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Terror y propaganda: haciendo el caldo gordo

En una reciente entrevista concedida a Europa Press, el Portavoz de la Ejecutiva Federal del PSOE, Óscar Puente, ha criticado, expresamente el "sobredimensionamiento" que la prensa española está dando, "portada tras portada", a la crisis en Venezuela; algo que tiene más que ver, a su juicio, "con que Podemos es un partido vinculado al régimen de Maduro que con que Venezuela sea un problema que interesa a los españoles".

Quiero creer que se trata del ejercicio, por parte del Sr. Puente, de su libertad de expresión, y no de un intento, el enésimo de un político –en este caso nada menos que del portavoz de la Ejecutiva Federal del PSOE-, de decirnos de lo que debemos hablar y cómo. Pero me cuesta.

El propio diario El País ha salido al paso de las críticas del flamante portavoz y lo hace, entre otros, en un editorial en el que va desgranando las razones por las que el problema venezolano preocupa a los ciudadanos de un gran número de países, entre ellos España, por ser, sin lugar a dudas,  “el hecho más relevante que experimenta en la actualidad la comunidad iberoamericana”, pero, sobre todo, como gesto de solidaridad y apoyo a unos venezolanos que sufren, en palabras del editorial, “un retroceso democrático tan dramático y tan pronunciado” y “una gravísima crisis humanitaria, derivada de una desastrosa gestión económica, y una crisis de seguridad de enormes proporciones que hace aún más penoso el día a día”.

Por más vueltas que le he dado, no consigo vislumbrar cuáles son los objetivos últimos de las palabras del Sr. Puente: no sé si obedecen a una caballerosa, desquiciada y poco práctica preocupación por las consecuencias que las noticias de Venezuela puedan tener en el futuro electoral de su principal adversario por la izquierda, Podemos; si nacen del deseo de que las portadas las ocupen otras noticias concretas como la deriva de Cataluña o los datos económicos que el país está cosechando a pesar del gobierno del PP; o tratan, simplemente, de evitar el malestar natural, el desagrado, que las noticias venezolanas causan en cualquiera, sobre todo si estamos con un pie en las vacaciones. A lo mejor es una mezcla de todas ellas.

Decía Hannah Arendt que antes de conquistar el poder y de establecer un mundo conforme a sus doctrinas, los movimientos totalitarios “conjuran un ficticio mundo de consistencias que es más adecuado que la misma realidad a las necesidades de la mente humana; un mundo en el que las masas desraizadas puedan sentirse como si estuvieran en su casa y hallarse protegidas contra los interminables shocks que la vida real y las experiencias reales imponen a los seres humanos”. Esa es, precisamente, la intención de  Nicolás Maduro y de todos sus adláteres, la razón de ser de todas sus mentiras y calumnias, el motivo del gran teatro-farsa que están desarrollando. ¿Para qué molestarse, por ejemplo, en crear la Asamblea Constituyente si no es para crear esa apariencia que nos atonte y tranquilice, sembrando la duda en los mal informados, dando munición a sus defensores? Por eso es tan necesario desenmascararlos, y eso sólo es posible con mucho espacio y muchas palabras. Si los periodistas no analizan y relatan con detalle lo que pasa en Venezuela, en lugar de informar, estarían desinformando, haciéndole el caldo gordo a Maduro y su intento de aparentar un régimen democrático y respetuoso con la libertad donde sólo hay tiranía, violencia y ataques continuos contra esa misma libertad.

Que los periódicos relaten con detalle lo que pasa en Venezuela es tremendamente necesario, en primer lugar, por amor a la verdad, para desenmascarar al tirano y por solidaridad con los que sufren ese régimen, pero también, por qué no reconocerlo, por la propia salud mental de los que tenemos tendencia a dormirnos en las hamacas y para desenmascarar a quienes, a la chita callando, quieren importar ese modelo a nuestro país.

Los totalitarismos tienen una facilidad pasmosa para reproducirse y colonizar si no se les hace frente. Dos de sus herramientas más poderosas son el terror y la propaganda, y éstas sólo pueden combatirse, entre otras cosas, con solidaridad e información. El papel que deben jugar los periodistas está claro, se lo exige el amor por nuestra libertad y la de nuestros hijos. El papel que deberían jugar los políticos, si creen en la libertad, también está claro… o debería estarlo, Sr. Puente.