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¿Qué han hecho mal los presuntos liberales como Toni Roldán?

¿Qué han hecho mal los presuntos liberales como Toni Roldán?

Toni Roldán (@toniroldanm), ex portavoz de Economía de Ciudadanos, se pregunta ¿Qué hemos hecho mal los liberales? que estamos perdiendo la batalla contra los populistas, los autoritarios o los xenófobos nacionalistas. El título implica que él se considera liberal, pero el texto tiende a contradecir que lo sea.

Comienza mencionando el progreso de la humanidad (y el desconocimiento generalizado del mismo), y cómo se debe al orden liberal occidental.

Los éxitos del orden liberal occidental parecen incuestionables. La libertad de empresa, la propiedad privada, las economías abiertas, el comercio, la especialización y la competencia, el desarrollo de la ciencia y las instituciones que nos dimos tras la Segunda Guerra Mundial nos han permitido alcanzar las cotas más altas de progreso que la humanidad jamás ha conocido. Sin embargo, nos enfrentamos a una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: si el orden liberal ha sido tan exitoso, ¿por qué se encuentra amenazado?

Afirma que “Las causas del populismo están íntimamente relacionadas con … la crisis del capitalismo.” Según él es un asunto complejo y hay causas económicas (globalización y China, tecnología y automatización, crisis financiera y económica y políticas de austeridad) y culturales (inmigración, multiculturalismo, nación, autoridad).

En realidad el orden occidental ha sido muy exitoso, pero no lo ha sido más y tiene serios problemas porque está muy lejos de ser totalmente liberal: está lastrado por grandes dosis de socialdemocracia, intervencionismo y estatismo.

Si su descripción del orden liberal occidental parecía acertada, las soluciones que propone no lo son tanto.

Las soluciones que se proponen aquí tienen un denominador común: recuperar los principios fundacionales del liberalismo –la resistencia a los abusos de poder en el mercado, la defensa acérrima de la competencia, la batalla contra el capitalismo rentista, el refuerzo de unas instituciones sólidas e imparciales, la lucha por una mayor igualdad de oportunidades– erosionados en las últimas décadas.

No aparece la resistencia a los abusos de poder del Estado. La defensa de la competencia puede referirse a retirar privilegios, pero también a regular y fragmentar grandes empresas falazmente acusadas de monopolios. No se identifica quiénes son los rentistas en el capitalismo. Falta precisar qué se entiende por instituciones sólidas e imparciales. Propone la típica medida socialdemócrata de la igualdad de oportunidades. Y no está claro a qué últimas décadas se refiere (¿tal vez desde Reagan, Thatcher y la caída del muro de Berlín?).

Pasa a dar lecciones en las que abundan los errores y escasea el liberalismo.

La primera lección que ofrece es en realidad una manifestación de ignorancia muy extendida en la profesión de economista sobre las finanzas y los ciclos económicos.

Una primera lección que recordamos en la Gran Recesión es que los liberales olvidamos lo que habíamos aprendido en cientos de años de historia de crisis financieras. Unas finanzas desarrolladas y competitivas son vitales para el funcionamiento del sistema. Sin embargo, los mercados financieros no se autorregulan y tienden a ser inestables. Las “crisis, manías y pánicos” financieros son más una característica del sistema que una excepción, como documentan Reinhart y Rogoff en Esta vez es distinto con datos sobre ocho siglos de crisis financieras. Aunque quizás sea imposible evitarlas, sí podemos tratar de prepararnos mejor.

Los mercados financieros libres y no intervenidos sí que se autorregulan y tienden a ser estables. Son la banca central, las garantías públicas, la manipulación monetaria y la mala regulación estatal, no resultado de contratos libres, lo que los desestabiliza. Es necesario permitir que los participantes asuman sus propios riesgos y pérdidas y que las empresas insolventes quiebren sin ser rescatadas a costa de los contribuyentes.

Roldán al menos es mínimamente sensato y sabe que “La solución no es nacionalizar la banca o tomar el control político de los bancos centrales”. Propone “seguir avanzando en mejorar la regulación para limitar los daños.” Es la típica actitud tecnocrática, arrogante y nociva, que pretende saber mejor que los participantes en el mercado cuáles son las reglas específicas adecuadas para un sector económico.

