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Quite el plástico de su vida

Un movimiento tan comprometido, solidario y global como el ecologista no es ajeno a las modas, tanto como lo son los sectores textil, artístico, gastronómico o incluso el de las ideas hegemónicas. Cuando en los años 70 del siglo XX se hicieron visibles en Occidente los movimientos medioambientalistas, su principal preocupación estaba en la línea de eliminar la energía nuclear[1]. Pronto, a Greenpeace le dio por recorrer los mares del planeta buscando un mundo mejor para las ballenas, delfines y otros cetáceos, que estaban siendo masacrados por noruegos, japoneses y otras flotas pesqueras[2]. La defensa de los mares fue su extensión lógica y luego abogaron por la supervivencia de las selvas (amazónica, africana, indonesia…), en manos de las empresas madereras o multinacionales agrícolas, una vez más occidentales, así como de otros ecosistemas menos mediáticos, pero no poco interesantes. Desde esos momentos y hasta ahora, el oligopolio global ecologista ha tenido en su punto de mira distintos objetivos que han liderado sus reivindicaciones. No sé si esto responde a una estrategia global de todos los grupos que lo componen o, por el contrario, se copian entre sí cuando una de estas metas es especialmente exitosa. En cualquier caso, y a parte del persistente calentamiento global o cambio climático, el que ahora nos invade en cada noticiero con mensajes y campañas es el de los plásticos.

No sé si se han dado cuenta, pero tenemos plásticos por todas partes. Miren alrededor y los verán en su casa, amenazantes, en el trabajo, importunando, en su coche, en los productos que visten o calzan, en manos de sus hijos en forma de juguetes o material escolar. Si se fijan con detalle, el móvil o el ordenador en el que leen esto, incluso si lo han impreso, la impresora que lo ha hecho, están llenos de plásticos. La comida que comen o el agua que beben (si beben de la botella o vaso desechable) suele estar envuelto o alojado en plásticos (o materiales cuyo origen está en el petróleo); incluso usan bolsas de plástico para llevar a casa esos alimentos envueltos en plásticos, “plásticos de un solo uso” dicen escandalizados los ecologistas, como si todo lo que hubiera a nuestro alrededor debiese tener más de un uso antes de terminar en la basura. Algo de razón tienen, hay que decirlo. El plástico, dada su versatilidad, su bajo coste, su capacidad para adaptarse a formas y funciones, y algunos de ellos a aguantar condiciones extremas, es la materia prima estrella de nuestra forma de vida. De hecho, se me antoja muy complicado que en un periodo corto de tiempo seamos capaces de revertir su uso y encontrar sustitutos igual de versátiles, pues no hay muchas alternativas a un coste tan bajo.

¿Cuál es el problema que tenemos ahora, en 2019? Pues que el plástico se ha puesto de moda, de nuevo, como un importante contaminante, un contaminante que en esta ocasión ha traspasado las fronteras de los vertederos y se ha extendido por todo el planeta, llegando incluso a la cadena trófica. Digo que se ha vuelto a convertir y lo digo bien. El hecho de la contaminación por plástico no es nuevo, pero la forma en la que se describe la contaminación de los ecosistemas sí lo es[3]. Los que ya tengan unos años recordarán que se hicieron campañas para que, cuando se arrojara a la basura, los aros de plásticos con los que se empaquetan las latas de refrescos y cervezas se cortaran para que los animales que merodean por los vertederos no se los lleven enganchados y les produzcan problemas en el crecimiento o en su desarrollo vital. Y es que, en esa época, los plásticos abandonados en el medioambiente duraban decenas, cientos, miles de años en el campo, interfiriendo con los procesos biológicos de una manera más vasta que la descrita ahora; se le tenía por indestructible, casi eterno. Los grupos ecologistas dejaron de presionar (nunca del todo) cuando aparecieron los biodegradables. Y durante una temporada, el plástico biodegradable fue un éxito menor de estos grupos, que se volcaron en otros asuntos, como el calentamiento global o las energías renovables.

Durante ese periodo, los plásticos empezaron a llevar la contraria a los ecologistas y a degradarse, incluso los que no lo eran a priori. Solo hay que dejar una temporada una bolsa al sol en la terraza de tu casa o frente a una ventana por la que entre, para ver cómo se va degradando hasta el punto de que termina rompiendo o rasgándose. En un ambiente hostil como es el campo o el mar, el trasiego de elementos sobre cualquier objeto de plástico, en especial los más finos como las bolsas, provocaría que terminase partiéndose en pequeños trozos, que a su vez se volverían a romper y a dar lugar a lo que ahora han llamado microplásticos, una contaminación que es, de repente, por arte de birlibirloque, cuantitativa y cualitativamente muy importante. Es tan importante que la ONU asegura que, en cuatro décadas, los peces no podrán nadar de manera normal, que en la actualidad el 80% de las basuras del mar son plástico, que ascienden a unos 165 millones de toneladas, de los que la mitad son artículos de un solo uso como botellas, pajitas, vasos o bolsas, que las artes de pesca suponen una cantidad también muy importante y que todos estos residuos terminan convirtiéndose en los temidos microplásticos[4].

