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Réplica a Francisco Capella sobre la teoría del Estado

Réplica al análisis diario de Francisco Capella "Críticas a la teoría del Estado de Miguel Anxo Bastos", del 7 de agosto de 2015.

En primer lugar, me gustaría agradecer la amable y bien fundamentada crítica que Francisco Capella dedica a algunas de las afirmaciones que he hecho en relación con la naturaleza del estado. Chesterton escribió hace mucho tiempo una deliciosa novela con el nombre de La esfera y la cruz en la que se narra la disputa entre un ateo y un católico. Ambos pasan el libro discutiendo, entre la indiferencia de los demás, hasta que al final traban amistad dado que son los únicos que respetan, y por tanto discuten y toman en serio, los argumentos del otro. Algo semejante me ocurre con Capella y, por tanto, no puedo menos que intentar refutar algunas de sus afirmaciones y romper por tanto mi tradicional aversión a poner mis confusos pensamientos por escrito.

En primer lugar, quisiera manifestar que la crítica puede estar justificada en lo que se refiere a la definición de los conceptos. En efecto, uso el concepto de estado en dos sentidos, el que se refiere a la entidad abstracta a la que se debe obediencia y reverencia, pero que carece de realidad ontológica, y la que se refiere a las personas concretas que dicen encarnar la representación de tal ente, a las que sería más preciso denominar, por ejemplo, gobierno. En las conferencias uso indistintamente en muchas ocasiones la palabra estado en los dos sentidos, y de ahí pudiera derivar confusión.

Pero me reafirmo en que el estado es una entidad imaginaria que sólo existe en nuestras mentes y que lo que realmente nos domina e impone exacciones son personas concretas imbuidas también con dicha creencia. Un ateo, al definir una iglesia, diría que esta es un conjunto de personas organizadas y dotadas de medios como templos y escuelas que comparten una idea común, diciéndose representantes de Dios en la Tierra, y que estas personas pueden creer en la veracidad de las doctrinas que propagan. Y estas tienen obviamente consecuencias sobre la conducta de las personas que creen en ellas. Pero ningún defensor de la existencia de Dios usará para demostrar su existencia el hecho de que esas personas y edificios existen realmente. Usará otro tipo de argumentos (ontológico, kalam, etc.) para justificar su existencia y después justificará la necesidad de una iglesia organizada. El ateo afirmaría que los fieles de una iglesia creen un cuento chino del cual se aprovechan las personas situadas en situación de jerarquía en tal iglesia para extraer beneficios de todo tipo, desde rentas monetarias, influencia y estatus.

Lo que quería afirmar en las conferencias es que el estado es el cuento chino de nuestros tiempos. Soy una suerte de ateo del estado y le aplico la misma crítica que el ateo a una iglesia. Se crea una idea abstracta, representada por símbolos como banderas, himnos, uniformes o edificios emblemáticos (curiosamente estos ocupan los lugares centrales de las poblaciones, al igual que las viejos edificios eclesiásticos) a la que hay que rendir culto. Normalmente, aunque no siempre, la idea de este ser va acompañada por ideas auxiliares como las de nación o incluso de religiones asociadas a tal ente (es el caso de las religiones nacionales como la anglicana, la japonesa, las confesiones protestantes del norte de Europa o la marroquí). No es una reflexión nueva. Teóricos como Cornelius Castoriadis en su Institución imaginaria de la sociedad han explicado que toda sociedad se constituye de forma imaginaria a través de la creación de una suerte de mitos o creencias que la legitiman. Creo y me atrevo a firmar que lo que entendemos hoy día por estado es una muy perfeccionada construcción ideológica, construida como dice Benedict Anderson con base en la historia y la geografía que son enseñadas como elemento principal del currículo en las escuelas monopolizadas directa o indirectamente por el gobierno.

El constructo es tan poderoso que todos o casi todos los humanos de hoy difícilmente imaginamos un marco en el que tal entidad no existiese. Y es más, al ser un ser abstracto, hipostático sí, al estar constituido imaginariamente por todos nosotros, su capacidad de dominación se multiplica. Es mucho más fácil justificar sacrificios humanos (guerras) o monetarios (tributos) en nombre de un ente de este tipo, del que todos formamos parte, que en nombre de una persona concreta, sea esta rey, califa o faraón. Las resistencias a estos últimos son mucho mayores dado que no dejan de ser personas, pero ¿cómo resistirse a un dominio querido por “todos nosotros” y al cual pertenecemos?

