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¿Por qué 'ganó' tan fácilmente Pedro Sánchez?

Ha transcurrido apenas un mes y medio de la moción de censura contra el anterior presidente del Gobierno, Mariano Rajoy Brey. Una operación política muy extraña tanto por la amalgama de apoyos reunidos por el candidato Pedro Sánchez Castejón para obtener la mayoría absoluta de votos del Congreso de los Diputados, como por las sorprendentes facilidades que el censurado ofreció a su presunto adversario para encumbrarlo al poder. Tras una reunión a solas, menos de un mes antes, ambos personajes habían emitido un comunicado conjunto para corresponsabilizarse de la sinuosa gestión del proceso independentista catalán, incluyendo, por lo que parece, las infames declaraciones de un ministro de Hacienda, que, obligado a supervisar las cuentas de la Generalidad catalana, se apresuró a aseverar que no se habían empleado fondos públicos en la organización del referéndum ilegal del 1 de octubre.

Muchas incógnitas quedan por despejar en la saga y fuga de Rajoy. Es más, dados los ardides que había empleado para fajarse en el poder junto a su camarilla de fieles a lo largo de sus mandatos como presidente del Gobierno, resultó muy chocante que dimitiera solo después de la votación de la moción de censura. Cuando estalló el escándalo de la financiación ilegal de su partido y los presuntos sobornos de contratistas del Estado, que él mismo habría cobrado, desechó dimitir con un cinismo insólito en los países europeos de más tradición democrática (aunque, justo es decirlo, desde al menos González Márquez, habitual en España) : "Los SMS -dirigidos por él a su tesorero Luís Bárcenas y publicados en julio de 2013 por el diario El Mundo- sólo ratifican que el Estado de derecho no se somete a chantaje”, respondió a la pregunta de un periodista. Una pretendida exculpación que afloraba su peculiar identificación con el Estado, la cual fue acompañada de otras justificaciones no menos peregrinas en una comparecencia parlamentaria, como que los “sobresueldos” habían sido declarados en las correspondientes declaraciones del impuesto sobre la renta.

Tres años después asombraría a aduladores y detractores con sus maniobras para prolongar su Gobierno en funciones después de convocar las elecciones del 20 de diciembre de 2015 (otra de las “gracietas” de su estilo hermético que supuestamente le favorecería) donde su partido cosechó los peores resultados de la historia con esas siglas. Posteriormente, rechazaría formalmente el encargo del Rey de someterse a la investidura del Congreso de los diputados y formar gobierno, como dirigente del partido con el mayor número de votos y escaños, aduciendo que carecía de suficientes apoyos. Este acto propio, según repitió contumazmente, no le parecía un impedimento para que se le encomendara otra vez si fracasaban otros candidatos, en claro fraude de las previsiones del artículo 99 de la Constitución.

Finalmente, tras contribuir a la denegación de la confianza del siguiente candidato propuesto por el Rey, Pedro Sánchez Castejón, con la inesperada ayuda de los comunistas de Podemos, consiguió mejorar algo los resultados previos en las elecciones de 26 de junio convocadas con el refrendo del presidente del Congreso, y, apoyado por Ciudadanos y la abstención del PSOE (excepto 15 diputados, tras la renuncia de su líder) renovar su mandato como presidente del Gobierno. A pesar del triunfalismo que parecían respirar sus adláteres, resultaba bastante evidente la debilidad política con la que comenzaba la nueva legislatura, habida cuenta de que la suma de apoyos (170) no alcanzó la mayoría absoluta de la Cámara Baja.

Es así como, a pesar de haber dado sobradas muestras de maniobrar sin ningún tipo de escrúpulo por llegar y mantenerse en el poder, su actuación durante la trama de la moción de censura resulta tan desconcertante. En efecto, si Mariano Rajoy Brey hubiera dimitido en algún momento anterior a la votación de la moción, esta habría decaído. El Rey, conforme a la Constitución, habría mantenido las consabidas consultas para proponer a un candidato no necesariamente coincidente con el frustrado y el Gobierno se habría mantenido en funciones mientras tanto. Si hubiera mantenido la lógica que repitió machaconamente para obtener su última investidura, Rajoy habría alentado la posibilidad de que otro miembro de su partido con mayoría minoritaria en la Cámara Baja optara al puesto. Incluso si este candidato no hubiera obtenido la confianza del Congreso, la necesidad de explicitar un programa de gobierno concreto y detallado para otro posterior habría complicado objetivamente el recabo de apoyos. En última instancia el impasse abocaría a unas nuevas elecciones con él presidiendo el Gobierno en funciones. Lejos de ello, Rajoy optó por ausentarse de los debates con claro desprecio por las formas parlamentarias y dimitir como diputado y presidente de su partido, pero dos días después del triunfo de la moción: “Es lo mejor para el PP, para mí y para España”. Dijo por este orden para explicar su decisión, sin molestarse en alterarlo para disimular como solía.

Ante esta espantada de un personaje tan berroqueño, con tan acrisolada experiencia en la brega política desde hace más de cuarenta años, responder a esas interrogantes ayudaría a comprender el futuro que se les presenta a los españoles con independencia de sus preferencias. ¿Por qué actuó con esta aparente torpeza Mariano Rajoy para cumplir sus objetivos declarados? ¿Es creíble que ante el anuncio de la moción de censura fiara su supervivencia a la fidelidad de cinco diputados del PNV convenientemente untados para aprobar la Ley de Presupuestos? ¿Pactó con su contrincante un turno para el PSOE, como si Cánovas y Sagasta hubieran pasado por un cursillo en estrategias posmodernas? ¿Temen sus dirigentes unas elecciones generales inmediatas que mantengan el mapa político en el mejor de los casos o hundan a sus partidos respectivos ante otros como Ciudadanos? ¿Será un tiempo para polarizar venalmente a los votantes en torno al PSOE y el PP?

En el teatro de la política las alianzas cambian constantemente y la constatación de la existencia de intereses comunes alumbra pactos que no tienen una explicación intuitiva. En la opaca política española pactos de gobierno a la alemana, en los que los dos principales partidos del sistema negocian las acciones de gobierno y el reparto explícito de influencias ante una situación política fragmentada parecen imposibles. Como expresamente reconoció Mariano Rajoy Brey en su despedida, la máxima de que los políticos actúan solo en su propio interés se revela de forma cruda.

En cualquier caso, el juego político marcado deja muy poco margen para debatir cuestiones reales de gobierno, mucho para discusiones identitarias y, de rondón, dado el clima de irracionalidad imperante, recetas populistas con un final inquietante.