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Rascacielos no impuestos

La Torre Eiffel es el Empire State Building después de impuestos.
Anónimo

Subir al piso 86 del Empire State Building no es solo subir al cielo de la Ciudad de Nueva York. Elevarse hasta semejante altura no es solo poder contemplar como nadie la espectacularidad del poder financiero de Manhattan, de sus inmensos edificios, del vacío presente de aquellas Torres Gemelas; no es solamente poder seguir con la mirada el cauce del río Hudson, del East River o del propio océano atlántico inundándolo todo en el horizonte con el beneplácito de la Estatua de la Libertad. Subir al Observatorio de ese majestuoso edificio es poder contemplar la capacidad casi ilimitada del ser humano de superar las dificultades de su mera existencia e incluso hacerlo con grandeza.

Y ante tales vistas, ¿cabe pensar que es necesario el Estado para construir carreteras? ¿Escuelas? Parece a simple vista que no sea necesario un órgano de coacción para construir o producir bienes de primera necesidad, cuando personas como aquellas que levantaron y levantan ciudades como Nueva York, son capaces de eso y más.

Sin embargo, como escribiera Schumpeter, "el Estado ha ido viviendo de los ingresos que fueron producidos en la esfera privada, para propósitos privados y que han sido desviados de esos propósitos por la fuerza política". Y es que el Estado continúa asentándose en la fuerza física, su ideología, la propaganda y demás tretas para apropiarse de dinero que involuntariamente los ciudadanos se ven obligados a entregarle.

Una de las consecuencias económicas y quizá no siempre la más evidente de los impuestos es que, cual ladrón, cuando el Estado expropia la renta y la propiedad de los ciudadanos lo que está haciendo es redirigir capacidad económica de un sujeto a otro, desviando el curso natural de las relaciones económicas y extrayendo recursos productivos del mercado que se hubieran empleado para otros fines efectivamente queridos.

Aun así, siempre se esgrime la cantinela según la cual "la sociedad" voluntariamente paga impuestos. No obstante, si es algo que voluntariamente se paga es porque es querido, pero si es querido y demandado, ¿por qué debe ser impuesto?

Y precisamente por no ser una acción voluntaria, la prestación de servicios o la producción de bienes "públicos" peca de la ceguera propia de toda acción gubernamental. Al tratarse de una relación hegemónica, desigual, no se conoce la verdadera voluntad de los sujetos implicados (el "contribuyente" o sujeto pasivo), ya que no ha habido una transacción libre que revele la utilidad que las partes otorgan a los bienes y servicios en cuestión.

Al no haber un mercado libre en el que florezcan las verdaderas necesidades y los precios lo "muestren", no se sabe qué era lo que realmente quería esa inmensa masa de personas que forman la sociedad ni cómo lo querían. No podemos medir ni comparar lo que nos estamos gastando y lo que estamos obteniendo porque los impuestos no son un precio fijado libremente y resultan incapaces de revelar el grado de beneficio que el "contribuyente" obtiene de los productos y servicios prestados por el Estado.

Y resulta curioso, además, esa extraña "relación" que se establece entre la Administración y el "administrado": una de las partes se ve obligada a regalar una porción de su esfuerzo sin que la otra parte esté igualmente obligada a darle a cambio una serie de servicios definidos de algún modo. Simplemente, se está a la espera de "algo" indeterminado, que de algún modo apacigüe las ganas de revolución del pueblo, pero que no se sabe qué será, cuándo se ofrecerá ni por quién.

Y tal vez por eso sea todavía más injusto el sistema imperante, porque lo que se persigue en este tipo de "juego" es que se colectivicen las satisfacciones de algunas necesidades para que se participe en el coste económico en el que voluntariamente no se habría participado. De este modo se crea todo un entramado burocrático que permite que unos puedan vivir de los impuestos pagados por otros, y que esa partida llamada Gasto Público no sea más que Consumo (a nuestra costa) de los políticos según sus preferencias.

Edificios como el Empire State Building, o como mejor ejemplo, el Edificio Rockefeller, son una muestra de que tales obras pueden ser llevadas a cabo a pesar del intento del Estado por dejar tales edificaciones en simples esqueletos de pobre metal.