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Repartir el trabajo

El consenso socialdemócrata nos aboca a seguir manteniendo el peso del bienestar del Estado sobre los hombros de los contribuyentes. No hay nadie en el arco parlamentario que proponga un recorte real de los gastos estatales para aliviar la carga impositiva de los exhaustos trabajadores.

Más allá del consenso, lo que sí existen son demandas para aumentar las subvenciones a sectores improductivos de la sociedad sin importar por cuántas generaciones nos tengamos que endeudar. Las soluciones son ingeniosas y hay quienes ya promueven el "reparto del trabajo". Para los planificadores, el problema no es la falta de trabajo sino que está mal distribuido. Ellos, claro, han recibido la iluminación de San Karl Marx para convertir lo ineficiente en eficiente y terminar con todos los males que padecemos.

El trabajo no es un bien dado preexistente que se pueda repartir. La visión estática de los colectivistas les lleva a entender la riqueza como un gran pastel que se puede repartir; de esta forma, si alguien acumula más de una porción, se la está quitando a otro. Lo mismo piensan que ocurre con el trabajo y muchos socialistas se lanzan a culpar a los trabajadores por acaparar el trabajo. Los políticos de izquierdas ya proponen reducir la jornada laboral para repartir el trabajo existente. No se trata de una exageración liberal, es una de las propuestasdeIzquierdaUnidaparacrearempleo. Las otras medidas incluyen varios planes de empleo, la creación de empleos públicos y verdes (sic) o el aumento del salario mínimo hasta los 1.100 euros mensuales. Todo pagado con el dinero ajeno que hoy no se recauda.

El pensamiento mágico de la Izquierda se resume en crear el trabajo de forma artificial de la nada (empleo público) o en redistribuir a la fuerza el que demanda el mercado laboral. Si el trabajo se pudiera crear de espaldas a las necesidades del mercado la solución política ideal sería la creación de 6.202.700 empleos, ni uno más ni uno menos. Problema resuelto.

La otra solución, la de repartir el trabajo existente, no es otra que aumentar la rigidez del sistema laboral español, que es lo que expulsa del mismo a mucha gente que se ve abocada a llenar las listas del Inem, pero que podría estar trabajando por salarios que los políticos creen dignos si se reciben en forma de subvención, pero indignos como contrapartida por desarrollar un trabajo. Aumentarían todavía más los costes laborales incrementando, por tanto, el coste de la contratación.

La riqueza no es un bien dado, el ser humano superó una situación de supervivencia gracias a su ingenio y su capacidad para ahorrar e invertir a largo plazo. Del horizonte vital de morir de frío en una cueva o servir como tentempié para un dientes de sable, hemos conseguido avanzar hacia una sociedad capitalista capaz de crear riqueza que en otras épocas eran inimaginables. Hoy en día podemos dedicar sólo una parte de nuestra vida a trabajar para procurarnos lo necesario e invertir de cara al futuro para vivir mejor y satisfacer necesidades. Necesidades que nuestros ancestros no tenían, pero a las que hoy nadie quiere renunciar. A estas se sumarán beneficios futuros que ni siquiera podemos imaginar. Esta riqueza colectiva creada de forma individual y distribuida por el mercado entronca con los trabajos necesarios para llevarla a cabo. Algunos ya no son necesarios y otros surgirán pero en ningún caso se trata de un juego de suma cero que se pueda redistribuir. De hecho, si hubiésemos metido hace cien años a uno de esos planificadores en una habitación con todos los componentes y herramientas necesarias para crear un Smartphone, habría sido incapaz de conseguir construirlo porque ni siquiera existía la idea de smarphone. El empresario Henry Ford revolucionó el transporte mundial haciendo posible que cualquiera pudiera tener su propio coche, suya es la frase de que "si hubiera preguntado a la gente qué quería, me habrían dicho que un caballo más rápido". La creación de riqueza y trabajo es mucho más compleja que la que se pueda planificar desde un despacho.

Como todos los primero de mayo, los sindicatos saldrán a la calle para exigir al gobierno que blinde los empleos actuales a cambio de hipotecar la creación de riqueza y puestos de trabajo en el futuro. Defienden sus privilegios y pretenden subvencionar a todos los que no tuvieron tiempo de acceder a esta clase privilegiada durante los años de bonanza. El problema es que el parásito estatal está sobrepasando los límites de lo admisible que puede soportar la economía privada y, de tanto repartir sin permitir que se siga creando riqueza, lo único que se podrá redistribuir será la miseria.