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¿Qué han hecho mal los presuntos liberales como Toni Roldán?

¿Qué han hecho mal los presuntos liberales como Toni Roldán?

Toni Roldán (@toniroldanm), ex portavoz de Economía de Ciudadanos, se pregunta ¿Qué hemos hecho mal los liberales? que estamos perdiendo la batalla contra los populistas, los autoritarios o los xenófobos nacionalistas. El título implica que él se considera liberal, pero el texto tiende a contradecir que lo sea.

Comienza mencionando el progreso de la humanidad (y el desconocimiento generalizado del mismo), y cómo se debe al orden liberal occidental.

Los éxitos del orden liberal occidental parecen incuestionables. La libertad de empresa, la propiedad privada, las economías abiertas, el comercio, la especialización y la competencia, el desarrollo de la ciencia y las instituciones que nos dimos tras la Segunda Guerra Mundial nos han permitido alcanzar las cotas más altas de progreso que la humanidad jamás ha conocido. Sin embargo, nos enfrentamos a una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: si el orden liberal ha sido tan exitoso, ¿por qué se encuentra amenazado?

Afirma que “Las causas del populismo están íntimamente relacionadas con … la crisis del capitalismo.” Según él es un asunto complejo y hay causas económicas (globalización y China, tecnología y automatización, crisis financiera y económica y políticas de austeridad) y culturales (inmigración, multiculturalismo, nación, autoridad).

En realidad el orden occidental ha sido muy exitoso, pero no lo ha sido más y tiene serios problemas porque está muy lejos de ser totalmente liberal: está lastrado por grandes dosis de socialdemocracia, intervencionismo y estatismo.

Si su descripción del orden liberal occidental parecía acertada, las soluciones que propone no lo son tanto.

Las soluciones que se proponen aquí tienen un denominador común: recuperar los principios fundacionales del liberalismo –la resistencia a los abusos de poder en el mercado, la defensa acérrima de la competencia, la batalla contra el capitalismo rentista, el refuerzo de unas instituciones sólidas e imparciales, la lucha por una mayor igualdad de oportunidades– erosionados en las últimas décadas.

No aparece la resistencia a los abusos de poder del Estado. La defensa de la competencia puede referirse a retirar privilegios, pero también a regular y fragmentar grandes empresas falazmente acusadas de monopolios. No se identifica quiénes son los rentistas en el capitalismo. Falta precisar qué se entiende por instituciones sólidas e imparciales. Propone la típica medida socialdemócrata de la igualdad de oportunidades. Y no está claro a qué últimas décadas se refiere (¿tal vez desde Reagan, Thatcher y la caída del muro de Berlín?).

Pasa a dar lecciones en las que abundan los errores y escasea el liberalismo.

La primera lección que ofrece es en realidad una manifestación de ignorancia muy extendida en la profesión de economista sobre las finanzas y los ciclos económicos.

Una primera lección que recordamos en la Gran Recesión es que los liberales olvidamos lo que habíamos aprendido en cientos de años de historia de crisis financieras. Unas finanzas desarrolladas y competitivas son vitales para el funcionamiento del sistema. Sin embargo, los mercados financieros no se autorregulan y tienden a ser inestables. Las “crisis, manías y pánicos” financieros son más una característica del sistema que una excepción, como documentan Reinhart y Rogoff en Esta vez es distinto con datos sobre ocho siglos de crisis financieras. Aunque quizás sea imposible evitarlas, sí podemos tratar de prepararnos mejor.

Los mercados financieros libres y no intervenidos sí que se autorregulan y tienden a ser estables. Son la banca central, las garantías públicas, la manipulación monetaria y la mala regulación estatal, no resultado de contratos libres, lo que los desestabiliza. Es necesario permitir que los participantes asuman sus propios riesgos y pérdidas y que las empresas insolventes quiebren sin ser rescatadas a costa de los contribuyentes.

Roldán al menos es mínimamente sensato y sabe que “La solución no es nacionalizar la banca o tomar el control político de los bancos centrales”. Propone “seguir avanzando en mejorar la regulación para limitar los daños.” Es la típica actitud tecnocrática, arrogante y nociva, que pretende saber mejor que los participantes en el mercado cuáles son las reglas específicas adecuadas para un sector económico.

