adquiere la disponibilidad financiera sobre ningún conjunto de bienes líquidos ya existentes. Se pretende financiar una actividad que vence muy a largo plazo con la continua renovación (roll-over) de deudas a corto. Sería como si los antiguos hubieran pretendido financiar la instalación de un circo romano a partir de un muy numeroso ganado de toros.

Los bancos suelen incurrir frecuentemente en estas operaciones: recurren a los depósitos a la vista (deuda a corto plazo) para financiar préstamos a largo (hipotecas). Se endeudan a corto para prestar a largo.

Las consecuencias de esta mezcla entre los dos han sido bastante estudiadas por la Escuela Austriaca: multiplicación de la deuda de mala calidad, progresiva iliquidez del sistema productivo y el resultante ciclo económico catártico.