La Historia nos muestra la existencia de constructos parecidos en otras épocas históricas como la egipcia. Autores como Lewis Mumford, en su El mito de la máquina, o el viejo Karl Wittfogel, ya apartado de la escuela de Frankfurt, en su Despotismo Oriental, nos describen tal constructo. Mumford lo denomina como una megamáquina en la cual hombres y medios materiales son coordinados por una poderosa ideología de dominación. Siglos después ya no queda nada de tal megamáquina. Si un individuo disfrazado con ropas saliese al balcón de uno de los grandes templos de Tebas o Menfis y dijese que con un gesto suyo se calmarían las aguas del Nilo, muy probablemente sería a día de hoy apedreado o encerrado en un manicomio. ¿Por qué? Porque las ideas han cambiado y de aquella megamáquina solo queda el testimonio de los historiadores. La máquina de poder sólo funcionaba con ideas y si estas desaparecen, porque la gente deja de creer en ellas o adopta otras nuevas por el motivo que sea, solo queda un individuo ridículo agitando un palo al aire. Lo mismo acontece con las culturas corporativas. ¿Qué queda hoy de la célebre cultura corporativa de la Kodak, tan alabada en libros como En busca de la excelencia? Hoy en día tenemos nuestros propios “faraones” (véase, por ejemplo, a Draghi calmando las aguas de los mercados con unas frases, eso sí, en templos catódicos) y nuestra megamáquina. Pero, como siempre, somos muy dados a burlarnos de las supersticiones de los demás sin darnos cuenta de las nuestras. Las ideas operan y tienen consecuencias, pero sólo mientras se cree en ellas.

El individualismo metodológico (uno de los rasgos distintivos de la escuela austríaca) se aplica en efecto también a corporaciones, iglesias y clubes de fútbol. El Real Madrid o el Barcelona no existen sin sus jugadores y a quien veo fotografiado en un hermoso yate no es a Inditex, sino a su accionista principal. Cuando Fidel Castro vino a Galicia, quien disfrutó de buen hotel, excelente marisco y vino de calidad no fue el cuerpo místico de Cuba, ni siquiera la clase obrera cubana o el espíritu de la revolución, sino el cuerpo físico de Fidel. Quizá por ello guste de mantener la ficción...

La construcción del moderno estado también fue un proceso de creación ideológica muy sofisticado. Contó con las mejores mentes y los mejores artistas ya desde su inicio (véase al respecto el primer capítulo de la espléndida La cultura del renacimiento en Italia de Jacob Burckhardt, denominado “El estado como obra de arte”) para construirlo. Bodin y Hobbes son algunos de sus creadores, si bien el proceso de construcción intelectual continuó hasta hoy, con doctrinas como las de los derechos de ciudadanía o toda la teología de los fallos del mercado. En paralelo a su construcción como imaginario se dio un proceso de aculturación de la población en dicho concepto, con la colaboración necesaria e imprescindible aun a día de hoy de la llamada instrucción pública. Quien quiera ver un ejemplo de los mecanismos mediante los cuales se inculcó en la mente de las personas tal constructo sólo tiene que leer el excelente libro de Eugen Weber, From Peasants to Frenchmen, o el Instead a State, de J. Scott. La construcción de las religiones políticas sigue procesos (procesos relatados muy bien por Michael Burleigh en su Poder terrenal) propios, muy parecidos a los de las religiones convencionales, con una diferencia, son inmanentes y no trascendentes, como diría el viejo alumno de Mises, Eric Voegelin (Nueva ciencia de la política). Esto es, las viejas religiones nos castigaban o premiaban en el más allá con cielos o infiernos. Los modernos estados son inmanentes, esto es, lo que prometen lo hacen en este mundo y los miedos son también en este mundo. Cuando hablamos de un mundo sin estado lo primero que oímos son amenazas apocalípticas de un mundo terrenal en anarquía, con guerra de todos contra todos, dominados por bandas de forajidos que quemarían nuestras propiedades sin ningún tipo de freno. Películas como Mad Max o novelas como La carretera (creo que también llevada al cine), de Cormac McCarthy. En ellas se nos describe el infernal mundo futuro que resultaría de la ausencia de un estado que nos protegiese de tanto desmán. Es la imagen conscientemente creada desde Hobbes de la anarquía, palabra por cierto con muy mala prensa. Pero nunca se nos viene a la cabeza comparar tal hipotética anarquía con la real arquía, esto es, el dominio total o casi total de la vida de los individuos por sus gobernantes, que se da por ejemplo en las prisiones de muchos países del mundo.

