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Una estrategia nacional de datos

Hay cierto consenso, fuera de las trincheras políticas, en calificar la gestión del Gobierno central en esta pandemia como desastrosa. Seguramente sea un juicio demasiado injusto con las CC. AA., ya que al quedar opacadas en el estado de alarma no han podido demostrar su propio nivel de incompetencia. Pero, sea por lo que sea, ha sido la Administración central la que ha quedado peor retratada de esta crisis.

Si hay que escoger un aspecto donde su reputación ha quedado más dañada, el tratamiento de los datos seguramente sea la opción escogida por la mayoría de nosotros. Muchos vamos a recordar durante años los PDF, las tablas en HTML y los datos congelados los fines de semana mientras los ataúdes se acumulaban en morgues improvisadas y los certificados de defunción esperaban en registros civiles colapsados.

Los liberales llevamos toda la vida avisando de la incompetencia del Estado. Su falta de incentivos, su rigidez y otras cien características han quedado perfectamente documentadas en multitud de ensayos, artículos y conferencias. Pero al parecer, si la información viene de alguien cuya filosofía moral no compartes, es inmediatamente obviada por miles de personas lo suficientemente inteligentes como para haber ayudado a paliar el problema, y que ahora se llevan las manos a la cabeza con el resultado de su ceguera.

Pero una vez que se ha visto que el rey está desnudo llega el momento de la verdad. ¿Vamos a reconocer su desnudez o vamos a encargar a nuestros mejores cerebros que racionalicen alguna teoría que nos permita seguir fingiendo unos años más?

Jordi Pérez Coromé nos da la respuesta en El País: tres mil quinientas sesenta y cinco palabras para analizar el problema de la administración y los datos. Conclusión: el Estado tiene pocos perfiles tecnológicos. 

Si uno lee el amplio artículo se da cuenta de que Jordi, a diferencia de muchos colegas de profesión, intenta hacer su trabajo. Habla con expertos, con gente de dentro, de fuera e intenta sacar conclusiones. El problema es que Jordi tiene una visión progresista que le impide ver dos agujeros negros que se comen sus tres y mil y pico palabras: Hacienda y la DGT.

Los sistemas informáticos de la Agencia Tributaria y Tráfico no son comparables a Google y Amazon, pero son perfectamente homologables a cualquier multinacional española. Seguramente serán más caros y complicados de explotar, pero el servicio que dan al público es bastante aceptable.

¿Y qué hace que estos dos organismos tengan acceso a perfiles tecnológicos, mientras que en el Ministerio de Sanidad no saben cómo funciona una excel?

Exacto. Los incentivos. El Estado necesita perfiles competentes para ingresar dinero, por lo tanto, hace lo que tenga que hacer para conseguirlos. Es bastante sencillo, y ocupa menos de tres mil palabras. 

Pero una idea tan sencilla como esta no va a calar nunca en la mente de nuestros amigos progresistas. Al parecer necesitamos una estrategia nacional de datos, atraer el funcionariado a los pocos perfiles altamente cualificados que generan nuestras universidades y, una vez hecho esto, conseguir que la burocracia deje de operar como lleva haciendo milenios y se amolde al siglo XXI. 

Se dice que en cada generación hay un grupo selecto de iluminados que creen que el comunismo no ha funcionado porque no lo han dirigido ellos. Unos cuantos escalones por debajo en estupidez, hay otra generación de socialdemócratas y democristianos que piensan que la burocracia no es eficiente porque aún no les han dejado montar una oficina de proyectos a ellos.