Usted está aquí

Rousseau, prescriptor del socialismo

La obra del moralmente degenerado y psicológicamente tarado ginebrino ha pasado a la posteridad como la inspiración más sublime de la democracia inorgánica, asumida en los países occidentales prácticamente como la única forma de gobierno que permite la existencia de la libertad y el progreso. En efecto, en los escritos de Rousseau se encuentra el germen de las formas políticas que sustituyeron al Ancien Règime aunque, en realidad, el sistema rousseauniano, tal y como fue formulado en su día, esté muy alejado de la partitocracia en la que ha degenerado la democracia contemporánea.

Pero la radical concepción de las relaciones humanas de Rousseau van mucho más allá del sufragio universal o la representatividad inorgánica. De hecho, el sistema de Rousseau es, en opinión del que suscribe, la inspiración primigenia del socialismo.

La base del pensamiento rousseauniano es el contractualismo social, explicado en su tan conocida como poco analizada obra «El contrato social» (sigo en este artículo la edición de 2000 de Ediciones Folio S.A.), en virtud del cual, la sociedad es una institución artificial a la que el individuo se adhiere voluntariamente, aceptando las cláusulas de un contrato de sometimiento a la colectividad. En su visión contractualista llega a incluir a la familia, pues según él, «los hijos no dependen del padre más que durante el tiempo que lo necesitan para subsistir. En cuanto cesa esta necesidad, el vínculo natural se disuelve (pág 158)», que no deja de ser una forma patética de justificar el abandono de sus cinco hijos en el orfanato nada más nacer.

A esta visión positivista es necesario contraponer el naturalismo social, que reconoce a las instituciones sociales como elementos naturales, pues la sociedad no es algo que construyen unos robinsones atomizados, sino que el hombre se encuentra incorporado a ella desde su nacimiento. El carácter primario de estas instituciones intermedias, ha permitido defender a los doctrinarios liberales la dimensión subsidiaria del Estado, que debe respetar absolutamente a aquéllas y asumir tan sólo las funciones que no sean efectivamente realizadas por las mismas.

El razonamiento del contrato social rousseauniano, por otra parte, lleva inexorablemente a la aceptación de afirmaciones precursoras del totalitarismo estatal. Así sucede con la premisa de que “la voluntad general es siempre recta y tiende siempre a la utilidad pública”(pág. 233), o la de que “cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y recibimos en cuerpo a cada miembro como parte indivisible del todo”(pág 166), o la idea que subyace tras la densa palabrería rousseauniana, del vínculo inexorable entre la inferioridad social y la superioridad moral.

No es de extrañar que Marx declarara su admiración hacia el psicópata ginebrino. Hoy en día, su obra sólo puede interesar a los ideólogos socialdemócratas y al resto de banderías políticas que recelan de la libertad individuo y el gobierno limitado.