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Que no me toque a mí

El gobierno de Mariano Rajoy ha despertado tras seis meses de letargo con una ristra de medidas para podar el Estado y... recaudar más. Tarde y mal, como buen burócrata, ha preferido aumentar la presión fiscal y mantener en la medida de lo posible un Estado del Bienestar que no podemos financiar.

Es verdad que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades pues durante los últimos tiempos los gobiernos nos han endeudado para poder ofrecer lo que la ciudadanía les exigía elección tras elección. Se trata de la trampa democrática que en ningún caso sale gratis y, en nuestro caso particular, se ha mantenido gracias al dinero prestado del exterior. Ahora quieren que se lo devolvamos y alguno lo llama la dictadura de los mercados (sic) pero no deja de ser algo lógico, quieren asegurarse de que se les devuelve lo que nos dejaron.

Entre tanto, los recortes y ajustes han empezado a afectar a todos los sectores de la población y cada vez son más los que salen a la calle a protestar por el atraco que perpetran los políticos en sus bolsillos. Unas quejas que llegan precedidas por años de silencio en los que el cuerno de la abundancia les confería lo que creían que eran derechos irrenunciables. Lamentablemente el cuerno de la abundancia del Estado del Bienestar no tiene nada que ver con Zeus y la cabra Amaltea pero mucho con la expansión crediticia.

Bienvenidas sean si estas protestas se traducen en una sociedad que vigila y controla con celo a sus políticos oponiéndose frontalmente a los impuestos confiscatorios, en sus palabras y en las urnas. Porque el comportamiento hasta la fecha no ha sido el de una sociedad de propietarios responsables sino el de una sociedad de irresponsables dependientes de la teta estatal.

De hecho, parece más bien que la gente no quiere darse cuenta que la burbuja estatal se está desinflando y que el mundo en el que creían vivir ya no existe. La pirámide se desmorona y nadie quiere perder sus privilegios, ni los que ocupan posiciones intermedias ni los de arriba. Quienes coronan el sistema aprietan las tuercas a los que tienen abajo y estos a su vez acusan a los de arriba. Los de más abajo, los trabajadores ahorradores, no saben hacia donde mirar porque les están sacando el dinero de sus bolsillos desde diferentes posiciones. En realidad todos están dispuestos a recortar los privilegios ajenos a cambio de blindar los propios.

El Estado conlleva burocracia que lo mantiene y gestiona; no se puede mantener el Estado sin políticos ni se puede prescindir de los políticos si se pretende seguir viviendo del Estado. Son los intérpretes necesarios para mantener el sistema. La vía socialdemócrata para salir de la crisis consiste exactamente en lo que se está haciendo, redimensionar el Estado para hacerlo viable sin cuestionarlo. Entre tanto, y mientras dure, todo seguirá igual bajo el poco ejemplar principio "que no me toque a mí".