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No, Clint Eastwood no tiene razón

En la primera persona que pensé al levantarme el día 9 de noviembre, y ver el resultado electoral en USA, fue en el bueno de Clint. Si hay alguien que se merece llevarse una alegría  a sus 86 años es él. Sobre todo porque sé cómo las gasta cierta parte de la sociedad americana cuando te pones en su contra en lo que al presidente del país se refiere.

Pero a mí no me gusta Donald Trump. Desconfío de toda persona que quiera llegar a la Casa Blanca, más aún si lo hace utilizando discursos populistas y liberticidas. Tampoco entiendo de males menores, ni me emociono, como otros, al calor de las campañas electorales. Es por eso por lo que anoto como curiosidad social el resultado de esta y otras elecciones, y no les doy mayor importancia.

Por desgracia vivo en una época en la que todo el mundo tiene un analista político dentro, y en grandes acontecimientos mediáticos se crean las circunstancias idóneas para que se lleguen colectivamente a análisis erróneos, que a fuerza de repetirse pueden quedar asentados en la mente de muchos.

El primer problema de la victoria de Trump es que algunos analistas de la derecha reaccionaria han pasado a ganar fama por anticipar el resultado electoral. Ser antiizquierda, querer que gane el candidato que más cabrea a la izquierda, y que dé la casualidad de que gane no debería ser razón para que alguien con ideas equivocadas gane fama en círculos intelectuales.

El segundo es que se están sacando conclusiones de la sociedad americana, y por extensión de la occidental, que no se sostienen ante el más mínimo análisis. Como no puedo tratar todas me voy ceñir al artículo que publicaron hace unas semanas Javier Benegas y Juan M. Blanco titulado: ¿Y si Clint Eastwood tuviera razón? Hacia una sociedad adolescente

En él se recogen dos ideas que individualmente son verdaderas, pero que unidas a las recientes elecciones y revueltas dan como conclusión algo que es falso.

¿La universidad en USA infantiliza a los alumnos? Sí, es un fenómeno que lleva años denunciándose y que pasa por  la sobreprotección a la que se somete hoy en día a los adolescentes en sociedades con los suficientes recursos como para permitirse que estos se incorporen al mundo real mucho más tarde que sus antepasados.

¿Existen casos de censura en la universidad a ideas políticamente incorrectas en la Universidad? Sí, para cualquiera que sea lector de Thomas Sowell no es precisamente una novedad que si eres blanco, hombre y heterosexual tener un problema relacionado con la raza o el sexo puede suponerte un coste social extremadamente grande.

Entonces, ¿dónde está el problema en el artículo citado? Pues que estas dos cosas no tienen relación alguna.

Me explico, la universidad infantiliza a todos los alumnos por igual. No sólo lo hace con los de izquierda. Y esa infantilización no lleva, por ejemplo, a que algunos alumnos naturales de Texas no tengan que escuchar cómo se ridiculiza sus creencias, por ejemplo en el creacionismo, al llegar a la universidad. El hecho de que no les den plastilina y juguetes es porque los chavales ya han escuchado esas mismas críticas desde que han podido ver televisión o internet de forma independiente y están acostumbrados, al igual que la mayoría de sus padres.

También sorprende del artículo, muy compartido entre el mundillo liberal, la sorpresa al comprobar que la sociedad es inmadura a la hora de enfrentar puntos de vista contrarios a los suyos en temas políticos. ¿En serio eso es una novedad a la que nos enfrentamos en el año 2016? No sé en qué mundo viven los autores del artículo, ni todos aquellos que los comparten con grande alabanzas, pero en el mundo donde yo he vivido los últimos 35 años llevarle la contraria al ciudadano común sobre sus convicciones religiosas o políticas es anticipo de ver la peor faceta de esa persona.

De hecho creo que hemos mejorado bastante durante mi existencia. Antes de eso era probable que además de llevarte el desprecio de tu interlocutor, te obsequiara con un buen bofetón.

Pero existen ejemplos más actuales en la universidad española, donde la extrema izquierda (que luego llega al parlamento) no juega con plastilina cuando se encuentra a alguien que no piensa como ellos. Directamente recurre al insulto. ¿Supongo que a todos esta actitud viril y adulta nos parecerá peor que ver videos de perritos, no? ¿Y qué me dicen del trato que le dieron al siempre simpático Lagarder un grupo de nostálgicos del franquismo hace unos días? Por cierto, si tan maduros hemos sido siempre hasta ahora al encajar opiniones contrarias, ¿por qué todas las policías del planeta tienen como política no permitir que se mezclen grupos con posturas contrarias en las manifestaciones?

Y es que todo es bastante más sencillo de lo que nos venden los autores del artículo: cuando unas ideas son mayoritarias en la sociedad, es más fácil que multitud de personas se aíslen de punto de vista contrarios a los suyos. Esto provoca que la primera vez que son expuestos a ideas que atacan sus creencias más arraigadas su sistema límbico reaccione con repulsión y enojo, y en nuestra sociedad civilizada (¿infantilizada?) en vez de recurrir a traducir este sensación en violencia física, se limita a poner su corteza a trabajar para racionalizar normas que impidan que esta situación vuelva a ocurrir. Sí, exactamente, limitar la libertad de expresión, como se ha hecho siempre desde el poder, pero de manera más civilizada (¿infantil?).

Esto no es un patrimonio de la izquierda, ni de niños mimados, ni mucho de nuestra sociedad moderna. En una debilidad humana, y la derecha ha caído en ella día sí y día también, incluso estando en franca minoría social. De hecho actualmente hay bastante revuelo montado porque en la Comunidad de Madrid se va a obligar a las escuelas a enseñar cierto material promocionado por el colectivo LGTBi. Al parecer que los universitarios tengan espacios seguros de ideas políticamente incorrectas es algo inmaduro y malo, pero querer que tus hijos puedan ser aislados de ver material que les muestra que no todos los adolescentes son iguales en su orientación sexual, o en la aceptación de su cuerpo, es algo digno de una sociedad madura.

Y sí, en un mundo ideal los responsables de las universidades tendrían que servir de freno a este comportamiento y fomentar el debate y la confrontación de ideas como medida para evitar el sectarismo. Pero no vivimos en un mundo ideal, ni nunca lo hemos hecho. La universidad en occidente está copada por en el pensamiento de izquierda. En su momento tuvo su parte buena, ya que servía de contrapoder a unas élites demasiado conservadoras en lo moral. El problema viene cuando el pensamiento de las élites y de la universidad es el mismo. Ahí es cuando nace la situación que tan bien describen muchos, pero que son incapaces de diagnosticar.

Al fin y al cabo la derecha se está comportando como aquello que ridiculiza. Ante un periodismo, una universidad y un mundo del espectáculo dominado por la izquierda, huyen al rancho o a la iglesia a jugar con su plastilina: disfrutar viendo cómo esas instituciones pasan un mal rato al elegir a un populista como Trump, o, en un caso más delirante, se dedican a desviar su responsabilidad del destrozo que pueda venir de su presidencia.

Así que no, mi admirado Clint Eastwood no tiene razón. La gente no está harta de esta sociedad blandengue, está harta de que sus, en muchos casos, caducas y, en conjunto, contradictorias ideas pierdan la batalla una y otra vez contra la izquierda. Y en su desesperación vota al primero que les promete vendetta.

Dejar la infancia atrás supone que si te metes en un lío, te mires al espejo antes de culpar a los sospechosos habituales, por mucho que nos reconforte. Estaría bien ponerlo en práctica, o en caso contrario, al menos,  no tener la cara dura de pensar que el infantilismo está en la acera de enfrente.