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¿Quién derrumbó el muro?

Cuando se discute la autoría de la demolición del muro de Berlín y de todos los telones de acero que mantenían a millones de individuos esclavizados en el este de Europa se escuchan respuestas para todos los gustos. Muchos dicen que fueron los sufridos ciudadanos del socialismo real los que, martillo en mano, desmontaron el brutal paredón que les separaba de una sociedad algo más libre. Otros dirán que fueron Ronald Reagan o Margaret Thatcher. Muchos apuntarán a Juan Pablo II como principal artífice. No faltará quien nomine a Helmut Kohl y hasta habrá quien defienda que Mijail Gorvachov fue el principal responsable de la caída del comunismo.

Sin embargo, cuando se discute sobre la autoría de la demolición académica del socialismo el nombre de Ludwig von Mises se postula como indiscutible. Ya en el invierno de 1918-1919 Ludwig von Mises convenció al joven y brillante marxista Otto Bauer de que el inminente experimento comunista que pretendía liderar en Austria estaba destinado al fracaso más estrepitoso. Las explicaciones lógicas de porqué al baño de sangre inicial le seguiría la destrucción todos los logros que para la civilización significaba Viena calaron hondo en Bauer y su mujer, quienes debatieron la cuestión con Mises durante numerosas noches antes de que decidieran hacer todo lo que estaba en sus manos para detener la revolución.

Un año más tarde Mises publicó su fecundo “Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen”. En éste, el austriaco explicó de forma deductiva que cuando no existe un precio de mercado en los bienes de producción (como ocurre necesariamente en una sociedad en la que no se respeta la propiedad privada), es totalmente imposible analizar retrospectivamente si una dedicación concreta de los medios de producción han permitido alcanzar ganancias o si por el contrario suponen un despilfarro de recursos escasos y presentan pérdidas.

Sin embargo, lo que es menos conocido es que Mises fue la cabeza visible y último representante magistral de un grupo de estudiosos de la economía que desde hacía varias décadas se habían enfrentado al comunismo. Entre todos pusieron la teoría marxista en la picota. Los primeros esfuerzos llegaron de la mano de un puñado de autores alemanes que aplicarían la teoría subjetiva del valor para mostrar cómo los errores cometidos por Adam Smith en la teoría del valor eran el talón de Aquiles del marxismo. Entre ellos destacaron nombres tan ilustres miembros de la Gebrauchtwertschule como Karl Knies o Wilhem Roscher.

Eugen von Böhm-Bawerk se encargaría unos años más tarde de ordenar los argumentos y mostrar las inconsistencias lógicas del marxismo. Con todo, la crítica fundamental de Böhm-Bawerk se fundamentó en la teoría objetiva del valor trabajo y en el concepto de preferencia temporal –inexistente en la teoría marxista– que invalidaba el análisis marxista de la plusvalía y la explotación.

Los más inteligentes autores socialistas entendieron perfectamente el carácter letal del órdago lanzado por Böhm Bawerk. El propio Marx reconoció el aparente cúmulo de contradicciones a la vista de las críticas del austriaco y prometió desenredar el entuerto más adelante; cosa que nunca hizo. Engels, ante la incapacidad de su amigo y maestro, convocaría un concurso para contestar a Böhm-Bawerk. Hilferding intentó responder al famoso teórico de la escuela austriaca con más pena que gloria. El propio Otto Bauer terminaría admitiendo que la teoría marxista del valor era insostenible y que la “respuesta” a Böhm-Bawerk por parte de Hilferding sólo ponía de manifiesto la incapacidad de este último autor para siquiera comprender cuál era la naturaleza del problema.

El castillo de naipes socialista se venía abajo y sus mejores mentes corrieron a ponerle parches. Quizá fue Nicolai Bujarin quien llevó a cabo el mayor esfuerzo en este sentido. Viajó al núcleo de todas las escuelas que no eran marxistas tratando de estudiarlas a fondo. Ese periplo le llevaría naturalmente a Viena donde conocería de primera mano la teoría austriaca. Allí asistió al seminario de Böhm-Bawerk para estudiar a fondo su crítica del marxismo e intentar desarrollar una contracrítica. Aunque Bujarin reconoce que tanto el subjetivismo como el individualismo son previos a los eminentes representantes de la escuela austriaca Carl Menger y Eugen Böhm Bawerk, “sólo ahora, es decir, en la doctrina de la escuela austríaca, el sicologismo en economía política, es decir el individualismo económico, se encuentra formulado con una coherencia perfecta”. Al término de su largo recorrido por varios continentes y tras estudiar las diversas escuelas burguesas Bujarin llegó a la conclusión de que el verdadero reto era contestar a la escuela austriaca. En su opinión, y en la de muchos otros eminentes marxistas, las críticas de las demás escuelas reforzaban más de lo que debilitaban la teoría comunista. Por eso llegó a decir que”el objetivo de nuestra crítica no necesita largas explicaciones. Todo el mundo sabe que el más encarnizado adversario del marxismo es precisamente la escuela austriaca.”

Y es que el perfeccionamiento del subjetivismo en un entorno dinámico unido al individualismo metodológico de Carl Menger había hecho tambalear -acaso involuntariamente- todo el sistema marxista. Luego Böhm-Bawerk lo hirió de muerte con su explicación de las contradicciones internas del marxismo y de la falta de entendimiento del concepto de preferencia temporal por parte de Karl Marx. Por eso cuando en 1920 Mises apareció en escena con su brillante teorema de la imposibilidad del cálculo económico en una economía socialista, el comunismo quedó sepultado intelectualmente para siempre. Aún así habría que esperar más de medio siglo para que la realidad alcanzara a la teoría.

Cabe especular con gran posibilidad de acierto que, a la vista de los acontecimientos, los grandes teóricos marxistas de aquel entonces dirían hoy que el comunismo no cayó por el empuje de ningún personaje histórico concreto sino, más bien, por las razones lógicas que había explicado su “más encarnizado adversario”, la Escuela Austriaca de Economía.