La solución para los grupos ecologistas responde a su lógica: debemos dejar de usar los plásticos, prohibir su existencia. Y punto pelota. Las políticas/soluciones medioambientales que nos proponen los grupos ecologistas siempre tienen al menos alguno de estos caracteres, cuando no todos: alarma, prohibición, obligación, cambios en los hábitos, imposición/enseñanza de ideas, subida del precio de los productos polémicos, incremento del gasto público o fuerte carga fiscal. Lo que nunca o casi nunca he visto es autocrítica sobre sus políticas, algún tipo de auditoría que sea capaz de concluir si los objetivos planteados son posibles o creíbles, o las formas que se han usado eran o no las adecuadas.

Primero podríamos preguntarnos si las políticas que se han implementado para eliminar los vertidos de plásticos han funcionado. El reciclaje[5], tal como está ahora implementado, es un negocio público que se asigna a una serie de empresas, privadas, públicas o semipúblicas, que colaboran y ganan mucho dentro de este conglomerado público-privado que nos invade. Parte de ese trabajo se lo hacemos los usuarios, que estamos obligados a separar unas basuras que podrían separar ellos a través de sistemas industriales bastante eficientes[6].

En Occidente se supone que la mayoría de las basuras son recicladas, pero este es un concepto discutido y discutible. Algunas de esas basuras son exportadas en contenedores hacia otros países donde se supone que los tratan y reciclan, pero algunas veces se ha denunciado que esto no ocurre o lo que se manda no está en condiciones[7]. Exportar no es reciclar. Hace poco se publicaba una noticia que aseguraba que Suecia reciclaba el 99% de la basura e incluso que había importado de otros países para seguir con su labor. Da la casualidad de que, en Suecia, reciclaje e incineración es lo “mismo” y lo de traer basura tenía más que ver con cierta relajación de su legislación que con que tuvieran necesidad. Vamos, que los países más verdes de la historia se hacen trampas en el solitario. En España, algo de todo eso hay y, además, somos un poco “descuidados” a la hora de dejar todo por el campo y la playa, generando eso que hemos llamado tontamente “basuraleza”, la basura encontrada en la naturaleza y que no hace poco la Reina emérita doña Sofía ayudaba a recolectar para concienciar a los españoles.

En Europa se usa mucho el plástico, pero no tenemos una contaminación que sea alarmante; por el contrario, donde las acumulaciones y la contaminación son alarmantes es en Asia, donde se concentra la mayoría, en especial frente a los ríos chinos e indios. Le sigue África, donde ríos como Níger, Nilo o la costa de Sudáfrica dan mayores problemas. También hay extensas zonas afectadas, aunque cuantitativamente menos importantes, en Latinoamérica y en Norteamérica, en especial por el golfo de México. En Europa hay menos, pero no por ello debemos dejar de preocuparnos. En definitiva, el problema mundial es menos homogéneo, geográficamente hablando, de lo que dan a entender los grupos ecologistas.

Un problema tan complejo como el que han generado los plásticos no debería tener una única solución a nivel global, que es la idea que se desprende de la campaña ecologista, por muy pertinente y solidaria que parezca. Usar un medio inadecuado tiene diversos efectos perjudiciales: no se soluciona el problema, se desperdician recursos humanos y financieros, los que lo financian pueden tener la falsa sensación de que alguien está trabajando en ello de manera adecuada y, si nadie lo corrige, se persiste en el error.

En un acercamiento a la contaminación por plásticos, se pueden distinguir varias facetas que requerirían distintos enfoques. En primer lugar, hay una responsabilidad personal, cuando se compra un producto y se usa, no se pueden dejar abandonados los restos en cualquier parte, pues se afecta a personas y sus propiedades, además de producir un daño en los ecosistemas. Así que las personas tienen una responsabilidad en su acción. Es una cuestión de educación y no de política[8].

En segundo lugar, cuando se implementan sistemas para reducir o eliminar esta contaminación habrá que hacerlo según las circunstancias de cada lugar. En China, el problema es muy evidente y grave, pero los chinos son una potencia totalitaria y entiendo que a los grupos ecologistas les cueste presionar allí y prefieran ir a Occidente a protestar y financiarse para no jugarse una pena de cárcel o incluso la propia vida. Esta línea de acción deja el problema activo. Lo mismo ocurre en algunos países como Indonesia, Vietnam, Congo y otros que aguantan un régimen totalitario o un conflicto bélico o civil. El caso de la India sería distinto, ya que buena parte del país está en vías de desarrollo. En este caso, cuesta dedicar tiempo y recursos a ser “limpio”, pues es más importante satisfacer necesidades más básicas. Es esperable que la contaminación sea menor según se incremente la riqueza, y en eso es experto el capitalismo y el libre mercado y no las distintas formas que adquiere el socialismo. También se debería pedir algo de paciencia a los grupos ecologistas.

