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Muso on my mind

Cuando el pasado viernes un amigo suyo recordó esta anécdota, le tembló la barbilla. Se levantó por la mañana. Miró por la ventana, se volvió hacia su amigo y le preguntó: "¿No es éste un buen día para morir?" El día anterior habían recibido una amenaza de muerte del gobierno marxista leninista que regía Guatemala, su tierra.

Manuel Ayau, por suerte, salió de aquella, y de muchas más. Inexplicablemente, además de fundar y dirigir la Bolsa de Guatemala (lejos de la garra estatal), creó en los años setenta una universidad liberal y privada: la Francisco Marroquín, un punto de referencia en el mundo de la enseñanza liberal hispanohablante de nuestros días. No dijo el profesor Ayau que entre 1954 y 1982 se sucedieron una serie de gobiernos militares liberticidas en Guatemala que se cobraron unas 80.000 vidas, y que bajo el Gobierno de Ríos Montt, en un solo año, el de 1982, 15.000 guatemaltecos fueron asesinados, unos 70.000 huyeron del país y unos 500.000 ciudadanos se tiraron al monte, huyendo de la represión. Así que tenía motivos para formularse esa pregunta retórica (al fin y al cabo, cualquier día es bueno para morir) ante una amenaza de un Gobierno como el que regía su país.

A pesar de los malos momentos, de las persecuciones y del desánimo, siempre creyó en sus principios liberales. Liberales sin apellidos. Simplemente la defensa de la libertad de cada cual. Muso, como le llaman sus amigos, explicaba con una sencillez aplastante que la solución a la pobreza es la defensa de la vida, de la propiedad privada y de los contratos. Y que para asegurar una buena enseñanza a nuestros niños lo que hay que hacer es defender la vida, la propiedad privada y los contratos. Y para sacar a un país de las garras del marxismo leninismo sin pasar por una dictadura lo que hay que hacer es... efectivamente, defender la vida, la propiedad privada y los contratos. Cuando un hombre con su valor, con su experiencia y su sabiduría lo repite tantas veces, a lo mejor es que hay que hacerle caso.

Lo decía, además, en el homenaje que el Instituto Juan de Mariana le ofreció el pasado viernes en la II Cena de la Libertad. Ese fue el mensaje que nos dejó. Ese, y su nuevo proyecto, la reforma constitucional como instrumento para avanzar hacia una sociedad más libre. Hablaba de él con la ilusión de un principiante, que sabe que tal vez no salga adelante pero, como decimos por aquí, "que nos quiten lo bailao", que algo aprenderá la gente, alguna lección quedará en la mente de alguien.

De todos los amigos guatemaltecos a los que he conocido la pasada semana con ocasión de este merecido homenaje a Manuel Ayau, me quedo con la sonrisa amable, las ganas, la disponibilidad, la predisposición a recibir ideas, mentes, formas de trabajar.... Y la libertad sin apellidos que desprenden todos ellos. Sin apellidos tiránicos que atan a una definición sesgada. Libertad a secas, sin pegatina electoralista, sin número de votos detrás, sin oportunismo ni consigna de partido... simple libertad de pensamiento, expresión, reunión y acción.

Mi reflexión a posteriori es, precisamente, qué nos impide a nosotros, españoles, tan europeos, modernos y demócratas, entender ese concepto de libertad individual, que no admite sectas, ni etiquetas, ni pureza de sangre. Y creo que, probablemente, es la falta de humildad. En algún momento de la conversación con Giancarlo Ibargüen, actual rector de la Universidad Francisco Marroquín, o con el propio Manuel Ayau, pensaba qué pasaría si tratara de explicarles la cantidad de sectas, grupos, grupúsculos, secciones, ramales, caminos de cabras y demás variantes del liberalismo patrio. Imposible. Me sentía completamente incapaz, y la tarea en sí, profundamente ridícula. Como lo es el empeño en ser el auténtico liberal, el más liberal, el liberal de pata negra... ¿defiende usted la vida, la propiedad y los contratos, no como entelequia distante que se aprende en los libros, sino como forma de vida? Entonces podemos hablar.

"Muso no es un milagro. Es la prueba de que la libertad individual funciona." Así lo expresó Carlos Rodríguez Braun en su breve pero intensa y emocionada presentación del Premio Juan de Mariana 2008. La ovación larga y cerrada, con los 170 que compartíamos el Salón Real del Casino de Madrid en pie, sirve como una mínima muestra del respeto y la admiración que merece este hombre. Un ejemplo para cualquier liberal de bien.