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Pensador piensa, demostrador demuestra: la adicción a la ideología

Estamos acostumbrados a buscar maneras de justificar nuestros propios sesgos y perspectivas seleccionado de la realidad aquellos elementos que refuerzan el discurso que nos contamos internamente, como decía el psicólogo y novelista Robert Anton Wilson, cuando el pensador piensa, el demostrador demuestra”. Esto es un automatismo natural, nos permite estructurar una base sólida sobre la que construirnos a nosotros mismos, nuestra propia sala de mandos con la que operar, pero este mecanismo si no es sometido al ojo crítico de nuestro “vigilante interno”, esa autoconciencia que se da cuenta de lo que piensa y cómo lo piensa, corremos el riesgo de abusar y, por consiguiente, más que crear un suelo firme con cierta flexibilidad para reconstruirse, lo que hacemos es erigir una cárcel, un gulag mental.

Esto es particularmente común en las ideologías, en concreto las ideologías identitarias que estructuran la realidad en grupos de poder definidos por ciertas condiciones como el género, la raza, la clase social, etc., y que compiten entre sí para dominar la narrativa social. Las personas poseídas por estas ideologías seleccionan meticulosamente aquellos hechos que energizan su narrativa y justifican su expansión, la ideología acaba por funcionar como un virus que a través de los individuos va buscando alimentarse y crecer. Esto crea situaciones surrealistas como las que hemos vivido con La Manada, grandes movilizaciones, protestas y un eco enorme en los medios que incluso parece que podría derivar en una reforma del Código Penal, cuando anteriormente ha habido casos mucho peores que han sido prácticamente ignorados por el feminismo y otros movimientos sociales como fue el caso de una mujer de 19 años que fue agredida sexualmente por varios hombres en Puerto de la Cruz en Canarias o de la menor violada en 2015 en Zaragoza, donde recientemente al violador se le redujo la condena por estar borracho. Pero estos casos no interesaban tanto y no ha saltado la alarma hasta la aparición de un caso lo suficientemente adaptable a la narrativa del feminismo mainstream protagonizado por el enemigo cliché de la izquierda: militar y guardia civil, y si añadimos hombre blanco y español tenemos todas las piezas para colocarnos de ideología hasta arriba y viralizar eslóganes por doquier.

El psicólogo y escritor Jordan B. Peterson en sus lecturas en vídeo de su libro Maps of Meaning explica cómo el ser humano, para entender la realidad, hace uso de historias. Y es fruto de este mecanismo por el que aparecen lo que él denomina meta-narrativas, una suerte de historias arquetípicas, modelos con elementos comunes de las que derivan el resto de historias, elementos con su propio dualismo interno, positivo y negativo, como pueden ser el padre tirano y el padre bondadoso, el camino del héroe y el de su sombra, el dragón del caos y el caos generador de posibilidades, muerte y resurrección, etc. Según Peterson, las ideologías para construir sus narrativas sesgan estas historias arquetípicas tomando aquellas partes que les interesan y las adaptan al imaginario de su grupo, de modo que sólo existe, por ejemplo, el padre tirano, y olvidan su contrapartida positiva, el padre bondadoso. De este modo parcializan la realidad para ajustarla a sus propios intereses, lo que por supuesto crea patrones disfuncionales y trae consecuencias terribles si tratas de gobernar o legislar con base en ello.

Una de esas consecuencias es una discriminación que perjudica a las víctimas que no encajan en el cuadro ideológico de turno, víctimas que también les toca pasar por procesos judiciales terribles y sufrir grandes costos sin tener apenas apoyo de nadie ni repercusión por parte de ningún colectivo o movimiento social. Se establecen jerarquías de víctimas, las que tienen la suerte de casar con la narrativa ideológica se ponen por encima y gozan de mayor privilegio, mientras las que no, caen al abismo del olvido. Y, por supuesto, la existencia de este tipo de víctimas VIP incentiva a algunas personas a hacer la trampa para su provecho o montar asociaciones que reciben subvención cada vez que se presenta una denuncia de este perfil de víctima, dejando de lado a las demás, como se puede ver en el pacto de Estado en el que se destinarán cinco millones de euros en cuestión de pensiones de orfandad para víctimas de violencia de género, o sea, que se valoran más a los huérfanos de madre por violencia de género frente al resto de huérfanos. Cuando se priorizan unas víctimas por encima de otras se rompe la igualdad ante la ley y caemos presos de un totalitarismo ideológico envuelto de virtud moral, la sociedad se polariza aún más si cabe y en todo este caos no faltan los políticos y medios que instrumentalizarán todo para sacar beneficio. Esto por supuesto no sólo ocurre con el tema de la violencia de género contra la mujer, lo podemos encontrar en cualquier otro ámbito donde se dé este intervencionismo ideologizado.

De modo que es hora de que recuperemos el sentido común, dejemos la adicción a las ideologías y desconfiemos de sus limitadas historias que pretenden explicar la complejidad del mundo, que por supuesto todos tendemos a un lado u otro del espectro, pero esto no nos impide tener despierto el ojo crítico, estar dispuestos a tener una visión más integral de las cosas y darnos cuenta de cuándo estamos entrando en las aguas pantanosas de la irracionalidad y la superstición.