En cuanto a la territorialidad como rasgo del estado moderno, si bien no es nueva del todo, sí es un rasgo central. Muchos reyes antiguos no eran reyes de territorios sino de personas. Atila no era rey de una imaginaria Hunia sino de los Hunos, y lo era allí donde ellos estaban. Requiario era rey de los suevos y Gengis Khan, de los mongoles. Incluso el dominio de Roma no era territorial sino personal y con la ciudadanía como lugar central, como bien apunta Álvaro d’Ors en su ensayo sobre la no estatalidad de Roma (recogido en sus Ensayos de Teoría Política). En la Edad Media esto se ve muy claramente, con soberanías superpuestas y figuras tan extrañas a nuestra época como el Homenaje Ligio, compleja red de relaciones personales entre reyes, nobles y vasallos. Se daban curiosidades como que un rey podía ser vasallo de otro en un territorio y viceversa. Se daban múltiples fueros personales de tal forma que un eclesiástico no era juzgado por el rey, sino por otros eclesiásticos, el noble por otros nobles, etc. El dominio real, aun existiendo, era sobre personas, no sobre territorios, aunque no viviesen en el territorio bajo su imperio. Es el estado moderno el que considera central el territorio. Por ejemplo, una persona puede emigrar (si le dejan), pero no su propiedad con él. Esto es, yo puedo emigrar y cambiar de nacionalidad, pero mis viviendas y tierras seguirán sujetas a la ley que marquen los gobernantes españoles en ese momento en el poder. Por ejemplo, también se considera más relevante la pérdida de un territorio, por minúsculo que sea, que la pérdida por emigración de centenares de miles de personas. Los problemas migratorios que vivimos estos días en el territorio de la Unión Europea son también un caso de territorialidad. Es un macabro juego en el que se trata de que el inmigrante no pise tierra europea, pues, una vez la pisa, como por arte de magia se convierte de indeseable (así es tratado antes de entrar) en un ser protegido por todos los derechos, y estos no derivan de la persona, sino del espacio territorial. En otras épocas, le sería permitido inmigrar pero sería sometido a un estatuto jurídico distinto al del residente antiguo, pero esto es algo casi impensable hoy en día. Y no sé cuál de las dos posturas es más cruel.

Yo aún hoy pienso que la tierra, sin nadie que la habite o explote, poca riqueza puede dar por sí misma. En mi modesta opinión, son las personas las que crean riqueza y las que definen qué es o no un recurso. Y me mantengo en que sólo con mapas (cada estado con un color y con su capital que es donde residen los gobernantes principales) se puede visualizar o imaginar un estado moderno. Yo sólo veo casas y el paisaje que me rodea, no veo España o Europa. Eso sí, me dicen que este paisaje es España, mientras que un paisaje muy similar a pocos metros y sin solución de continuidad, me dicen en cambio que es Portugal. Y cuando comercio con un portugués que es casi vecino me dicen que comercio con el extranjero, mientras que cuando compro algo en Lanzorote, a miles de kilómetros de casa, me dicen que es comercio nacional. Sólo una construcción artificial de un relato histórico y geográfico puede construir tal mentalidad.

Cuando me he referido a que la economía es estatista, me refiero a cerca del 80% de la Economía que se enseña en las facultades, que es economía POLÍTICA y está centrada en el estudio de agregados que curiosamente coinciden con unidades imaginarias coincidentes con los límites previamente determinados como estatales: PIB, Tasa de Paro, Tasa de Inflación, balanzas comerciales, etc. No se estudian relaciones entre individuos, sino entre agregados políticos o asignaturas como econometría o estadística, pensadas para estimar los valores futuros o pasados de dichos agregados. La economía de la acción humana individual se ofrece en forma de modelos, para mí irreales, del comportamiento del consumidor y ocupa una pequeña parte del currículo (por lo menos del que a mí me tocó estudiar). Pero no sólo en la economía, en buena parte de las carreras universitarias, sobre todo las de ciencias sociales y humanísticas, prima el elemento estatal en sus contenidos. ADE por ejemplo da mucho espacio a las partes estatistas de la empresa (tributación, contabilidad, normas laborales...), Filología, a las lenguas y literaturas nacionales, Historia incluye siempre asignaturas de historia estatal, y no digamos Derecho, Políticas, Sociología, etc.