No explica cómo podemos saber qué regulación es “mejor”. Defiende más capital para los bancos pero no concreta cuánto es necesario. Avisa de riesgos aún presentes como la alta exposición a los bonos soberanos: ¿si la deuda pública puede impagarse, la regulación pública no podría ser peligrosa? Critica que no se han hecho reformas necesarias como la limitación de las entidades too big to fail o la banca en la sombra. Tiene ganas de regularlo todo, también las innovaciones incipientes de las Fintech (tecnologías financieras). Afirma que el sector financiero tiene un peso excesivo y perjudicial para el crecimiento económico, pero no dice cuál es el peso adecuado y seguramente no aceptaría que fuera un sector libre que encontrara por sí mismo su tamaño óptimo.

La relación entre crisis financieras y populismo –en algunos casos fatídica, como en los años treinta– es demasiado estrecha como para que los liberales la pasemos por alto.

Muy cierto: pero el diagnóstico incorrecto de las crisis financieras predominante entre los economistas como él es lo que lleva a repetirlas y agravarlas una y otra vez; seguirá así mientras no entiendan bien qué es el dinero como institución evolutiva del mercado libre y en qué consiste el problema del descalce de plazos y riesgos. Le falta una pasada por el pensamiento de Friedrich Hayek acerca de los órdenes espontáneos, la complejidad de los mercados y la imposibilidad de regularlos mediante tecnócratas.

Continúa con los trabajadores:

Un segundo error que hemos cometido los liberales es que hemos infravalorado las consecuencias negativas de la globalización y la revolución tecnológica para millones de trabajadores. Es cierto, la globalización ha sido enormemente positiva en términos agregados: la incorporación de India y China a las cadenas de producción globales ha sacado de la pobreza a más de mil millones de personas en unas pocas décadas. Sin embargo, los efectos del progreso no se han distribuido de igual forma en todos los lugares. Branko Milanovic muestra en su famoso gráfico del elefante lo que ha sucedido: mientras los ingresos reales de la población global crecieron en los países pobres, y sobre todo en los emergentes, las rentas reales de las clases medias en Occidente se han estancado.

Es cierto que muchos trabajos se han ido a China y a otros países en desarrollo, y que muchos trabajos están siendo automatizados o transformados mediante la tecnología. Pero esto no da derecho a ningún trabajador a exigir protecciones o privilegios a costa de otros, o a continuar trabajando en lo suyo con las mismas condiciones de siempre: es responsabilidad de cada individuo mantener, incrementar o modificar su capacitación para poder competir en mercados globales y dinámicos. Los que antes se beneficiaban de barreras comerciales o de altos costes logísticos no son ni inocentes víctimas del progreso ni héroes caídos por el avance de la sociedad (como falazmente los denominan Duflo y Banerjee, los dos recientes premios Nobel, en un pobre artículo).

Es falso que las rentas reales de las clases medias en Occidente se hayan estancado, y mucho menos que hayan sufrido un “colapso”, como afirma Roldán basándose en el famoso gráfico del elefante: me parece interesante cómo mucha gente cita a Branko Milanovic y no se han molestado en investigar si hay algún problema con estos datos y su interpretación; véase aquí el excelente análisis crítico de Juan Ramón Rallo.

Continúa Roldán exigiendo que repensemos nuestro estado del bienestar.

El colapso de los ingresos reales de la clase media y el aumento de la desigualdad en muchos países occidentales nos obliga a repensar nuestro estado del bienestar. El objetivo debe ser garantizar que el Estado ofrezca a los ciudadanos las herramientas o “capacidades” –en la jerga utilizada por Amartya Sen– necesarias para poder alcanzar sus objetivos en libertad.

Autoritariamente indica cuál debe ser el objetivo del Estado del bienestar. Obvia mencionar que todo lo que el Estado ofrece a unos es porque antes se lo ha quitado a alguien, a ellos mismos o a otros. No se plantea la posibilidad de que la gente consiga por sí misma sus propias herramientas o capacidades, y no se da cuenta de que con su propuesta no todos pueden alcanzar sus objetivos en libertad porque el Estado la coarta sistemáticamente al confiscarles a unos sus recursos para dárselos a otros. No menciona cómo el estado del bienestar está capturado por proveedores (funcionarios de la enseñanza y la salud) y receptores (pensionistas) de bienes y servicios. Ni siquiera trata el problema de las pensiones, financieramente insostenibles y políticamente intocables por la conducta como grupo de interés de los pensionistas.