No explica cómo podemos saber qué regulación es “mejor”. Defiende más capital para los bancos pero no concreta cuánto es necesario. Avisa de riesgos aún presentes como la alta exposición a los bonos soberanos: ¿si la deuda pública puede impagarse, la regulación pública no podría ser peligrosa? Critica que no se han hecho reformas necesarias como la limitación de las entidades too big to fail o la banca en la sombra. Tiene ganas de regularlo todo, también las innovaciones incipientes de las Fintech (tecnologías financieras). Afirma que el sector financiero tiene un peso excesivo y perjudicial para el crecimiento económico, pero no dice cuál es el peso adecuado y seguramente no aceptaría que fuera un sector libre que encontrara por sí mismo su tamaño óptimo.

La relación entre crisis financieras y populismo –en algunos casos fatídica, como en los años treinta– es demasiado estrecha como para que los liberales la pasemos por alto.

Muy cierto: pero el diagnóstico incorrecto de las crisis financieras predominante entre los economistas como él es lo que lleva a repetirlas y agravarlas una y otra vez; seguirá así mientras no entiendan bien qué es el dinero como institución evolutiva del mercado libre y en qué consiste el problema del descalce de plazos y riesgos. Le falta una pasada por el pensamiento de Friedrich Hayek acerca de los órdenes espontáneos, la complejidad de los mercados y la imposibilidad de regularlos mediante tecnócratas.

Continúa con los trabajadores:

Un segundo error que hemos cometido los liberales es que hemos infravalorado las consecuencias negativas de la globalización y la revolución tecnológica para millones de trabajadores. Es cierto, la globalización ha sido enormemente positiva en términos agregados: la incorporación de India y China a las cadenas de producción globales ha sacado de la pobreza a más de mil millones de personas en unas pocas décadas. Sin embargo, los efectos del progreso no se han distribuido de igual forma en todos los lugares. Branko Milanovic muestra en su famoso gráfico del elefante lo que ha sucedido: mientras los ingresos reales de la población global crecieron en los países pobres, y sobre todo en los emergentes, las rentas reales de las clases medias en Occidente se han estancado.

Es cierto que muchos trabajos se han ido a China y a otros países en desarrollo, y que muchos trabajos están siendo automatizados o transformados mediante la tecnología. Pero esto no da derecho a ningún trabajador a exigir protecciones o privilegios a costa de otros, o a continuar trabajando en lo suyo con las mismas condiciones de siempre: es responsabilidad de cada individuo mantener, incrementar o modificar su capacitación para poder competir en mercados globales y dinámicos. Los que antes se beneficiaban de barreras comerciales o de altos costes logísticos no son ni inocentes víctimas del progreso ni héroes caídos por el avance de la sociedad (como falazmente los denominan Duflo y Banerjee, los dos recientes premios Nobel, en un pobre artículo).

Es falso que las rentas reales de las clases medias en Occidente se hayan estancado, y mucho menos que hayan sufrido un “colapso”, como afirma Roldán basándose en el famoso gráfico del elefante: me parece interesante cómo mucha gente cita a Branko Milanovic y no se han molestado en investigar si hay algún problema con estos datos y su interpretación; véase aquí el excelente análisis crítico de Juan Ramón Rallo.

Continúa Roldán exigiendo que repensemos nuestro estado del bienestar.

El colapso de los ingresos reales de la clase media y el aumento de la desigualdad en muchos países occidentales nos obliga a repensar nuestro estado del bienestar. El objetivo debe ser garantizar que el Estado ofrezca a los ciudadanos las herramientas o “capacidades” –en la jerga utilizada por Amartya Sen– necesarias para poder alcanzar sus objetivos en libertad.

Autoritariamente indica cuál debe ser el objetivo del Estado del bienestar. Obvia mencionar que todo lo que el Estado ofrece a unos es porque antes se lo ha quitado a alguien, a ellos mismos o a otros. No se plantea la posibilidad de que la gente consiga por sí misma sus propias herramientas o capacidades, y no se da cuenta de que con su propuesta no todos pueden alcanzar sus objetivos en libertad porque el Estado la coarta sistemáticamente al confiscarles a unos sus recursos para dárselos a otros. No menciona cómo el estado del bienestar está capturado por proveedores (funcionarios de la enseñanza y la salud) y receptores (pensionistas) de bienes y servicios. Ni siquiera trata el problema de las pensiones, financieramente insostenibles y políticamente intocables por la conducta como grupo de interés de los pensionistas.

