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¿Terrorismo financiero o irresponsabilidad estatal?

Últimamente se ha puesto de moda entre los iletrados económicos un término que roza lo cómico. El engendro no es otro que terrorismo financiero. Viene a decir que los "amos del mundo" son los mercados financieros que controlan y doblegan a los gobiernos y a las democracias haciendo que los políticos olviden sus responsabilidades y dejen desprotegida a la población frente a los especuladores que se adueñan de los mercados. El resultado, se nos dice, es un debilitamiento del Estado del bienestar y de la calidad de vida de las personas.

Empecemos por el principio. La palabra ‘controlar’ no deja de ser una tergiversación interesada del lenguaje. Por definición, nadie puede controlar al poder político. El poder político ostenta el monopolio de la fuerza de un territorio. Es la máxima autoridad de un territorio y no permite que absolutamente ningún agente pueda violar sus mandatos. La palabra correcta sería ‘depender’. Los gobiernos se han colocado ellos solitos en una situación de dependencia de los grupos y mercados financieros.

Y se han colocado en una posición de dependencia financiera porque les hacía falta. Todo ello de forma voluntaria, nadie les ha coaccionado. ¿El motivo? El enorme déficit que los gobiernos del PSOE y el del PP han ido acumulando debido al incremento exponencial del gasto total del Estado (sólo de 2008 a 2011 el déficit acumulado es de unos 352.000 millones de euros).

En los años de ingresos inflados por la burbuja del ciclo expansivo, los gobiernos de ambos signos no solamente no aprovecharon para ajustar el gasto, adelgazando así el aparato estatal, sino que utilizaron esos ingresos ficticios para aumentar desproporcionadamente el gasto público. Gasto destinado principalmente a engordar el Estado de Bienestar.

Una vez estallada la crisis, los ingresos insostenibles se esfumaron como arena entre los dedos. La marea bajó y nos mostró un escenario alarmante pero real: la brecha entre gastos e ingresos es elevadísima. Actualmente esto significa mantener un Estado sobredimensionado que gasta estructuralmente un 30% más de lo que ingresamos.

Debido a su total resistencia a flexibilizar el gasto y adaptarlo a los ingresos actuales y reales, los gobiernos han tenido que apoyarse en los mercados financieros. ¿Para qué? Para poder mantener ese colosal gasto público. A base de crédito, claro está, y no con riqueza real.

Repetimos: nadie ha forzado, ni puede forzar de ninguna manera, a los gobiernos a endeudarse. Nadie. Ellos han elegido endeudarnos a nosotros y a futuras generaciones para no disminuir el gasto social actual y, de esa manera, no perder popularidad y votos futuros.

Si los gobiernos se hubieran financiado de la única manera estable posible, es decir con impuestos, jamás se hubieran colocado en una posición de dependencia financiera de los mercados. Pero los impuestos son impopulares y además totalmente insuficientes para mantener un Estado de Bienestar como el que tenemos. Este es el quid de la cuestión y de ahí proviene la irresponsabilidad de los gobiernos.

Ilustres "intelectuales" mediáticos hablan de que los mercados financieros "han pasado por encima de las instituciones democráticas" y que "están cuestionando la esencia misma de la democracia". ¿El motivo? Los Estados, nos dicen, deben efectuar recortes que de otra manera no harían por no estar previstos en su programa electoral.

 

Estos intelectuales de orientación e ideología totalitaria escupen este argumento y se quedan tan anchos, dotándose de una superioridad moral como si hubieran hecho un descubrimiento clave para la humanidad, cuando en realidad no es más que una burda e inmoral maniobra lingüística para intentar negar la evidencia de que el Estado debe reducir su gasto total para, entre otras cosas, poder pagar sus deudas.

Y es que los mercados financieros otorgan crédito y ceden unos fondos con el fin de recuperarlos. ¿Parece elemental, no? Si no tienen la total seguridad de que los van a recuperar, no prestan o exigen un interés elevadísimo que compense el riesgo. En realidad, lo único que exigen es solvencia al deudor, es decir, que sea capaz de devolver el crédito. ¡Qué menos! ¡Por Dios!

Por tanto, cuando estudian la posibilidad de invertir en un país quebrado como España, es lógico que le exijan llevar a cabo una serie de reformas para que España pueda, entre otras cosas, salir de su estado de insolvencia y cumplir sus obligaciones y devolver los préstamos. No sé a ustedes, pero a mí me parece obvio.

Y desde luego no hay nada antidemocrático en ello. ¡Todo lo contrario! Lo que sería vergonzosamente antidemocrático sería impagar una deuda. Eso sí atenta contra la democracia, la seguridad jurídica y los principios generales del Derecho.

Lo que también debería ser antidemocrático y estar prohibido por la Constitución de un país medianamente serio sería caer en déficit sistemáticamente.

Esta sería una buena medida para garantizar la estabilidad presupuestaria de una nación, ya que eliminaría la enorme irresponsabilidad de los gobernantes, que consiste en dilapidar no solamente nuestra riqueza actual sino la de futuras generaciones, que estarán encadenadas a la deuda actual.