Roldán vuelve a tener cierta sensatez al recordar que “algunas de las respuestas que servían para las relaciones industriales del siglo XX no sirven para el siglo XXI.” Duda del salario mínimo y de la extensión de las rentas mínimas por los problemas de desincentivos y financiación. “Ofrecer dinero por quedarse en casa no parece una opción muy buena tampoco políticamente: las personas necesitamos sentirnos útiles.” No parece ver ningún problema en que las leyes de salario mínimo sean violaciones de la libertad contractual, ni en que para dar dinero a unos antes hay que confiscar la propiedad de otros.

Quiere “transformar las políticas laborales de oferta” y “revolucionar los sistemas de formación” por ineficientes. No menciona que aquí abundan la corrupción y los cazadores de rentas de sindicatos y organizaciones empresariales, y no propone dejar que los mercados libres funcionen sino “utilizar la tecnología para tener sistemas mucho más avanzados de perfilado y también para facilitar el matching entre oferta y demanda de empleo.” Más tecnocracia con anglicismos innecesarios.

Propone “que los trabajadores [acumulen] sus derechos de indemnización y también transferencias para la formación en unas mochilas personales portables”, lo cual es un avance sobre el sistema actual pero sigue sin haber libertad contractual o laboral.

Como explica el premio nobel Jean Tirole, en un mundo con tanta movilidad y rotación laboral, la clave es cambiar el foco hacia la protección del trabajador y no tanto del puesto de trabajo.

No se plantea la posibilidad de eliminar el paternalismo estatal y dejar que los trabajadores se protejan libremente ellos mismos como crean conveniente. Los defensores de estas mochilas no parecen ser conscientes de que las mochilas y su carga pesan (tienen costes) y que por ello algunos trabajadores podrían preferir ir algo más ligeros de equipaje.

Sobre la fiscalidad a los más ricos, Roldán cree que hay “injusticias profundas del sistema.” No aclara cuál es su criterio de justicia o su capacitación personal para los análisis morales. Menciona a Saez y Zucman, dos economistas muy queridos por todos los progresistas y socialistas pero cuyos trabajos son muy problemáticos (veánse por ejemplo las acertadas críticas de Phillip W. Magness). Afirma que “la fiscalidad internacional se parece más a Gangs of New York que a la declaración de la renta de un ciudadano común.” ¿Mafias étnicas de inmigrantes enfrentándose en las calles por el control de la ciudad? ¿En serio? Repite la tontería de que “como decía Warren Buffet, el sistema le permite pagar menos impuestos a él que a su secretaria.” Critica los paraísos fiscales (que en realidad son refugios, havens y no heavens), pero no los contrapone a los infiernos fiscales. No propone ninguna mísera bajada de impuestos en nada.

Los liberales estamos fracasando a la hora de adaptar nuestras normas fiscales a la globalización y eso debilita la igualdad de oportunidades en el mercado y nuestro estado del bienestar. A este respecto es buena noticia el compromiso reciente en la OCDE entre ciento treinta países de reescribir las normas fiscales internacionales. La propuesta consiste, esencialmente, en obligar a las compañías a pagar más impuestos donde sus productos y servicios se venden a los consumidores.

Impuestos y más impuestos, que no se escape nadie y nunca pensar en reducirlos: todo muy propio de “liberales” tipo Toni Roldán. Eso sí, mucha igualdad de oportunidades, que eso se vende muy bien y no es nada populista.

Le preocupa tanto la desigualdad, que al analizar el sistema educativo no se fija tanto en su calidad sino en la segregación entre ricos y pobres que mantiene esa desigualdad. Cita un trabajo de Raj Chetty sobre movilidad intergeneracional, olvidando mencionar que el sistema educativo preuniversitario en Estados Unidos es esencialmente público y está controlado por el todopoderoso sindicato de profesores. No dice nada de la posibilidad de cheques escolares.

Insiste por si no ha quedado claro: “los liberales no estamos siendo suficientemente valientes en la defensa de la igualdad real de oportunidades.” Resulta que es un problema de cobardía.