En tercer lugar, existe el mito de que el capitalismo y el libre mercado no se encargan de las cuestiones medioambientales, sino que esto es labor de las instituciones estatales y los sistemas socialistas. Un repaso a la historia de los países socialistas sería suficiente para refutar estas afirmaciones, pero no todo el mundo está dispuesto a creerse tal refutación. No ha habido países más dañinos con el medio ambiente que los comunistas. No es raro que China sea uno de los países más contaminantes actualmente, si no el que más, y que la Unión Soviética tuviera sobre sus anchas espaldas la catástrofe de Chernóbil, tan de moda ahora, o la destrucción literal del mar Aral, el segundo mayor mar interior. El libre mercado es capaz de dar muchas respuestas a una necesidad, en este caso, la eliminación de las basuras plásticas. No tiene que ser necesario incrementar la fiscalidad o hacer leyes restrictivas, ni siquiera incrementar necesariamente un precio del producto o servicio. Si no funciona, se busca otra más eficiente. Un plan estatal suele estar ligado a una única solución y casi nunca la más efectiva. En el fondo, un sistema estatal no puede “equivocarse”, es perfecto. ¿No sería la hora de dejar al libre mercado que actúe?

En cuarto lugar, también cabe preguntarse si, a la hora de dar alternativas, las de los grupos ecologistas son realistas, es decir, son relativamente fáciles de implementar, a un coste similar al de los productos o servicios que son sustituidos, con una funcionalidad similar o incluso mejor. En caso contrario, podemos caer en el caso de las energías renovables, donde la producción es menos eficiente y mucho más cara, porque la tecnología no se había desarrollado lo suficiente. La versatilidad de los plásticos y sus funciones tan variadas hacen que un único sustituto sea difícil. Incluso algunas de las alternativas podrían tener efectos no deseados ni previstos y ser así peor el remedio que la enfermedad. Por poner un ejemplo en este sentido, la sustitución de las bolsas de plástico no es tan fácil. Si se sustituye por papel, en breve, los colectivos ecologistas protestarán por la desaparición de los bosques, lo mismo que si son de tela de origen natural. No digo que no sea posible, pero los hábitos suelen ser un limitante mucho más complicado de lo que se piensa.

Quitar el plástico de la vida actual me parece impensable. Racionalizar su uso, no, pero crear una serie de leyes, normas y fiscalidad que incremente el poder el Estado sobre los ciudadanos con esta excusa terminará haciendo que el objetivo sea un fiasco. La versatilidad del libre mercado, del capitalismo, lo hace un sistema mucho más eficiente en la búsqueda de soluciones. Y esto es válido para cualquier otro problema medioambiental.

[1] Los grupos ecologistas pronto se alinearon con los intereses de la URSS, que pretendía que sus rivales políticos e ideológicos dejaran de lado este tipo de energía (y de paso, las armas).

[2] Paradójicamente, y de nuevo, una flota tan dañina como la soviética tenía bula.

[3] También hay un importante incremento de la producción de plásticos.

[4] Según un estudio de la Fundación Elle MacArthur, cada año llegan 12 millones de toneladas de plásticos al mar. Además, el incremento de su uso ha sido muy evidente: en 1972 se producían 30 millones de toneladas al año de plástico y ahora, 350.

[5] El reciclaje es de lo más tradicional. Toda la vida ha habido chatarreros, cartoneros, personas que han hecho un negocio de ir recogiendo productos que podrían ser usados en otros lugares y lo han hecho sin necesidad de que una administración pública se lo indique. De hecho, fueron expulsados cuando las propias administraciones crearon un monopolio con excusas variadas.

[6] En algún momento habría que hacer un estudio de este despilfarro de tiempo propio, que a algunos hasta les gusta y les hace sentirse útiles a la sociedad y al sistema: cuánto tiempo nos cuesta y su coste de oportunidad.

[7] De Indonesia se devolvieron a Alemania unos contenedores que no estaban en las condiciones pactadas. Algunos países a su este se quejan de las basuras alemanas y su exportación

[8] Solo hay que ver en España cómo quedan los parques y otros lugares públicos después de una celebración o fiesta popular. El famoso botellón, las fiestas estudiantiles o la acumulación de basuras en ciertas celebraciones como Año Nuevo son ejemplos de cómo la solidaridad no es nuestro fuerte por mucho que se reivindique.