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Ocurrencias

En el Ayuntamiento de Madrid, desde que gobierna Ahora Madrid con el apoyo del PSOE, las Navidades son la mar de entretenidas. En las primeras, los Reyes Magos de la Cabalgata que se celebra todos los cinco de enero fueron vestidos como si vinieran de un desfile de Agatha Ruiz de la Prada, las carrozas parecían salidas del Día del Orgullo Gay y el número de belenes y tradiciones navideñas que nos acompañaron durante el mes y medio que duran estas fiestas se vio ostensiblemente reducido. En las segundas, además de mantener de alguna manera este tipo de iniciativas tan poco cristianas, decidieron dificultar el tráfico privado en la Gran Vía, que además se vio reducida en dos carriles que se supone reconquistaban los peatones. Llegar al centro de la ciudad, un centro comercial de primer nivel, fue muy difícil para quien pretendía hacerlo con su propio automóvil.

En esta tercera Navidad, Manuela Carmena ha añadido a todo lo anterior, además de unas citas artísticas que poco o nada tienen que ver con la tradición navideña[1], una curiosa norma: la obligatoriedad de andar en un único sentido en las calles Carmen y Preciados, que saliendo de la plaza de Callao desembocan en la Puerta del Sol y son dos de las vías más comerciales de España. Hay que aclarar que esta ordenanza solo se aplica cuando las autoridades consideran que la afluencia en ambas calles es demasiado multitudinaria y necesitan que los viandantes mantengan un cierto orden. Con mucha malicia, algunos críticos han dicho que Ahora Madrid se ha saltado la libertad de circulación en la UE y se preguntan qué pasa si de pronto a alguien se le despista un niño a su cargo y no puede retroceder para buscarlo. Bromas aparte, ya ha habido un caso en el que a una mujer mayor con muletas se le prohibió entrar en la calle por la “salida”, pese a que la entrada a su hotel estaba cerca.

La alcaldesa Manuela Carmena atrae amores y odios como casi todos los políticos populistas. Hay quien considera que todas sus decisiones y ocurrencias son muy positivas para los madrileños y las aplauden; por el contrario, sus detractores critican con fuerza esas mismas decisiones y ocurrencias. Y este sea posiblemente uno de los errores más graves de todos ellos: pensar que la alcaldesa, que ya tiene una edad, no tiene una política clara y sí una serie de ocurrencias que muestran su deriva. Nada más lejos de la verdad, pues la política que aprueba Manuela Carmena y su equipo de gobierno, y todas esas aparentes ocurrencias, tienen claro un objetivo que, en cierta medida, se inició de la mano de otros.

La extrema izquierda tiene como objetivo un cambio completo de la sociedad a través de la reeducación, mediante una homogenización de sus ideas, eliminando aquellas que son contrarias a sus dogmas y promoviendo e implantando otras. Puede hacerse a través de un plan detallado o aprovechando las circunstancias, pero nada que se propone y se hace es una ocurrencia de nadie, sino un paso hacia tal objetivo. Con la excusa de la contaminación, se está promoviendo el abandono del automóvil particular y el uso del transporte público, que es controlado por las administraciones públicas, ya sea gestionándolo directamente o a través de licencias, de forma que tanto la oferta como la demanda pasan a través del Estado. Esto no quiere decir que el problema de la contaminación sea algo grave, sino que de esta manera se instrumentaliza y su resolución pasaría por la implantación previa de un modelo de movilidad. Mientras tanto, la contaminación es útil.

Lo mismo se puede decir del comercio. De todos es conocida la animadversión de la izquierda y la extrema izquierda contra lo que ellos llaman consumismo, que consideran un uso inadecuado de los recursos finitos. Atacar épocas en que la tradición ha promovido dicho gasto (comida, regalos, ocio, etc.) forma parte de su lógica y, para ello, no dudan en dificultar el acceso a los grandes centros comerciales con excusas variadas o, en el más largo plazo, dificultar allá donde pueden la implantación de comercios. En la Comunidad de Madrid tenemos la suerte de que existe más libertad en este sentido, pero eso no quiere decir que futuros gobiernos no tomen decisiones que produzcan una involución. Carmena y sus colegas están haciendo daño a sabiendas a los comercios del centro de la ciudad. Paradójicamente, los más beneficiados de esta situación serían los grandes centros comerciales de la periferia, que absorberían la demanda que suponen los padres que antes llevaban a sus hijos al centro o donde compraban regalos, y ahora se quedan en sus zonas.

Por último, el otro gran objetivo de las medidas y “ocurrencias” del Ayuntamiento de Madrid es la tradición. Podemos practicar la antropología y retroceder hasta las celebraciones que en la Prehistoria y en la edad antigua exaltaban los solsticios y las deidades que las dirigían, pero lo cierto es que, desde hace siglos en Occidente y en el mundo, la Navidad es una tradición cristiana que han adoptado, a su manera, culturas de todo el planeta y gente sin tal tradición. El nacimiento de Jesucristo es un motivo de alegría y esperanza para algunos y la generosidad en forma de regalos, la unidad social y familiar en forma de cenas y reuniones, son elementos que apartan de las líneas de ciertos dogmas políticos que creen que la religión y todo lo que la rodea es el opio del pueblo. Y por lo que se ve, este tipo de drogas no está bien visto. No es extraño, por tanto, que en la medida de sus posibilidades, el Ayuntamiento dificulte las expresiones públicas de todo ello, mientras que levanta campañas oficiales o extraoficiales que ridiculizan o simplemente consideran dañinas ciertas prácticas (consumismo, sexismo en los juguetes, machismo, etc.).

En definitiva, el Ayuntamiento de Madrid tiene una campaña abierta contra la libertad de los ciudadanos, que en todo momento pueden y tienen la capacidad de elegir entre participar del espíritu navideño o, por el contrario, aislarse y no hacer caso a nada de esta locura que llamamos Navidad.

 

 

[1] No me imagino al Ayuntamiento de Manuela Carmena incluyendo una degustación de té Matcha en medio del Ramadán o un concierto con cantos sefardíes en el Año Nuevo Chino. Si plantean una fusión de varias culturas, deberían hacer algo semejante, pero si lo que persiguen es molestar, sus actos les delatan.