Sobre los monopolios, Roldán plantea “la resistencia al abuso de poder o dominación por parte de intereses particulares” como principio fundamental del liberalismo, entendido este en sentido muy amplio: tan amplio que, según Edmund Fawcett, John Maynard Keynes, Franklin Delano Roosevelt y Lyndon B. Johnson serían liberales. Afirma que “para que el mercado funcione, debe haber reglas que garanticen que todos los actores compiten con las mismas posibilidades” y en igualdad, lo cual es falso: para que el mercado libre funcione basta con que se respete la propiedad privada y la libertad contractual y que se cumplan los contratos; es imposible que todos los actores tengan las mismas posibilidades porque son diferentes, pero sí es posible que todos están sometidos a las mismas leyes generales que no privilegien a ninguno.

Roldán habla de abusos de poder y de rentas pagadas por todos los ciudadanos: “por eso necesitamos organismos supervisores y reguladores realmente independientes que se aseguren de que las empresas no conciertan precios o abusan de su posición de dominio”. No menciona que los monopolios abusivos suelen deberse a regulaciones estatales que los protegen. Relaciona la concentración de poder en el mercado, como en los casos de los gigantes tecnológicos, con ineficiencias del mismo (menos innovación y crecimiento de la productividad), pero parece incapaz de imaginar que algunas empresas pueden ser muy grandes porque sirven adecuadamente a sus clientes, porque innovan y son más productivas.

Critica acertadamente el capitalismo clientelar de la economía española y las rentas abusivas obtenidas por la cercanía al poder político. Sin embargo, para eliminar este problema no hacen falta reguladores ni promotores de la competencia que pueden equivocarse o ser capturados por los rentistas abusivos: basta con liberalizar y quitar a los políticos y a los burócratas su poder sobre la actividad económica mediante regulaciones, protecciones y subsidios.

En el ámbito de la ecología Roldán recurre al tópico fácil de la lucha contra el cambio climático. Asegura que los liberales minusvaloran sus riesgos, y que además “el coste de invertir hoy en adaptarnos al cambio climático es trivial si lo comparamos con el coste que tendrá hacerlo para las generaciones futuras.” Olvida que las generaciones futuras serán mucho más ricas que nosotros, confunde adaptación con mitigación, que es lo que suele proponerse, y se basa en el falaz y catastrofista estudio de Nicholas Stern que decía que si no invertimos un “1% del PIB global por año en medidas para prevenir el cambio climático, nos costará en pocas décadas un 20% del PIB”. No menciona a economistas más sensatos y menos apocalípticos como el premio Nobel William Nordhaus o todos los premios Nobel que participan con Bjorn Lomborg en The Copenhagen Consensus.

Para finalizar, Roldán menciona la importancia de las emociones, las historias y las metáforas en política. Cita a un tal Dan Western, autor de The Political Brain: en realidad se trata de Drew Westen. También habla de la importancia de la identidad, la dignidad y la comunidad como si los liberales ignoraran todo esto: la identidad no da ningún derecho especial, la dignidad bien entendida consiste en la igualdad ante la ley, y las comunidades están muy bien si son de adscripción libre y voluntaria.

Los humanos necesitamos sentirnos parte, pertenecer a una comunidad.

Sí, pero no tenemos derecho a obligar a otros a pertenecer a nuestra comunidad, ni a vivir a costa de los demás miembros de nuestra comunidad. Y las comunidades son peligrosas por el poder que tienen para oprimir a los individuos.

Los liberales debemos ser capaces de construir historias sobre los valores que compartimos. Lo hace, por ejemplo, Trudeau cuando explica que la identidad canadiense se basa en la apertura y en el orgullo de la diversidad.

Habla de los valores que según él compartimos, pero tal vez otros no estén de acuerdo con su declaración unilateral. Pone como ejemplo a una de las estrellas políticas de la socialdemocracia, confundiendo (una vez más) el liberalism anglosajón (progresismo) con el liberalismo. La presunta apertura canadiense no es para tanto: no hay libre inmigración, sino que seleccionan cuidadosamente trabajadores productivos en las áreas que consideran convenientes.

Es cierto que los liberales tienden a ser individualistas y más racionales: recurrir a las emociones y al relato es frecuentemente cosa de tramposos, manipuladores y populistas; el precio de ser honesto y sensato puede ser renunciar a ganar las sucias batallas de la política al tiempo que se denuncia al poder político y los daños que causa.

Los liberales necesitamos ser humildes y reconocer lo que no funciona para poder ofrecer un nuevo pacto más justo a los ciudadanos.

