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Notas sobre la historia de Egipto

El antiguo Egipto se desarrolló desde la égida de dos ciudades, la comercial, Letopolis, y la religiosa, Heliopolis. La religión estaba íntimamente unida tanto a la moral como al derecho, luego Heliópolis era también la ciudad en la que se formó el pensamiento jurídico que dio cobertura a la actividad económica. El comercio adquirió tal auge que la clase comercial acabó desplazando a la aristocracia, e impuso el culto al dios Osiris. De la mano de esa nueva clase comercial se impuso un reinado, en el siglo IV ac bajo la dinastía de Butos. Fue la primera monarquía que centralizó el Estado. Para justificar su poder, inició una reforma religiosa que conduciría el culto hacia el monoteísmo. Esa imposición se intentaría durante siglos y de forma más acusada.

Durante esta dinastía, y la siguiente, la monarquía hizo dos cosas. Una, sustituyó a los aristócratas por funcionarios al servicio directamente del Estado. Y dos, intentó quebrar tanto el sistema feudal del alto Nilo como la autonomía de las ciudades del delta, que vivían del comercio. Además de eso, se impuso también el principio hereditario y, de mano de la religión, también se estableció un principio igualitario con el objetivo de romper la estratificación social y establecer un poder directo, e igual, del monarca sobre cada uno de los ciudadanos.

La administración se profesionalizó, y se crearon auténticos ministerios; de Exteriores, Finanzas, Registro, Obras Públicas, Irrigación, Defensa, Dominios reales y Religión. Se estableció un impuesto sobre la propiedad, un sistema judicial con una instancia máxima en Menfis, que operaba sobre un código penal “que no era severo, algo notable en sí mismo y que revelaba un alto grado de civilización”, dice Jacques Pirenne, quien señala además que en mil años de historia del Antiguo Egipto no se ha encontrado representación o registro alguno de pena de muerte.

Prevaleció el principio de igualdad ante la ley, y no había nobles. Tampoco había esclavos en manos privadas, pero sí del Estado, que sometía a esa condición a los prisioneros de guerra. Esa igualdad tenía su reflejo en el derecho privado. Se estableció la monogamia y el derecho hereditario no distinguía entre hijos e hijas. En el comercio se desarrolló un derecho de carácter individualista. La propiedad, reconocida hasta el punto de haber un ministerio del Registro, se podía dividir y vender sin oposición de las leyes. Egipto se convirtió en una sociedad de pequeños agricultores propietarios. Las ciudades del delta comerciaban con las de Sumeria, e incluso con las de la cuenca del río Indo. El arte adquirió un importante desarrollo.

Esa tendencia hacia el monoteísmo y la igualdad de los ciudadanos se rompió en la V dinastía (siglos XVI-XV ac). La clase religiosa fue adquiriendo tierras y poder económico, y con él poder político. Acabaron imponiendo una teocracia en la que los sacerdotes tenían el control del Estado. Fijaron sus puestos de forma hereditaria y se concedieron la exención del pago de impuestos. Según su poder económico iba creciendo, se fueron convirtiendo en señores feudales y el principio monárquico se disolvió, y con él la antigua igualdad de los ciudadanos. Había vuelto el sistema feudal.

Como la clase religiosa no pagaba impuestos, la carga fiscal recayó sobre los pequeños propietarios, y éstos acabaron por vender sus tierras y desaparecer como clase. El triunfo completo del feudalismo cristalizó con la VI dinastía (siglos XV-XIII ac). La administración central fue perdiendo poder, y al final de la misma los nobles no necesitaban ni la sanción de su poder por parte del rey; recurrían a su deidad local, su nome. Se involucionó a una economía cerrada, el comercio decayó y con él las ciudades del delta. La crisis económica dejó en ellas masas empobrecidas. Surgió una protesta callejera en la que los nobles y ricos fueron masacrados y se destruyeron los títulos de propiedad. Secuestraron al faraón, Pepi II, y acabaron con el sistema señorial. El país se dividió entre el norte, con ciudades independientes y el sur con estados feudales.

En el siglo XXII ac hubo una vuelta al principio monárquico. Se recuperaron el derecho antiguo y el culto a Osiris. Amosis I fundó la XVIII dinastía, reforzó el monoteísmo (con una trinidad que guarda cierto paralelismo con la cristiana) y reforzó el principio de la igualdad ante la ley. “En asuntos políticos”, dice Pirenne, “la idea de la igualdad de todos los hombres ante Dios iba a llevar, un siglo después, al triunfo del derecho natural”. Triunfaron de nuevo la propiedad y el comercio, aunque el feudalismo no desapareció por completo hasta el siglo XV. La prosperidad, y la cultura, se infiltraron por todas las capas sociales.

Egipto asentó su hegemonía e instauró un imperio de carácter comercial sobre Babilonia y el Mediterráneo. Los prisioneros de guerra se convertían en esclavos, y esta odiosa institución empezó a adquirir mucha importancia. Nos acercamos a la era de Amenofis y Ramsés. Si bien la economía privada seguía floreciendo, el papel del Estado se hizo cada vez mayor. Los esclavos trabajaban en las tierras adquiridas por los faraones y cedidas a los nobles. Es la época del sometimiento de los judíos. Es la época que Pirenne llama de socialismo, y que convive con otra tendencia contradictoria, o al menos distinta, de disolución de la unidad del Estado y vuelta al sistema feudal. Este último ciclo se repetirá con los Ptolomeos y acabará por destruir al Estado egipcio, que pasará a ser una provincia romana.

Lo que llama la atención de todo este período es cómo se producen categorías históricas que se reproducen milenios más tarde, como la relación entre la igualdad moral y legal de los ciudadanos, y cómo eso conduce al desarrollo de un derecho individualista, el reconocimiento de la propiedad y el florecimiento del comercio. Curiosamente, en Egipto viene de la mano de una religión monoteísta, pero en Roma no. Y en Egipto el desarrollo de una sociedad liberal viene de la mano de la monarquía, pero en la Edad Media es la fragmentación política y el juego de poderes, junto con la ética cristiana, lo que facilita que se conciba un derecho natural.