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Robots y empleo: ¿sustitución o complementariedad?

Los individuos tendemos a buscar la seguridad y la certidumbre para todas nuestras acciones; por ejemplo, cuando cruzamos la calle, preferimos hacerlo, generalmente, por un paso de cebra, para reducir el riesgo asociado al cambio de acera. Es tal nuestra aversión al riesgo que cuando nos encontramos con un especialista en alguna materia nuestras primeras preguntas son sobre el futuro de su campo de estudio, véase por ejemplo la siguiente situación: -¿A qué te dedicas? -Soy economista. -¿Qué va a pasar con la bolsa? ¿En qué acciones crees que debería invertir?

Soy economista y me cuesta predecir muchos acontecimientos que tendrán lugar en los mercados próximamente, y como a mí, esto le sucede a la mayor parte de mi gremio, ¿por qué? Pues porque las personas no tenemos un comportamiento matematizable que permita que, a través de modelos, se capture la gran complejidad del comportamiento humano. Sin embargo, desde el sentido común se pueden realizar estimaciones de lo que podría pasar, y tenerlas en cuenta para reducir la incertidumbre asociada al futuro, ahorrándonos muchos disgustos o, simplemente, mejorar nuestro día a día.

En este sentido, Manuel Alejandro Hidalgo, un gran economista, acaba de publicar recientemente un libro titulado El empleo del futuro, editado por Ediciones Deusto, que realizando un ejercicio de sentido común, sienta las bases de lo que podría ser el mercado laboral del futuro ante la amenaza de la robotización y la automatización de numerosos puestos de trabajo, conjuntamente con la presencia de las reivindicaciones asociadas al ludismo que reclaman una mayor protección ante el progreso.

Antes de resumir los puntos clave de la obra de Hidalgo, me gustaría aclarar que las recetas de política económica que ofrece el autor no son ni mucho menos liberales, es decir, probablemente muchos de los que leen habitualmente los artículos publicados en la página del Instituto Juan de Mariana no estarán de acuerdo con algunas de las conclusiones a las que se llega en la obra, pero en lo que se refiere al diagnóstico de la situación, me parece un libro impecable merecedor de ser leído con detenimiento; además, a todo esto se le suma que es un libro muy entretenido y fácil de leer.

Un debate del pasado, de presente y de futuro

Tratando de evitar cualquier tipo de determinismo histórico, es interesante hacer un repaso de lo que ha sido la automatización del empleo y sus efectos sobre el mercado laboral a lo largo de la historia reciente para, a partir de ese punto, observar las tendencias que, presumiblemente, marcarán el devenir de numerosos puestos de trabajo.

A muchos de nosotros nos han contado la historia de que la Revolución Industrial vino pareja con una gran destrucción de empleo derivada de la sustitución de mano de obra por máquinas, y de ahí surge el movimiento ludita. Más lejos de la realidad, las amenazas vertidas a los empresarios textiles de comienzos del siglo XIX en Reino Unido a través de cartas firmadas por el Rey Ludd se produjeron tres décadas después de la Revolución Industrial, coincidiendo con una grave crisis institucional y económica que afectó de manera intensa al empleo y a los salarios de los trabajadores británicos.

Y es que como afirma Hidalgo, “desde entonces, cada cierto tiempo, en especial justo cuando confluyen cambios tecnológicos intensos con crisis económicas, el miedo ancestral que persigue al hombre por la máquina resurge”. Es decir, a lo largo de la historia no ha sido la mecanización y automatización de tareas la que amenaza con destruir los puestos de trabajo, sino una combinación de condicionantes económicos e institucionales que generan incentivos para usar capital en vez de trabajo para laborear.

Por otro lado, que existan máquinas que puedan hacer el trabajo que antes realizaban ciertas personas no implica necesariamente una sustitución, puesto que tecnología y trabajadores pueden trabajan conjuntamente para incrementar el valor añadido en las distintas fases de producción.

Así, Frey y Osborne (2017) estiman que un 47% del empleo en Estados Unidos tiene una probabilidad elevada de ser automatizada y según Domenech y Andrés (2018) dicha probabilidad baja al 36% para el caso de España. Sin embargo, una cosa es hablar de ocupación y otra de tareas, y es que la mayoría de trabajos requieren de un desempeño complejo de labores que muy difícilmente pueden ser sustituidos por completo por las máquinas, más concretamente, solo en el 1% de las ocupaciones el 100% de las tareas puede ser automatizadas, según muestran Arntz, Gregory y Zierahn (2016), aunque es cierto que para un 62% de las ocupaciones al menos un 30% de sus tareas pueden ser automatizadas, por lo que las relaciones laborales van a cambiar sí o sí, como demuestran estos mismos autores, que estiman que para España el 34% de los empleos sufrirán modificaciones en el modo en el que se llevan a cabo, pero solo el 12% tiene una probabilidad superior del 70% de ser automatizado. Es decir, la posibilidad de automatización de alguna de las tareas no implica necesariamente eliminación de puestos de trabajo, sino que también puede producirse una complementación entre trabajadores y tecnología.