Sus diversos ejemplos de arrogancia tecnocrática muestran que tal vez no tiene ni la humildad ni la capacidad de reconocer lo que no funciona. Y su insistencia en la igualdad de oportunidades indica que su criterio de justicia es típicamente socialdemócrata y poco liberal.

La respuesta a su pregunta es sencilla:

- ¿Qué hemos hecho mal los liberales?

- En su caso, creerse que lo es y no serlo.

Comentarios

TURGOT

RUEGO DISCULPAS ANTICIPADAS
ESTO ES UNA CONTESTACION Y, A LA VEZ, IMPLICITAMENTE UN ARTICULO CRITICO SOBRE EL CURSO QUE A MI JUICIO ESTA INSTITUCION, SALVO HONROSAS EXCEPCIONES, HA SEGUIDO EN MANOS DE SUS “GOBERNANTES” ACTUALES : PRESIDENTE, SECRETARIO Y ALGUNOS MIEMBROS FUNDADORES NO NECESARIAMENTE ARTICULISTAS, EN EL “TEMPO” PRESENTE.
MIS MUY SEÑORES “CAPELLA”
Hacen Vds., una serie de afirmaciones con las que estoy de acuerdo, aunque su concepto de Libertad o Libre (en el párrafo b que sigue), es esencialmente falaz porque es autocontradictorio o autorefutante.
Cito :
a) “La defensa de la competencia puede referirse a retirar privilegios, pero también a regular y fragmentar grandes empresas falazmente acusadas de monopolios.”
Correcto; ahora bien, puesto que Vds. son PANFISICALISTAS y, en consecuencia, partidarios del dogma del Monísmo Metodológico Empiricísta o Neopositivista Lógico y/o Racionalista Crítico Popperiano-Lakatiosano, yo les pregunto ¿A partir de que Premisas NO necesarias o Universales y, por tanto, NO analíticas y sintéticas a Priori (Aristotélicas, Leibnizianas y Kantianas o, también en términos Husserlianos, por Implicación y Fundamentación o Complicación) han llegado Vds. a esa conclusión.
Porque, Rothbard refutó a todos los “Liberales Roldanescos”, cuyo dogma normativo (un deber ser) es la Aporética “Competencia Perfecta”, desde el Apriorismo Praxeológico; pero Vds., supongo que siendo fieles a su monismo metodológico “científico” no pudieron hacerlo; entonces ¿Cómo lo hicieron?; a lo mejor, no se les ocurrió pensar que su método (camino) del verificacionismo o falsacionismo empirista es, en sí mismo, un Principio A priori que no se puede verificar o falsar empíricamente porque, no es más que un axioma a priori y, por tanto, por definición, no verificable o falsable; en suma, que incurren en una Auto-refutación o Contradicción Performativa (¡hay Dios, Srs. Zanottis! ¡Y la Hermenéutica!; ¿qué? ¡No lo arregla ni el “Aquinate”!).
Por tanto, Vds., solamente pudieron haberlo “copiado o apropiarselo” (vale, extraído) a Rothbard, de su tan denostada Economía Austriaca Misesiana.; han hecho Vds. un “Gedanken Experimental”; un Constructo, Instrumento , Concepto o , como decía Ortega, una Mentefactura como Medio al Servicio de un Fin (lo llamaba Racio-Vitalismo; antes, le llamo Noología; la claridad como cortesía del Filósofo); también, Heidegger con su “Analítica Existencial” en su obra “Ser y tiempo”, aunque no tenía la claridad de aquel; ¿No les suena esto a Vds. a “algo”? Porque un Filósofo llamado Von Mises, ya había hecho un trabajo seminal mucho mejor antes que ellos, porque él si sabía cual era el Ser o esencia de la Economía; No era un Filósofo de la “Ciencia” como los Popper y altri, que sin tener ni put… idea de la Ciencia , al menos de la Económica, pretendían darle lecciones a los Verdaderos Científicos del “quid” y del como de la Ciencia (en el fondo, Popper era un Platónico con su “idea metafísica” del Falsacionismo).