Roldán vuelve a tener cierta sensatez al recordar que “algunas de las respuestas que servían para las relaciones industriales del siglo XX no sirven para el siglo XXI.” Duda del salario mínimo y de la extensión de las rentas mínimas por los problemas de desincentivos y financiación. “Ofrecer dinero por quedarse en casa no parece una opción muy buena tampoco políticamente: las personas necesitamos sentirnos útiles.” No parece ver ningún problema en que las leyes de salario mínimo sean violaciones de la libertad contractual, ni en que para dar dinero a unos antes hay que confiscar la propiedad de otros.

Quiere “transformar las políticas laborales de oferta” y “revolucionar los sistemas de formación” por ineficientes. No menciona que aquí abundan la corrupción y los cazadores de rentas de sindicatos y organizaciones empresariales, y no propone dejar que los mercados libres funcionen sino “utilizar la tecnología para tener sistemas mucho más avanzados de perfilado y también para facilitar el matching entre oferta y demanda de empleo.” Más tecnocracia con anglicismos innecesarios.

Propone “que los trabajadores [acumulen] sus derechos de indemnización y también transferencias para la formación en unas mochilas personales portables”, lo cual es un avance sobre el sistema actual pero sigue sin haber libertad contractual o laboral.

Como explica el premio nobel Jean Tirole, en un mundo con tanta movilidad y rotación laboral, la clave es cambiar el foco hacia la protección del trabajador y no tanto del puesto de trabajo.

No se plantea la posibilidad de eliminar el paternalismo estatal y dejar que los trabajadores se protejan libremente ellos mismos como crean conveniente. Los defensores de estas mochilas no parecen ser conscientes de que las mochilas y su carga pesan (tienen costes) y que por ello algunos trabajadores podrían preferir ir algo más ligeros de equipaje.

Sobre la fiscalidad a los más ricos, Roldán cree que hay “injusticias profundas del sistema.” No aclara cuál es su criterio de justicia o su capacitación personal para los análisis morales. Menciona a Saez y Zucman, dos economistas muy queridos por todos los progresistas y socialistas pero cuyos trabajos son muy problemáticos (veánse por ejemplo las acertadas críticas de Phillip W. Magness). Afirma que “la fiscalidad internacional se parece más a Gangs of New York que a la declaración de la renta de un ciudadano común.” ¿Mafias étnicas de inmigrantes enfrentándose en las calles por el control de la ciudad? ¿En serio? Repite la tontería de que “como decía Warren Buffet, el sistema le permite pagar menos impuestos a él que a su secretaria.” Critica los paraísos fiscales (que en realidad son refugios, havens y no heavens), pero no los contrapone a los infiernos fiscales. No propone ninguna mísera bajada de impuestos en nada.

Los liberales estamos fracasando a la hora de adaptar nuestras normas fiscales a la globalización y eso debilita la igualdad de oportunidades en el mercado y nuestro estado del bienestar. A este respecto es buena noticia el compromiso reciente en la OCDE entre ciento treinta países de reescribir las normas fiscales internacionales. La propuesta consiste, esencialmente, en obligar a las compañías a pagar más impuestos donde sus productos y servicios se venden a los consumidores.

Impuestos y más impuestos, que no se escape nadie y nunca pensar en reducirlos: todo muy propio de “liberales” tipo Toni Roldán. Eso sí, mucha igualdad de oportunidades, que eso se vende muy bien y no es nada populista.

Le preocupa tanto la desigualdad, que al analizar el sistema educativo no se fija tanto en su calidad sino en la segregación entre ricos y pobres que mantiene esa desigualdad. Cita un trabajo de Raj Chetty sobre movilidad intergeneracional, olvidando mencionar que el sistema educativo preuniversitario en Estados Unidos es esencialmente público y está controlado por el todopoderoso sindicato de profesores. No dice nada de la posibilidad de cheques escolares.

Insiste por si no ha quedado claro: “los liberales no estamos siendo suficientemente valientes en la defensa de la igualdad real de oportunidades.” Resulta que es un problema de cobardía.

Sobre los monopolios, Roldán plantea “la resistencia al abuso de poder o dominación por parte de intereses particulares” como principio fundamental del liberalismo, entendido este en sentido muy amplio: tan amplio que, según Edmund Fawcett, John Maynard Keynes, Franklin Delano Roosevelt y Lyndon B. Johnson serían liberales. Afirma que “para que el mercado funcione, debe haber reglas que garanticen que todos los actores compiten con las mismas posibilidades” y en igualdad, lo cual es falso: para que el mercado libre funcione basta con que se respete la propiedad privada y la libertad contractual y que se cumplan los contratos; es imposible que todos los actores tengan las mismas posibilidades porque son diferentes, pero sí es posible que todos están sometidos a las mismas leyes generales que no privilegien a ninguno.

