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Odio, sectarismo y crítica política

David Jiménez, exdirector de El Mundo, ha escrito un artículo en The New York Times sobre una de las cuestiones de plena y desgraciada actualidad: el odio. No es un artículo de psicología o antropología, como pudiera entenderse por la materia, sino de política. Parte de un estudio en el que España sale muy mal parada, como el país en el que mayor es la polarización. Esto es, el nivel de rechazo de las formaciones políticas distintas de la propia. Bien es cierto que la muestra de países es escasa (20 países), y no hay un criterio claro en la selección de los mismos. Pero sí parece indicar que la enemistad política en España es alta; supera en cualquier caso a 19 países que son democracias consolidadas.

Decir violencia política es pronunciar un pleonasmo. Lo interesante es entender no la violencia en sí, sino qué hay detrás del odio político, tal como lo vivimos en la actualidad. El odio político es la expresión de odio hacia una persona o un grupo de personas, a causa de sus opiniones políticas. Es decir, es un odio hacia las personas por causa de sus ideas, pero no el odio hacia esas ideas.

La diferencia es muy importante. Hay una vieja idea liberal, o sencillamente civilizada, que entiende que una persona puede cambiar de opinión. Esa es la base del diálogo; si nuestras ideas estuvieran asidas a la persona de forma inextricable, no habría espacio ni motivo para el debate, y la confrontación de ideas llevaría en última instancia al genocidio. La idea liberal dice que una persona puede razonar, y por tanto su discurso puede variar con el tiempo ante la confrontación con realidades para él o ella desconocidas, o con razones contrarias que ahora entiende que son más convincentes. Esta capacidad de cambio se ha demostrado infinidad de veces, y todos los estudios sobre el modo en que nos aferramos a nuestras ideas a pesar de enfrentarnos a hechos que las desmienten no pueden ofrecerse como una refutación, porque en última instancia podemos, sencillamente, cambiar de opinión.

Esta idea de que podemos cambiar de opinión tiene implicaciones muy importantes. Una de ellas es que no podemos justificar una actuación violenta por una provocación por otra parte. Ni porque alguien nos induzca a actuar violentamente. Pues, en última instancia, tenemos esa capacidad de rectificar y no llevar a cabo un plan violento. La otra cara de la moneda es que no podemos prohibir una ideología por el hecho de que ésta haga un llamamiento a la acción violenta, o al odio a determinados sectores sociales. No se puede prohibir, por tanto, el nacionalismo, el nacionalsocialismo o el socialismo.

Pero queda aún una implicación más. Precisamente porque cualquier persona puede cambiar de opinión, criticar las ideas de otro no supone un ataque a esa persona. Una persona puede albergar las ideas que desee, pero el mismo derecho tiene otra persona de tener unas ideas contrarias. Y ambos tienen el derecho, a su vez, de defender sus ideas y criticar las que chocan con ellas. Y ninguna crítica a las ideas es, necesariamente, odio ideológico. Para ello es necesario que quien realice la crítica muestre esa animadversión hacia las personas que tienen las ideas contrarias. Calificar como “odio ideológico” la mera expresión de unas ideas es un instrumento útil para cercenar el debate.

Contigua al odio ideológico está la idea del sectarismo. Entiendo que para el sectario no es ni necesario ni suficiente que albergue o exprese odio hacia el que piensa diferente. Lo que le convierte en sectario es la pretensión de que el otro no tiene derecho a participar en la vida pública, en las instituciones comunes o en aquéllas organizaciones que facilitan el debate público.

Jiménez observa rasgos de sectarismo a izquierda y derecha del espectro político. Y es innegable que los hay. Pero en qué medida y por qué motivos es harina de otro costal.