TURGOT

b) “Los mercados financieros libres y no intervenidos sí que se autorregulan y tienden a ser estables. Son la banca central, las garantías públicas, la manipulación monetaria y la mala regulación estatal, no resultado de contratos libres, lo que los desestabiliza. Es necesario permitir que los participantes asuman sus propios riesgos y pérdidas y que las empresas insolventes quiebren sin ser rescatadas a costa de los contribuyentes.”
Correcto, Si y Solo Si, sus definiciones de “LIBRE” Son esencialmente, Verdad (Adequatio intellectus et rei); es decir, “si la Proposición en Sí”, És, Verdad en Si (Bolzano); ésto és en el fondo, el Ontológico Principio de identidad de Aristóteles; no es lógica formal, ni simbólica, ni borrosa, ni nada parecido; es Óntica o Positiva, referida al Ente o És; al Ser. Entonces, para definir lo que es un contrato libre, necesariamente hay que definir lo que és ser Libre, en el subcampo de la praxeológica llamado Cataláctica, que trata de los intercambios; éstos, son esencial o sustancialmente, “ex definitione o eo ipso” Voluntarios y , además, de en Acto , en Potencia; en suma, cumplen con el Principio de Identidad y sus Corolarios de No Contradicción y del Tercero Excluido; ergo, su Contrario o no Ser, és , la Falsedad, el engaño o, en términos catalácticos , una Intervención Binaria o Imposición de un Tercero; ésto, por tanto, es lo Contrario de Ser libre. (Verdad : Decir de lo que És, que es y de lo que No És , que no es; un tal Aristóteles )
Bien, un contrato de Custodia o Deposito a la Vista, siempre y cuando ambas partes tengan perfectamente claro en que consiste es un contrato plenamente libre , lógicamente consistente y, además, cumple con el requisito de Universalidad en sentido ético y también del Derecho Natural (Ojo, no de la Legislación); exactamente lo mismo ocurre con el Mutuo o Préstamo a la Vista; ahora bien, mientras que en el caso del primero es posible que sea en Acto y en Potencia Universal, en el segundo caso es físicamente imposible (matemáticamente no), por la sencilla razón de que ningún Empresario , ni consumidor pide un préstamo a la vista con un vencimiento “continuo” en sentido Metafísico o Matemático; porque, además, la Realidad de la Producción (Causa) y, por tanto, la obtención de Renta (Efecto), preceden lógica y temporalmente al Consumo Real; ¡No estamos en el “no-mundo” de la Competencia Perfecta! lo que no puede ser, no es posible que llegue a ser o existir; por tanto, esas aporías de instantaneidad en los mutuos o préstamos ( eufemísticamente llamados a la vista por una falsa analogía con el Depósito de Custodia o a la “vista”) llevan a conclusiones completamente falsas o no positivas, en la verdadera acepción del Término positivo (Ser o existir).
Por tanto su concepto de libre es completamente “metafisico” y no Ontológico; en suma, no se adecua a la Verdad , a la Cosa en sÍ; porque aquí si podemos hablar de Cosa en si o noumeno , en vez de fenómenos en el sentido Kantiano; aquí estamos, en el campo de la Razón Pura Práctica, la Praxeología; podemos penetrar en el sustrato, en la Sustancia Aristotélica y también Kantiana (Véase Kant y ,para una mayor aclaración, Kambartel).
Como Vds. son Deterministas en el sentido Panfísicalista y Behariovista, pues siento mucho tener que despertarlos de su “sueño dogmático”, eso sí, siempre teñido de Eclecticismo “Incredulidad” y “Subjetivismo” (como, dice Susan Haak, los “cínicos” siempre ponen las “comillas de precaución” para referirse a la verdad); porque, parafraseando otra vez a Kant (cuando decía que los sentidos no piensan), ni los Entes Físicos no humanos, ni sus fenómenos, ni sus esencias, ni la Lógica , ni la matemática y sus Algoritmos (al Capella individual, le recomiendo que des-cubra a un tal Gödel) tampoco Piensan o tienen Consciencia; huelga decir quien lo hace y por tanto actúa consciente y teleológicamente.

