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Sin conciencia verde

No hace mucho encontré en la prensa nacional una noticia devastadora: nuestra conciencia ecológica está por los suelos. Sí, es duro, pero la crisis no pasa en balde y las preocupaciones de los ciudadanos de a pie, ésos que pagan impuestos y mantienen el Estado de Bienestar en actitud derrochadora, se han ido por otros derroteros. El medio ambiente les importa, de pronto, una higa. O menos. Según el CIS, ese organismo sociológico-estatal que tanto nos cuesta y tanto disgustos nos da, la conciencia ecológica del entrevistado medio ha retrocedido y pasado del puesto 15 en 2005 al puesto 28 en la actualidad.

Sí, sí, lo reconozco, el puesto décimo quinto en plena burbuja financiero-inmobiliaria-estatal no es mucha cosa, teniendo en cuenta lo que le sirvió al Gobierno del ínclito José Luis Rodríguez Zapatero para justificar sus políticas medioambientales y energéticas, pero es lo que había, y el vigésimo octavo es lo que hay ahora: en ambos casos, un tanto penoso. Este dato da, desde luego, para una pequeña reflexión sobre la conciencia ecológica de la gente.

El ecologismo vende, y vende mucho. Es posiblemente una de las ideologías anticapitalistas que más usan el marketing, herramienta básicamente capitalista, para ampliar horizontes e ingresos. Y lo hace muy bien, no puedo negarlo, siempre despertando nuestros sentimientos y miedos. Pero vende cuando hay dinero de sobra y podemos dedicar unas perrillas a alguna causa perdida, como la de la ballena gris, la del camachuelo trompetero o incluso la del mutante e inexistente pez de tres ojos del ecosistema de Garoña (Ecologistas en Acción dixit). Sin embargo, cuando el hambre aprieta, ni camachuelos, ni ba-llenas, ni vacías; el dinero se dedica a las necesidades más básicas, la de la comida, el refugio y el vestido, y al gorrión no le quedan ni las migas del bocata del mediodía. Somos así de egoístas, ¡qué le vamos a hacer!

Al mundo de las ONG también ha llegado la crisis y ha llegado, como a todo hijo de vecino, con un descenso de sus ingresos. Bueno, hijo de vecino no ligado a la corrupción política, porque a esos sí que puede que les hayan salido unas cuentas en Suiza o en las Caimán, como a otros sabañones. En la segunda quincena de julio de 2012, nos desayunábamos con la noticia de que nuestros amigos de Greenpeace las estaban pasando canutas y se vieron obligados a hacer un ERE de tres pares de pingüinos, dejando en la calle, y sin calefacción, a 16 colaboradores de ésos que cobran, no de los que colaboran sin ánimo de lucro. Vale, que 16 no son muchos, pero que fastidia comportarse como una vulgar institución capitalista. Y eso que en España la ONG cuenta con 100.000 socios, que ya podían haberse rascado el bolsillo...

¿Tenemos una amplia conciencia ecológica o es más bien una moda, como la de llevar rastas, pantalones pitillo o comprar bolsos falsos de Gucci? Pues estos datos apuntan hacia lo segundo para una gran mayoría de "concienciados". El problema de las políticas medioambientales a la vieja usanza es que nos están saliendo muy caras, incluso cuando la burbuja que las ha alimentado y financiado durante años ha desaparecido, explotando y llevándose por delante buena parte de la economía española, aunque la pública se resiste como si en ello le fuera la vida.

El gobierno socialista de ZP inició una serie de políticas medioambientales y energéticas moralmente justificadas en las tesis ecologistas, pese a que este tema estaba por detrás de otros catorce a los que podía haber prestado más atención, y esas medidas son unas de las que actualmente nos están dañando la cartera, el riñón, el otro riñón y posiblemente el hígado. Desde las primas a las renovables, que es una especie agujero negro que se traga nuestros impuestos (7.416,97 millones de primas al llamado Régimen Especial en 2012 según datos de la CNE), pasando por la burla de las desaladoras que no funcionan ni tienen visos de hacerlo algún día, hasta las iniciativas medioambientales del Plan E y todo el dinero que, además, han gastado Comunidades Autónomas y Ayuntamientos en temas similares.

Y como la cosa podía empeorar, el gobierno popular de Rajoy sigue una línea similar, no quizá tan derrochona como la de su predecesor, porque no hay tanto dinero, pero sí manteniendo en la medida de lo posible los desmanes del socialista. Sin ir más lejos, el Ayuntamiento de Madrid ha anunciado que cobrará más a los coches más antiguos al aparcar en zona SER, asegurando que contaminan más. Supongo que un Audi comprado ahora con un motor de 8 litros es "eco" y no contamina nada. La familia que tiene problemas para llevar los garbanzos al plato todos los días y no puede cambiar el coche debe de estar dando saltos de alegría con Ana Botella y sus ocurrencias.

Puede que lo que haya pasado es que el ciudadano se haya dado cuenta de que la conciencia ecologista es realmente un sacacuartos que ayuda a unos pocos, porque corruptos hay en la Administración, en las empresas que trabajan con ella y, desde luego, en las organizaciones solidarias y supuestamente bienintencionadas que viven del presupuesto y de los favores de los administradores. Que el camachuelo puede tener un ecosistema en perfecto estado de revista, pero eso no tiene que pasar por alimentar a un montón de rastafaris de salón, dedo inquisidor y dictador interior.

Y mientras este tipo de gente siga mandando sobre la ciencia y la ecología, no confundir con ecologismo, mientras esta gente siga diciendo o sugiriendo qué es moral o inmoral, el medio ambiente estará fastidiado porque no se someterá a un proceso de mercado que determine las mejores formas de conservarlo, empezando, quizá, por la propiedad privada.