Usted está aquí

Una maravillosa coincidencia

"Cuanto más planifica el Estado, más complicada se le hace al individuo su propia planificación". Las palabras del maestro Hayek siguen siendo hoy tan certeras como cuando las escribió en Camino de servidumbre (cap.6), allá por 1944.

Pensaba en ellas el otro día, mientras leía en la prensa dos noticias habituales en estas fechas: la publicación del Índice de Libertad Económica (ILE) que elabora la Fundación Heritage junto con el Wall Street Journal; y la nueva edición del Doing Business (DB), la clasificación que el Banco Mundial realiza desde 2004.

Me gusta revisar cada año estos dos rankings por lo que tienen de demostración empírica de algo que los liberales defendemos desde el punto de vista teórico cada día: que la libertad no sólo es un derecho inalienable a todo ser humano, sino que, además, crea prosperidad y riqueza allá donde es protegida y promovida. Así, los primeros puestos de ambas clasificaciones están ocupados por las economías que más han crecido en las últimas décadas, mientras que los experimentos intervencionistas que tanto aplauden los progresistas de salón europeos (como Venezuela o Bolivia) se hunden bajo el asfixiante peso del entrometimiento estatal.

Aunque los dos estudios se ocupan de la libertad económica en su conjunto y comparten, incluso, algunos de sus datos, el ángulo desde el que se acercan a los países objeto de estudio es ligeramente diferente. Así, el informe de la Fundación Heritage analiza la política económica y la legislación de cada país desde un punto de vista general (nivel de impuestos, libertad para comerciar, protección de los derechos de propiedad, corrupción,...); mientras que el trabajo del Banco Mundial pone el acento en las facilidades que da cada Estado para que los empresarios hagan negocios dentro de sus fronteras (número de días necesarios para abrir una empresa, tiempo gastado al año por una compañía en calcular y pagar sus impuestos o documentos necesarios para importar o exportar una mercancía desde su territorio).

Tengo que reconocer que, aunque los dos me parecen tremendamente interesantes, siento una especial predilección por Doing Business y la manera en la que resalta esas pequeñas trabas que los gobiernos de todos los países ponen para que los ciudadanos hagan algo tan sospechoso como contratar libremente y crear riqueza (un amigo mío, especialmente fajado en los laberínticos vericuetos de la burocracia española, lo denomina, con algo de mala leche, "el mundo del papelito").

En cualquier caso, las dos clasificaciones nos dan infinitos ejemplos de cómo la libertad y el crecimiento van de la mano allí donde aquélla es cuidada. Los siguientes son algunos de esos datos que han llamado particularmente mi atención (ambos estudios utilizan datos de 2008 y 2009, por lo que no reflejan todas las consecuencias de la crisis y de la fiebre reguladora que ha afectado a los gobiernos de medio mundo):

  • Los cinco primeros clasificados en el ILE son Hong Kong, Singapur, Australia, Nueva Zelanda e Irlanda. En DB encabezan la lista Singapur, Nueva Zelanda, Hong Kong, Estados Unidos y Reino Unido. Incluso con los efectos del crack financiero que ha asolado la economía mundial en los últimos dos años, todos ellos son buenos ejemplos de sociedades prósperas.
  • España pierde posiciones en los dos índices. En el ILE, pasa del puesto 29 al 36 en un año (una pérdida de 0,5 puntos en la puntuación); mientras que en DB cae del puesto 51 al 62.
  • Los dos países de la eurozona peor clasificados en ambas listas son Grecia e Italia. Evidentemente, su crítica situación económica no es una casualidad.
  • En la evolución histórica del ILE, puede verse cómo España experimentó una subida sustancial desde 1996 hasta el año 2001 (de 59,6 puntos a 68,1; una mejora de 7,5 puntos en cinco años) coincidiendo con el primer Gobierno del PP. Luego, tanto con la mayoría absoluta de los populares como con Zapatero, la situación ha sido prácticamente estable (hemos crecido 1,5 puntos en ocho años). Tampoco parece fruto del azar que los últimos años del pasado siglo hayan sido los de mayor crecimiento de la historia reciente de nuestro país.
  • El segundo país europeo mejor clasificado en la suma de ambas listas es Dinamarca (9º en el ILE y 6º en DB). El país nórdico, incluso, podría subir aún más si no fuera por su alto nivel de impuestos y de gasto gubernamental. En mi opinión, es un claro ejemplo de algo que los liberales olvidamos con cierta facilidad: que no todo se acaba con el cobro de más o menos tasas por parte de la administración de turno. No es que quiera defender el altísimo nivel impositivo danés; pero, sinceramente, prefiero un gobierno que me cobra el 55% de mis ingresos y luego me deja tranquilo para que organice mi vida como me plazca, a uno que me cobra el 47% y luego está permanentemente entrometiéndose en mis asuntos.
  • Si la foto de España sale especialmente borrosa en algo, es en la parte dedicada al mercado laboral. En el ILE, los 47,3 puntos del apartado Labor Freedom no sólo son nuestra peor nota, sino que nos sitúan muy por debajo de la media global y a kilómetros de distancia de los países de nuestro entorno. No hay noticias de que los sindicatos o el Gobierno o el 20% de parados hayan tomado nota (ni lo vayan a hacer) de este dato.
  • Peor aún es nuestra situación en el epígrafe Starting a business de DB. Ocupamos el puesto ¡¡146!! de los 183 países analizados (vamos, que tenemos detrás a Cuba, Venezuela, Corea del Norte y algún otro despistado). La comparación con los demás países de la OCDE provoca ganas de llorar: en España, son necesarios 10 procedimientos, 47 días y un coste del 15% del PIB per cápita para algo tan peligroso como poner en marcha un negocio (en Francia, que tampoco es que sea un ejemplo de liberalismo los datos son 5 procedimientos, 7 días y un 0,9% de coste; en Nueva Zelanda, uno de los mayores éxitos de las últimas décadas, para crear una empresa sólo es necesario un requisito, que se cumplimenta en un solo día y no tiene ningún coste).

Analizando estos resultados, me acordé de otra anécdota de Friedrich Hayek que le he oído narrar en alguna ocasión al profesor Rodríguez Braun. En una conferencia, el gran pensador vienés aseguraba que la libertad es un fin en sí mismo que hay que defender siempre, y que los liberales debemos tener cuidado con los argumentos utilitaristas (tipo ‘a más libertad, más riqueza’) porque podrían volverse puntualmente en contra nuestra. En esas estaba, cuando uno de los asistentes le recordó que, casi sin excepción, en aquellos lugares donde se ha promovido la libertad ha crecido la riqueza. Hayek sonrío y le dijo: "Efectivamente, ésa es una maravillosa coincidencia".
 

*Rectificación del autor: La anécdota referida en el último párrafo no fue protagonizada por Hayek, sino por otro ilustre liberal vienés, Karl Popper. El profesor Rodríguez Braun ha tenido la amabilidad de llamarme y comentármelo. Se lo agradezco sinceramente y quiero hacer constar que el equívoco es atribuible sólo a mi mala memoria.