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Sin victoria no hay supervivencia

Ayer a estas horas paseaba por los alrededores de la Abadía de Westminster, a pocos pasos del Tribunal Supremo de Reino Unido. No ha sido mi primera visita a la capital de la Gran Bretaña, pero no había podido pasar antes por la imponente estatua de Churchill que se encuentra a escasos metros del Parlamento. En su búsqueda me topé con Abraham Lincoln y David Lloyd George, y reconocí a lo lejos la figura encorvada y el bastón del que fuera primer ministro. Pero antes vi a mi izquierda una figura metálica con gesto simpático, que no era otra que la de Nelson Mandela. A la derecha, vi otra de un pequeño hombre encorvado y harapiento, que como descubrí al leer la inscripción era Gandhi. Eché unas fotos a las figuras, escandalizado de que semejantes personajes tuvieran reconocimiento allí y seguí con mi camino, sin creerme del todo que la posverdad sobre los buenos oficiales llegase a imponerse en pleno centro de la que fuera capital del mundo. Tras ello pude admirar la estatua de Churchill y apreciar una vez más que, con sus muchas luces y sus pocas (pero existentes) sombras, me encontraba ante la figura de un hombre que dejó un mundo más libre que el que encontró. Después de eso, seguí con mi camino.

Ahora en mi despacho ojeo una edición reciente de Wit & Wisdom -resumen de citas y frases de Churchill-, obra de James Humes, que fue redactor de buena parte de los discursos de Ronald Reagan. Y me encuentro con algunas como esta, bastante conocida pero no por ello menos importante:

Me preguntan: "¿Cuál es nuestra política?" Y yo les digo: Combatir por mar, por tierra, por aire, con toda nuestra voluntad y con toda la fuerza que nos dé Dios; combatir contra una tiranía monstruosa, jamás superada en el catálogo oscuro y lamentable de crímenes humanos. Ésa es nuestra política. Me preguntan: "¿Cuál es nuestro objetivo?" Puedo responder con dos palabras: La victoria, la victoria a toda costa, la victoria a pesar del terror; la victoria por largo y difícil que sea el camino; porque sin la victoria no hay supervivencia.

Sin estar dispuesto a sufrir, no habrá victoria posible. Y sin victoria, como dice, no habrá nada que vivir. Ese es el mensaje.

No quiero dejar entrever que Churchill fuera un liberal como lo entendemos hoy. No sólo no apoyaba el libre mercado como podemos compartirlo, sino que defendió la intervención estatal en la economía, especialmente en las grandes industrias. Del mismo modo, hizo suyas políticas de David Lloyd George (a quien he citado más arriba) en lo que a salario mínimo o legislación laboral se refiere. Sin embargo, fue firme defensor de la libertad individual que la Constitución reconoce, así como se opuso ferozmente a todas las políticas socialistas del Partido Laborista que finalmente se perpetraron en los años setenta. Un paseo por las afueras de Londres nos condenará a la visión de una planificación urbanística propia de la Polonia comunista, llevada a cabo por aquellos. Pero no es intención de estas líneas la de deificar o por contra condenar a Churchill, sino de reflexionar sobre el mensaje de su legado. Porque allí, entre las estatuas de Mandela- terrorista y racista con biografía reescrita- y la de Churchill -ganador de una guerra contra el mal y defensor de la libertad frente al totalitarismo- había un claro ídolo de masas. Y no era precisamente el fumador de habanos.

Aquella guerra no la perdieron los alemanes, sino que la ganaron los aliados. Hizo falta matar a muchos enemigos para tomar las playas de Normandía, y no menos muertos para llegar a Berlín. A Chamberlain no le funcionó la negociación, porque como bien supo su sucesor, sin victoria no hay supervivencia. Desde la caída del telón de acero la libertad individual no se ha visto tan amenazada como ahora, y no sólo por el colectivismo político que es casi credo, ni por las sectas disfrazadas de religión que ganan -vía presupuesto- espacio público o ni tan siquiera por la destrucción de la presunción de inocencia de todo hombre por el hecho de serlo. Es mucho más sencillo: la libertad pierde porque nadie cree que merezca la pena luchar por ella. Mirar hacia otro lado es más sencillo, porque Gandhi y Mandela son pacifistas que hicieron el bien -lo pone en un montón de libros que nadie ha leído- mientras que Churchill debía ser un racista, machista, xenófobo y (por si fuera poco) hombre blanco, que tiró muchas bombas cuando todo se podía haber resuelto hablando.

Releyendo a Sir Winston y rememorando el coraje de aquellos valerosos mártires me arriesgo a abrir Twitter y observar un poco de la actualidad del mundo libre: ese que está adormilado, infantilizado y es víctima de todo.

Saco una conclusión: Roma vuelve a caer. ¿Quedarán soldados que la defiendan?