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¿Son tan malas las dictaduras?

El ídolo de masas del siglo XXI lo constituye la democracia. De la misma forma que el Faraón justificaba el poder sobre sus súbditos en ser el hijo del Sol o algunos reyes del medievo trazaban su genealogía a Jesucristo con el mismo objetivo, en la actualidad el ídolo que justifica que tengamos que soportar el poder omnímodo de los políticos lo constituye el hecho de que hayan sido elegidos por la mayoría.

Como la democracia es el ídolo, el anticristo lo constituyen los dictadores. Así cuando uno dice que la democracia no funciona, la respuesta automática que obtiene el 90% de las veces es si preferiría una dictadura. Como si régimen democrático y dictadura fueran cosas opuestas. Sin embargo, la única diferencia obvia entre ambos regímenes es que en un caso a los gobernadores los elige periódicamente el pueblo y en el otro no.

Quien crea que esa es una diferencia decisiva para nuestras vidas, que piense en la empresa que le suministra agua, a la que ha comprado el coche o en aquella cuya leche consume. ¿En cuántas de ellas ha podido “votar” para elegir al presidente? Y, sin embargo, seguro que está mucho más satisfecho con sus servicios que con los del político al que ha elegido democráticamente. En suma, día a día convivimos con “dictadores” sin que nuestra libertad se vea alterada por ellos.

El hecho es que no hay correspondencia directa entre democracia y libertad, como tampoco la hay entre dictadura y ausencia de la misma. Así, hay dictaduras que son mucho más libres que los regímenes democráticos: un ejemplo palmario lo ofrece la historia de Venezuela, donde se “sufrió” una dictadura a manos de Gómez, el tirano liberal, con un desarrollo económico sin igual, lo que es prueba de cierto grado de libertad, y en cambio ahora “disfrutan” de una democracia en que se mueren de hambre, precisamente porque se han quedado sin libertad.

Otro ejemplo, más controvertido pero que quiero sacar a la palestra, sería la situación de China, esa terrible dictadura comunista, en comparación con lo que ocurre en la Unión Europea, el paraíso de las libertades democráticas. Cualquier observador se dará cuenta de la brutal diferencia de dinamismo que se percibe entre ambas sociedades, a favor de la china, aclaro. Y, si se le preguntara cuál de los dos le parece más libre, estoy seguro de que diría que China. Algo inimaginable para quien ecualice democracia con libertad.

En todo caso, si, como he dicho más arriba, la única diferencia objetiva entre dictadura y democracia es la posibilidad de elegir periódicamente a los gobernantes, veamos, atendiendo a este factor, qué es lo óptimo para la sociedad.

¿Y qué nos encontraremos? Sorpresa: en la dictadura el gobernante no tiene que pelearse cada cuatro años por los votos de los ciudadanos. Ello hace que no necesite acometer grandes obras faraónicas, mantener un estado del bienestar, proclamar regulaciones en nuestro favor o, en general, prometer el oro y el moro a sus votantes para seguir en el machito. Y si estas cosas se hicieran con el patrimonio propio del candidato (como ocurría muchas veces, por ejemplo, en la república romana, salvando las distancias), la cosa tendría un pase y hasta estaría bien. Pero es que los candidatos democráticos de esta época lo hacen con nuestro dinero, que recaudan con los impuestos.

Por tanto, es poco de extrañar que un régimen democrático tienda a hacer subir la presión fiscal (y la deuda pública, y la inflación, como bien nos demostró Hoppe en su imprescindible Political Economy of Democracy and Monarchy). Es intrínseco al sistema e inevitable. De hecho, la única defensa es un buen sistema para la defensa de la propiedad privada, algo que lógicamente también quiere ser debilitado por los gobernantes democráticos, en nombre del pueblo al que representan y cuyo poder no debería conocer límites.

Frente a esta situación, el dictador está mucho más cómodo. No tiene que hacer esfuerzos especiales (con el dinero de sus súbditos) para mantenerse en el poder, por lo que la factura para ellos será menor. Claro, se queja el demócrata irredento, quién hará entonces las infraestructuras públicas y mantendrá un mínimo de cohesión social. Cómo impedirá el dictador la revolución si nada de los impuestos que percibe revierte de alguna forma al pueblo.

Y la respuesta al aparente problema nos la da la teoría económica. El mercado sin intervención es la mejor forma para garantizar la satisfacción de las necesidades con los recursos limitados de que disponemos, así como la mejor forma de incentivar el emprendimiento y la innovación.

Así que, previsiblemente, un dictador que cobrara una baja tasa impositiva (aunque la retuviera íntegra para su beneficio) y no se inmiscuyera con regulación en el funcionamiento de los mercados, paradójicamente se enriquecería mucho más que los políticos corruptos[1] que se dedican a cargarnos de regulación e impuestos por nuestro bienestar, y además lo haría sin riesgo de revolución, porque la gente en general estaría viviendo mucho mejor que en la democracia regulada.

En suma: lo esencial para que un régimen, dictatorial o democrático, sea bueno es, obviamente, la libertad de actuación que deje a sus individuos, y no que estos puedan elegir al mandatario. Eso debería ser lo de menos.

[1] Obviamente, los políticos honrados no se enriquecen con la política, y posiblemente no entrarían en el juego competitivo de comprar votos con nuestros impuestos al que he aludido más arriba.