Roldán habla de abusos de poder y de rentas pagadas por todos los ciudadanos: “por eso necesitamos organismos supervisores y reguladores realmente independientes que se aseguren de que las empresas no conciertan precios o abusan de su posición de dominio”. No menciona que los monopolios abusivos suelen deberse a regulaciones estatales que los protegen. Relaciona la concentración de poder en el mercado, como en los casos de los gigantes tecnológicos, con ineficiencias del mismo (menos innovación y crecimiento de la productividad), pero parece incapaz de imaginar que algunas empresas pueden ser muy grandes porque sirven adecuadamente a sus clientes, porque innovan y son más productivas.

Critica acertadamente el capitalismo clientelar de la economía española y las rentas abusivas obtenidas por la cercanía al poder político. Sin embargo, para eliminar este problema no hacen falta reguladores ni promotores de la competencia que pueden equivocarse o ser capturados por los rentistas abusivos: basta con liberalizar y quitar a los políticos y a los burócratas su poder sobre la actividad económica mediante regulaciones, protecciones y subsidios.

En el ámbito de la ecología Roldán recurre al tópico fácil de la lucha contra el cambio climático. Asegura que los liberales minusvaloran sus riesgos, y que además “el coste de invertir hoy en adaptarnos al cambio climático es trivial si lo comparamos con el coste que tendrá hacerlo para las generaciones futuras.” Olvida que las generaciones futuras serán mucho más ricas que nosotros, confunde adaptación con mitigación, que es lo que suele proponerse, y se basa en el falaz y catastrofista estudio de Nicholas Stern que decía que si no invertimos un “1% del PIB global por año en medidas para prevenir el cambio climático, nos costará en pocas décadas un 20% del PIB”. No menciona a economistas más sensatos y menos apocalípticos como el premio Nobel William Nordhaus o todos los premios Nobel que participan con Bjorn Lomborg en The Copenhagen Consensus.

Para finalizar, Roldán menciona la importancia de las emociones, las historias y las metáforas en política. Cita a un tal Dan Western, autor de The Political Brain: en realidad se trata de Drew Westen. También habla de la importancia de la identidad, la dignidad y la comunidad como si los liberales ignoraran todo esto: la identidad no da ningún derecho especial, la dignidad bien entendida consiste en la igualdad ante la ley, y las comunidades están muy bien si son de adscripción libre y voluntaria.

Los humanos necesitamos sentirnos parte, pertenecer a una comunidad.

Sí, pero no tenemos derecho a obligar a otros a pertenecer a nuestra comunidad, ni a vivir a costa de los demás miembros de nuestra comunidad. Y las comunidades son peligrosas por el poder que tienen para oprimir a los individuos.

Los liberales debemos ser capaces de construir historias sobre los valores que compartimos. Lo hace, por ejemplo, Trudeau cuando explica que la identidad canadiense se basa en la apertura y en el orgullo de la diversidad.

Habla de los valores que según él compartimos, pero tal vez otros no estén de acuerdo con su declaración unilateral. Pone como ejemplo a una de las estrellas políticas de la socialdemocracia, confundiendo (una vez más) el liberalism anglosajón (progresismo) con el liberalismo. La presunta apertura canadiense no es para tanto: no hay libre inmigración, sino que seleccionan cuidadosamente trabajadores productivos en las áreas que consideran convenientes.

Es cierto que los liberales tienden a ser individualistas y más racionales: recurrir a las emociones y al relato es frecuentemente cosa de tramposos, manipuladores y populistas; el precio de ser honesto y sensato puede ser renunciar a ganar las sucias batallas de la política al tiempo que se denuncia al poder político y los daños que causa.

Los liberales necesitamos ser humildes y reconocer lo que no funciona para poder ofrecer un nuevo pacto más justo a los ciudadanos.

Sus diversos ejemplos de arrogancia tecnocrática muestran que tal vez no tiene ni la humildad ni la capacidad de reconocer lo que no funciona. Y su insistencia en la igualdad de oportunidades indica que su criterio de justicia es típicamente socialdemócrata y poco liberal.

La respuesta a su pregunta es sencilla:

- ¿Qué hemos hecho mal los liberales?

- En su caso, creerse que lo es y no serlo.