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Robert Higgs: coherencia radical

Tiene una mascota de ocho semanas, un perro alegre con nombre y apellido: Cósimo de Médici. Para algunos es un radical, simplemente. Un libertario anarquista estadounidense que defiende tesis radicales, demasiado radicales.

Pero, día a día, Robert Higgs simplemente nos recuerda aquello que no queremos mirar porque no tenemos valor, porque nos crea desazón, porque cuestiona qué tipo de civilización occidental aplaudimos:

El error más elemental de la filosofía política es la creencia de que en la sociedad no puede existir una ley y orden a menos que haya un Estado, una banda de ladrones y asesinos sin escrúpulos, para que impongan esa ley y orden.

¿Qué palabra nos viene a la mente? Radical. Pero ¿hasta qué punto es falsa esa idea? Igual que hay drogas legales y drogas ilegales, hay muertes legales e ilegales (más allá de la defensa personal), hay robo legal y robo ilegal, y lo que define la delgada línea roja que separa lo plausible de lo horrendo es que la ley es manipulada, administrada y controlada por aquellos que monopolizan la droga, quitan el pan ganado con esfuerzo para mantener su poder y matan injustificadamente. No es necesario llevar las cosas al extremo y suponer que lo que aquí se está planteando es que siempre y en todo lugar el Estado comete todos estos atropellos. Pero precisamente eso es parte del problema. Es como quien te golpea y te regala flores.

Es verdad que el presupuesto del Estado, que la acción del gobierno, también tiene como resultado la mejoría de la calidad de vida de la sociedad. Pero se me ocurren dos preguntas.

Primero, ¿es esa acción del gobierno la única manera de lograrla?

Segundo, ¿el precio que pagamos es claro, conocido y, sobre todo, merece la pena?

Y es aquí donde Robert Higgs es un pensador imprescindible, porque nos señala el verdadero precio, nos muestra los costes ocultos de nuestro modo de vida y nuestra organización política:

Mientras que los libertarios nos ocupemos en nuestro tiempo libre  en pequeñas conferencias y debates en redes sociales sobre la deontología frente al consecuencialismo, votar frente a abstenerse, y el futuro del bitcoin, decenas de millones de funcionarios del estado promotor del llamado “bienestar”, de la guerra, de la supervisión policial, y del paternalismo terapéutico, funcionarios a tiempo completo, bien pagados, bien organizados y bien armados, junto a sus apoyos privados, marchan de triunfo en triunfo.

Piensa globalmente si te divierte hacerlo, no hace daño soñar con un mundo mejor. Pero actúa localmente, no hay nada que, desde un punto de vista realista, reduzca más el riesgo creciente para ti y tu familia. Olvida la política. El proceso político ha sido comprado desde hace mucho por el mejor postor, y los únicos papeles que tienen para ofrecerte son el de tonto útil y el de vaca lechera.

Y, de nuevo, ¿qué palabra se escapa sin querer? Radical. Pero tampoco en esta ocasión hay falsedad en lo que apunta, por más que el modo de hacerlo sea descarnado y sin florituras. Adolecemos los libertarios, y por lo que dice Higgs no solamente en España, de ese defecto tan aburrido que consiste en escucharnos demasiado a nosotros mismos. Además, tendemos a enredarnos en discusiones que, personalmente me divierten mucho, pero que en estos momentos, no aportan mucho al aumento de libertad de la sociedad.

Tampoco es mentira que el proceso político, el sistema electoral, está diseñado para que los mismos de siempre sigan ahí, redistribuyan sus prebendas a los grupos de presión, mantengan un nivel de corrupción más o menos disimulado, y tu voto no sirva para nada.

Las palabras de Higgs son necesarias y su coherencia radical. Solamente poniendo encima de la mesa todos los costes morales, personales, sociales y económicos de mantener este sistema, la decisión de mantenerlo o no es legítima. Y ahora ya podemos ir a elegir el tamaño de la jaula en las próximas elecciones.