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Prueba de verificación liberal a Pablo Casado

La reciente llegada de Pablo Casado Blanco a la presidencia del Partido Popular ha despertado muchas expectativas entre los votantes liberales. Y es comprensible que así haya sido, aunque solo sea porque nos encontramos ante un político que habla de ideas, principios y valores. Y más aún por el contraste con la larga noche marianista (2008-2018), encarnada ahora en Soraya Sáenz de Santamaría, cuyo (no) discurso quedaba circunscrito al poder por el poder, el poder para no hacer nada, y a una negación absoluta de las ideas, los principios y los valores.

Pero conviene someter a la lupa liberal esas ideas de Casado, que quedaron muy bien sintetizadas en torno a cuatro ejes en el discurso que ofreció a los compromisarios de su partido unos minutos antes de que tuviera lugar la votación en la que se iba a elegir al presidente del PP.

El primero de ellos es el de la libertad. Casado definió al Partido Popular como "el partido de la libertad, el partido de las personas, el partido que no colectiviza a la sociedad en mujeres, jóvenes, mayores, inmigrantes: personas con su género, edad, procedencia, religión, ideología, orientación sexual… el partido de la libertad individual”. Y añadió: “Promovemos la bajada de impuestos y la supresión de trabas burocráticas, fomentamos la innovación y el emprendimiento y no queremos una sociedad subsidiada”. Hasta ahí todo perfecto. Pero afeó lo anterior con la coletilla de que “estamos para servir a las personas con sus problemas, y el Estado de bienestar es la mejor manera de garantizar que se resuelvan esos problemas”. Y es que la libertad no es compatible con la esclavitud que implica el Estado de bienestar, esto es, trabajar buena parte del año únicamente para pagar los impuestos que alimentan ese mastodonte coactivo.

El segundo eje es el de la vida y la familia, “sin complejos, con todas las letras, porque la vida y la familia no son de derechas ni de izquierdas, sino la base social de cualquier país. No hay nada más progresista que defender la vida. Ni nada más necesario en la Europa del invierno demográfico, en la España vacía, que defender la natalidad y la conciliación, la capacidad de que las familias puedan tener hijos”. Y aclaró que "la ley de eutanasia de Pedro Sánchez es injusta, como hemos visto en el caso del bebé del Reino Unido en el que los padres no pudieron decidir, e innecesaria, pues ya existe legislación sobre el testamento vital, el no encarnizamiento terapéutico y la prohibición de la distanasia en los cuidados paliativos”.

La defensa de la vida es muy plausible desde el punto de vista liberal, pues el liberalismo reconoce a todos el derecho a no ser agredidos, y no cabe mayor agresión que acabar con la vida de otro ser humano, como ocurre con los abortos. El problema es que Casado defendió en ese mismo discurso el consenso de la ley del aborto de Felipe González, la del supuesto de riesgo psicológico para la madre: un cajón de sastre en el que todo valía y que propició la lacra de los 100.000 abortos anuales.

La cuestión de la eutanasia es más compleja. Está muy bien que Casado, como católico, no la vea con buenos ojos y no la conciba ni para él ni para sus familiares. Pero desde el liberalismo se debe admitir que alguien en pleno uso de sus capacidades mentales pueda decidir de forma clara y rotunda, y sin que el funcionario de turno intervenga en ningún momento, sobre cómo quiere morir. En el liberalismo no cabe obligar a vivir a un tercero. Trataremos de convencerle, si somos creyentes, de que la eutanasia supone un rechazo a Dios, pero nunca estará justificado el uso de la violencia contra aquellos que cumplen la voluntad meridiana de otro acerca de su manera de morir.

Un último apunte sobre este eje de Casado: el peor enemigo de la familia es su reivindicado Estado de bienestar. Entre los motivos más importantes que explican el descenso de la natalidad en Occidente se encuentra el hecho de que muchas parejas, ante la ingente cantidad de impuestos que se ven obligadas a pagar, carecen de margen para afrontar los gastos que implica la crianza de los niños. Por otra parte, antiguamente se tenía la idea de que los padres, una vez llegados a la vejez, pasarían a ser ayudados por los hijos. Pero en la actualidad el Estado ha usurpado ese papel (bien es verdad que de una manera muy cutre) a los hijos, con lo que estos han dejado de concebirse pensando en la ayuda futura que pueden proporcionar y han pasado a entenderse como una carga innecesaria.

El tercer eje es el de la seguridad. El PP, según Casado, es el partido “que no permite las okupaciones y no hace demagogia con la inmigración. Es el partido de las víctimas del terrorismo: nos dan pena los familiares de las víctimas, no los de los terroristas”.

Muy razonable esa firmeza contra las violaciones a la propiedad inmobiliaria y el terrorismo. La cuestión de la inmigración y el liberalismo excede el propósito de este artículo, pero sí cabe señalar que resulta poco liberal decidir de manera centralizada desde La Moncloa si los inmigrantes pueden entrar o no en España. La solución pasaría por que la gente pudiera elegir sobre la inmigración de manera descentralizada, a un nivel más bajo, en cada barrio o pequeña localidad. El problema es que los políticos, a través del Estado, han expropiado los espacios públicos (calles, parques, etc.) a los individuos, y ya asumimos como legítima cualquier decisión que adopten sobre el particular.

Y en cuarto y último lugar, el flamante presidente del PP considera que su formación es “el partido de la unidad de España, un partido parido para servir a España. Una España plural, unida, diversa, cohesionada, fuerte y vertebrada. Una única España. No queremos fronteras en el Ebro”. Casado considera que los nacionalistas son los otros, en este caso los nacionalistas catalanes, y para refrendar esa postura citó al comunista Paco Frutos (“el nacionalismo es la guerra”) y al jacobino Josep Borrell (“el nacionalismo es veneno”). Y cerró su discurso apelando a “la España de los balcones, la España de las banderas”, para gritar a continuación “¡viva el Partido Popular y viva España!”.

Casado, al lado de Puigdemont, Torra y demás próceres de Tractoria, podrá parecer todo lo aseado que se quiera (¡su libro de cabecera es Camino de servidumbre y se refiere a Hayek con frecuencia!), pero es tan nacionalista como ellos. La única diferencia es que uno defiende la soberanía nacional española (el conjunto de los españoles decide) y los otros la catalana (el conjunto de catalanes decide). Pero ni Casado contempla que unos españoles, los catalanes, puedan ejercer el muy liberal derecho a la secesión; ni los Torra de turno admiten que unos catalanes, los tabarneses, dispongan del derecho a elegir su destino.

Decepciona que Casado no permita ni la más mínima concesión al fenómeno de Tabarnia, que constituye la única salida respetuosa, en este duelo de soberanías nacionales, con los derechos y libertades de todos.

Tener “un corazón enamorado de España”, como reconoció de sí mismo, no debería ser incompatible con el liberalismo. Pero obligar a ser español a quien no quiere serlo tiene un encaje más complicado en las ideas de la libertad.

En definitiva, luces y sombras, bajo el prisma del liberalismo, en los valores y principios de Pablo Casado. Aunque comparado con sus rivales, tanto dentro como fuera de su partido, el palentino quizá sea la mejor noticia de la política española de las últimas décadas.