En cuanto al poder, mi definición del mismo está restringida al poder político o militar, esto es, al que deriva del uso o amenaza creíble del uso de la fuerza (reconozco que esto merece un escrito aparte). No tengo por poder ni al llamado poder económico ni al llamado poder ideológico. El primero porque no es verdadero poder a no ser que esté asociado con una fuente de poder político, esto es, con la fuerza. Per se, lo único que puede hacer el dinero o la posesión de recursos es comprar medios de fuerza y usarlos, pero también corresponde al detentador de fuerza aceptarlos o no, y es en él donde radica en última instancia la capacidad de ser obedecido. Desde el momento en que alguien tiene que pagar por algo se transforma en un intercambio voluntario.

Las distintas formas de propaganda o poder ideológico tampoco son a mi entender verdadero poder, aunque puedan ser usadas para hacer más fácil el poder político-militar. Nadie puede obligar a mi mente a aceptar una creencia si yo no quiero. La fuerza puede obligarme a simular acatamiento, pero en mi mente (siempre que no esté sometido a alguna droga o procedimiento anulador de mi voluntad, que por lógica sólo se me puede suministrar por la fuerza), no puedo mandar más que yo. De ser cierto tal poder, ningún gobierno en ejercicio perdería una elección ni se vería cuestionado ni ninguna empresa con medios para gastar en propaganda se vería nunca expulsada del mercado. Creo que Galbraith en su libro sobre el poder ha hecho mucho por extender la, para mí, errónea idea del poder de la propaganda.

Por último se nos incide en el punto de vista de la sociabilidad natural del ser humano y de su evolución hacia sociedades más pacíficas siguiendo argumentos de psicólogos evolucionistas como Pinker. Sin dudar del estatus científico de tales psicólogos (ha sido puesto en duda por epistemólogos profesionales como Mario Bunge, que los compara casi con parapsicólogos) y pudiendo aceptar tales argumentos, no podemos menos que discrepar de las conclusiones que se sacan de tal sociabilidad. En efecto, el ser humano es propenso a asociarse en múltiples tareas, pero de ahí no se puede inferir que sea necesario que un grupo de ellas quiera ejercer soberanía sobre todas ellas. En efecto podemos asociarnos para jugar al fútbol y delegar autoridad en una figura llamada árbitro, pero el alcance de su autoridad (no poder) se circunscribe al juego y nada más que al juego. No le admitiremos que nos lleve a una guerra, nos diga de qué color pintar la casa o que nos extraiga el 50% de nuestras rentas. Muchos pueblos antiguos como los celtas (que según los historiadores no conocían el estado) tenían un jefe de caza o guerra, un juez (el mítico druida) y un bardo encargado de cuidar la memoria del pueblo. Pero ninguno se metía en los asuntos de los otros. Eran jefes funcionales, no soberanos.

El estado es en efecto un ente evolutivo, ha cambiado y perfeccionado sus funciones. Igual que los traficantes de esclavos (hoy usan internet y nuevas tecnologías) o los piratas (hoy en día negocian sus rescates en la City de Londres), pero que sean evolutivos no quiere decir que sean buenos o necesarios, y es eso lo que tratamos de determinar con el debate. Que algo sea evolutivo no es una patente de bondad.

Pero quisiera reiterar mi agradecimiento al señor Capella por su amable y bien fundada crítica y por haber tomado mis argumentos en serio y haberlos rebatido también en serio. Estos debates son positivos y creo que nos obligan a todos a reflexionar sobre lo que decimos y escribimos y son buena muestra del elevado nivel intelectual que los liberal-libertarios españoles han alcanzado. Espero, cuando menos, haberme acercado al nivel del crítico y no haber dejado mal la causa del anarcocapitalismo, que seguro tiene mejores valedores que yo.