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Moralidad hasta en la sopa

Como no se han cansado de repetir en los últimos días, el pangolín y los murciélagos han podido ser el origen de la epidemia de coronavirus que, además de haber acabado, por el momento, con la vida de más de 900 personas, con más de 37.000 infectados, tiene paralizadas ciudades enteras, está obligando a parar fábricas, a poner en cuarentena cruceros llenos de miles de personas, a cancelar miles de vuelos de decenas de aerolíneas e, incluso, a que algunas de las mayores empresas tecnológicas decidan no asistir a congresos (caso del Mobile World Congress) que se celebran a miles de kilómetros del origen del problema.

Como decíamos, el origen de problemas como este puede estar en aquello que comemos: según los expertos, la ya famosa enfermedad de las “vacas locas” pudo tener su origen en harinas de origen animal, que servían de alimentación del ganado vacuno, y que seguramente provocaron la aparición del agente infeccioso. De igual forma, los datos que se están empezando a conocer sobre el coronavirus (y que hay que tomar con todas las cautelas, entre otras cosas, por el particular modo en que fluye la información en países como China) revelan que el origen ha podido estar también en la ingestión, por el hombre, de animales carnívoros u omnívoros, que podrían ser más propensos que los herbívoros a albergar microorganismos susceptibles de mutar y convertirse en patógenos para el hombre. Y es que, al parecer, un virus aparentemente inofensivo puede mutar en un momento dado y acabar convirtiéndose en un arma letal.

Aunque, como decimos, no hay nada todavía demostrado, ya se están empezando a escuchar voces exigiendo a países como China, cuyos habitantes parecen estar más acostumbrados que los occidentales a comer animales “silvestres” (o “raros”), a que controlen más los excesos alimentarios de sus ciudadanos. A medida que se vayan desarrollando las investigaciones, si estas van en la dirección que apuntamos, el llamamiento a esos controles será cada vez mayor y nos enfrentaremos, por tanto, a un nuevo ataque a la libertad individual.

Hace apenas unos meses, la ONU, para supuestamente “parar” el cambio climático, “recomendaba” cambiar la dieta y el uso de la tierra. En el caso actual, si la excusa es el riesgo cierto de que esa falta de control en la alimentación pueda generar una epidemia que ponga en jaque la vida de miles, incluso millones, de personas de manera inmediata (en días puede haberse extendido por todo el globo y ocasionando miles de muertos), a partir, además, de un único foco, la vehemencia y el rigor con que se implementarían los controles de los que hablábamos sería mucho mayor.

Como sabemos, el liberalismo requiere de un marco jurídico en el que conciliar los distintos intereses de las personas, permitiendo la consecución de los fines de aquéllas, pero dentro de una en común con el resto de miembros de la sociedad. Así, la interrelación, no siempre fácil, de los principios fundamentales de ese marco jurídico liberal (libertad, propiedad y autonomía contractual) suele ser suficiente para solucionar los problemas habituales que puedan surgir en el seno de esa convivencia. Pero para que ese sistema liberal sea realmente robusto y funcione, son necesarios también otros valores que cohesionen y vertebren, como el de la responsabilidad y compromiso con aquellos con los que vivimos. El ejemplo del origen del coronavirus es, en este sentido, muy elocuente: si comer lo que quiera puede suponer un riesgo cierto e inevitable tanto para mí como para terceros, yo mismo debería ser el primero en limitarme como consecuencia de esa exigencia ética.

No creo que se trate de valores que deban imponerse con violencia, porque sería como pegarnos un tiro en el pie para evitar el dolor en la mano, pero los liberales somos los primeros interesados en que esos valores calen y se vuelvan determinantes en nosotros y en nuestros vecinos para poder mantener ese equilibrio inestable que el ser humano lleva “de serie” y con el que solo puede acabar o la muerte física o la muerte de la sociedad a la que llevan los totalitarismos liberticidas.

Comentarios

Lluïs Vives

El 6-7 de Febrero tuvieron lugar las Jornadas sobre el futuro de la regulación "Smart Regulation", con una espléndida variedad y calidad en los ponentes: https://www.juandemariana.org/jornadas/smart_regulation/

Se presentó el "Nanny State Index 2019: Eat, Drink, Smoke, and Vape in EU" mediante un interesante debate entre un representante finlandés (país líder en intervención paternalista), otro escocés (donde ahora van a imponer un "precio mínimo" para las bebidas alcohólicas), y otro danés (país que menos "se mete" en estas cuestiones), presidente de la asociación de "think tanks" liberales europeos que es Epicenter.

La conclusión fue, quizás, que el comercio libre a través de toda Europa está muy bien, pero que armonizar la regulación sobre esas cuestiones sería contraproducente (como cada país tiene unas costumbres diferentes, qué vas a hacer intentar aumentar el consumo de X en un país, e intentar bajarlo en otro; no tiene sentido). Para empezar no se sabe ex ante qué es mejor, sobre diferentes tipos de personas las mismas medidas puede tener efectos diferentes, además se fomenta la irresponsabilidad, y en caso de que tuviera efecto no se sabría cuál es la medida política concreta que ha tenido éxito. Pese a ello y a la ausencia de correlación entre los objetivos de salud perseguidos y las políticas intervencionistas paternalistas implementadas (por ejemplo, España, aunque parezca mentira, aparece el 23º de 28, y sin embargo es uno de los de mayor esperanza de vida) se vio que, efectivamente, reina una supuesta moralidad "hasta en la sopa".

De hecho un asistente recordó que mientra China copia, y EE.UU. inventa, Europa... "regula"

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