TURGOT

Finalmente, permítanme , citar un paradigma de Verdadero Científico No falsacionista; yo lo llamaría como Hoppe, un Científico Racional Realista; es el que suscitó estas “letras”; lo leí hoy a mediodía y por casualidad en Internet (¡lo que hacen los algoritmos!); se trata de uno de los Galardonados esta año con el Premio Nobel (los de verdad) de Física; el Sr. Peebles dice lo siguiente (doy por buena la traducción del Diario ABC, ya que la he cotejado con otras) en una entrevista que le hicieron en la embajada Sueca en los USA (sic) :
“El ganador de Premio Nobel de Física en 2019, James Peebles, ha realizado unas declaraciones sorprendentes: odia escuchar el término «Big Bang» porque cree que «es bastante inapropiado». El científico, reconocido precisamente por su aportación en el campo de la cosmología y su investigación de la radiación de fondo cósmico, reniega del apodo de la « gran explosión» porque dice que no hay pruebas de que realmente sucediera así.
«Lo primero que hay que entender sobre mi campo es que su nombre, la Teoría del Big Bang, es bastante inadecuado», afirmó este miércoles Peebles, de 84 años, ante una audiencia absorta en un evento en honor a los ganadores del Premio Nobel en la Embajada de Suecia en Washington (EE.UU.). «Tiene un significado sobre la noción de un evento y una teoría que están bastante equivocados», continuó, agregando que, de hecho, no hay evidencia concreta de una explosión gigante.
El mes pasado, el comité del Premio Nobel reconoció a Peebles por el trabajo que desempeña desde mediados de la década de 1960 desarrollando el marco teórico vigente para explicar el Universo joven. Sin embargo, él mismo recalca que aún no se conoce con certeza qué ocurrió en ese comienzo. «Es muy lamentable que uno piense en el origen, mientras que, de hecho, no tenemos una buena teoría de algo como eso», dijo a la agencia AFP en una entrevista.
«Lo que sí tenemos es una teoría de la evolución bien probada desde un estado inicial hasta el actual, comenzando desde los primeros segundos de expansión», puntualizaba Peebles. Esos primeros momentos están probados gracias a unas firmas cosmológicas llamadas «fósiles», basados en el helio y otras partículas que resultaron del momento en el que el Universo estaba muy caliente y denso. Estos momentos sí que han sido bien argumentados por pruebas y controles. Sin embargo, la misteriosa fase inicial aún sigue siendo eso, un misterio.
«No tenemos una prueba sólida de lo que sucedió antes de eso en el tiempo. Tenemos teorías, pero no están probadas», afirmó el profesor emérito de Princeton.
«Me he rendido»
Peebles continuó explicando que la humanidad describe teorías «comparándolas con experimentos». «Simplemente, no tenemos evidencia experimental de lo que ocurrió en el origen». Una de esas teorías, la más aceptada, se conoce como el « modelo de inflación». Esta idea sostiene que el Universo primitivo se expandió exponencialmente durante una fracción muy pequeña de un segundo justo antes de la probada fase de expansión.
«Es una teoría hermosa», señala Peebles. «Mucha gente piensa que es tan bonita que seguramente sea correcta, pero la evidencia en torno a esta teoría es muy escasa». Después fue preguntado acerca de qué nombre deberíamos utilizar para ese momento del origen, pero dio una lacónica respuesta: «Me he rendido, yo uso Big Bang. Pero no me gusta. Durante años, algunos de nosotros hemos tratado de persuadir a la comunidad para que encuentre un término mejor sin éxito. Así que 'Big Bang' es el mejor que tenemos. Es lamentable, pero todos conocen ese nombre. Así que me rindo».

Espero que, por favor, si no lo han hecho ya, le den traslado de esta noticia desde aquí o desde la UFM (no se si son la misma cosa) a los chicos de SFL (estudiantes por la “libertad”) que al paso que van, se van a convertir en unos indigentes intelectuales; se lo ruego encarecidamente, aunque solamente sea desde un punto de vista estrictamente utilitario o consecuencialista como le están ensañando; más que nada, para que puedan hacer “predicciones” correctas, sin tener que inventarse hipótesis adicionales “Ad Hoc” que mantengan incólume el núcleo duro de su programa de investigación Progresivo, que van contra la “navaja de Ockham” ¿Eh Zanotti?
Por mi parte, yo creo que con la cuestiones semánticas y del lenguaje, si están correctamente formuladas no hay problemas irresolubles; la Verdad, está más allá de las antinómias o “paradojas del mentiroso” como demostró inequívocamente Kurt Gödel; hasta más ver y muchísimas gracias porque aquí siempre me han dejado escribir libremente; DE VERDAD; además, eso les Honra enormemente a todos Vds.

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