Por lo tanto, en la mayoría de los casos los robots no nos van a quitar puestos de trabajo, sino que cambiará la forma en la que desempeñamos nuestras tareas, por lo que sí que se producirá un cambio de paradigma en el mercado laboral, puesto que la manera en la que producimos y nos relacionamos con las máquinas será diferente en los próximos años. De esta manera, cabe preguntarse qué habilidades serán necesarias en el futuro para adaptarse mejor a los cambios que se avecinan.

¿Qué trabajos están más amenazados?

Está en lo cierto Hidalgo cuando afirma que “la probabilidad de sustitución de una persona dependerá de las habilidades que ésta vaya potenciando a lo largo de su vida”.  Así, tendrá cada vez mayor importancia la originalidad, la fluidez de ideas, el razonamiento deductivo, la sensibilidad al problema y el razonamiento inductivo; en el lado opuesto, la precisión de control, la velocidad dedo-muñeca o el control de clasificación serán las tareas que más relevancia perderán en el futuro.

Por otro lado, también dependerá de los sectores en los que nos especialicemos y si su demanda está o llegará pronto a su punto de saturación, en la que mejoras de la productividad asociadas a la mecanización de tareas no implicarán necesariamente mayores niveles de consumo, por lo que las necesidades de mano de obra cada vez serán menores. Por ejemplo, en una encuesta realizada por Bughin y Hazan (2017) a más de 3.000 consejeros delegados de empresas, el 45% afirmó que necesitarán menos trabajadores tanto en áreas específicas como en la totalidad de la actividad de la compañía debido a la adopción de la inteligencia artificial, sin embargo, un 55% indica que o bien no se producirán cambios en el empleo o bien necesitarán más trabajadores.

Y es que según algunas previsiones, la intelencia artificial elevará el PIB mundial en más de 16 billones de dólares en la próxima década. La nueva generación de demanda debido a los menores costes podrá liberar recursos para la realización de otro tipo de tareas, por lo que el efecto renta, según Hidalgo, acabará por “compensar, en parte, la pérdida de empleo”.

Algunos riesgos de la tecnología en el futuro

Es probable que el efecto neto que tendrán las nuevas tecnologías sobre el desempleo sea prácticamente nulo, como ha ocurrido en el pasado. Sin embargo, como se mostró anteriormente, las relaciones laborales mudarán en mayor o menor medida, y justamente de eso habla el economista andaluz en la última parte del libro.

Y es que los menores costes de transacción y la reducción de las asimetrías de información generadas con la tecnología pueden provocar una mayor externalización y atomización de los puestos de trabajo, lo que puede provocar una mayor flexibilidad a la hora de acceder al mercado laboral, pero también un incremento en la desigualdad, puesto que la experiencia y la antigüedad de los trabajadores será menor en el largo plazo, lo que reducirá la prima salarial que suelen tener los empleados más experimentados, por ser mucho más productivos, como demuestran, por ejemplo, Western y Rosenfeld (2011).

Por otro lado, las habilidades necesarias para el trabajo del futuro serán diferentes a las actuales, como ya se indicó, por lo que, como señala Hidalgo, es necesario definir nuevos métodos pedagógicos que dejen de lado la repetición, memorización y evaluación de conocimientos adquiridos.

Al mismo tiempo, la inteligencia artificial puede favorecer al emparejamiento adecuado de demanda y oferta de empleo, al reducir los costes de transacción asociados a la búsqueda de ofertas de puestos de trabajo y/o candidatos, como ya sucede en algunas redes sociales como LinkedIn o BeWanted.

En definitiva, El empleo del futuro es un magnífico libro que, con rigor y argumentos, y sin renunciar a un lenguaje sencillo, realiza un diagnóstico acertado sobre los efectos que tendrá la automatización y la tecnología sobre el trabajo. Las conclusiones parecen claras: los robots no van a tener un efecto neto negativo sobre el empleo, pero sí van a cambiar la forma en la que nos relacionamos con ellos a la hora de producir, lo que lleva implícito ciertos retos para adaptarse a los cambios que se avecinan, es decir, las instituciones serán clave para que el progreso no nos lleve por delante.