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Vacunas. Cambio de hora. Todo el mundo miente

Todos los que hemos disfrutado de los diálogos del gran personaje de ficción Gregory House recordamos la que es su principal observación sobre la naturaleza humana: everybody lies.

Años antes, y centrándose en el análisis político, Jean-François Revel estableció que la primera fuerza que dirige el mundo es la mentira.

Tanto a House como a Revel se les suele entender mal. La gente escucha que todo el mundo miente, pero entiende que todos los demás mienten. Leen que la mentira dirige el mundo, pero entienden que las mentiras de los demás dirigen al mundo.

Incluso los que aceptan que ellos están incluidos entre la especie humana y no son una excepción a su afición por mentir, muestran mucha resistencia a la hora de aceptar que puede que muchas de sus posturas se basen en mentiras.

Es especialmente llamativo que esto le ocurra a personas que se han molestado en estudiar los sesgos cognitivos que nos afectan a todos y que conocen la mayoría de las falacias en la que caemos una y otra vez los seres humanos. Es como si hubiera una separación enorme entre el yo que sabe y el yo que actúa.

Por ejemplo, en estos días hemos tenido dos polémicas no especialmente politizadas: el aumento de casos de sarampión en Europa y la propuesta de acabar con el cambio de hora en la UE.

En el primer caso se ha intentado responsabilizar a los movimientos antivacunas del aumento de casos de sarampión cuando era evidente, y con unas simples búsquedas demostrable, que no podían deberse a los antivacunas.

Aquí no estamos hablando de cuatro irresponsables, y la correspondiente incompetencia y sensacionalismo del periodismo, intentando engañar a la sociedad y alentando a su miedo para inclinar la balanza de la opinión pública a sus tesis provacunas (incluido hacerlas obligatorias). No, los que han ayudado a propagar el bulo son en muchos casos profesionales sanitarios y personas cuya formación y cultura les permitía perfectamente intuir que estaban realizando una relación de causalidad extremadamente sospechosa y que seguramente era falsa.

¿Por qué lo han hecho?

Por lo de siempre: no esforzarse en superar sus sesgos, preferir la aceptación social en su grupo a la verdad o decidir que el fin justifica los medios.

¿Y por qué tiene tanto éxito este comportamiento?

La repulsa contra los antivacunas se ha convertido en una moda. En un modo de señalizar lo razonables y científicos que somos frente un enemigo real, pero al que se le está exagerando su importancia. En España se vacuna a los menores de 1 año en un porcentaje altísimo (superior al 95%). La minoría que no lo hace puede ser reconducida sin necesidad de que toda la sociedad sea movilizada en pro de evitar la catástrofe. Aunque seguramente sea más prioritario que la población adulta, y especialmente los profesionales sanitarios, aumentasen su cobertura de vacunación.

Vamos ahora al segundo asunto: el cambio de hora. Después de muchos años con voces en contra de los beneficios de cambiar la hora, parece ser que la UE (con una encuesta mediante) ha decidido dejar de hacerlo.

Este es un tema sin demasiada importancia real. Socialmente es llamativo que millones de personas tengan que someterse a un evento común como es adelantar o atrasar el reloj una hora periódicamente. Nadie puede ser ajeno a ello ya que necesitamos que nuestra medida del tiempo sea la misma que la del resto las personas con las que interactuamos. Pero a parte de la anécdota no tiene mucha más importancia.

Lo mismo ocurre con el huso horario. Por el día hay luz solar, por la noche no. Que amanezca cuando el reloj marca las 6:00 o las 8:00 es algo a los que nos acostumbramos y pasamos a asumir como normal.

Por todo ello es llamativo las emociones y, sobre todo, las mentiras que ha levantado la discusión sobre este tema. Y es que los argumentos en este caso son muy burdos.

Dos ejemplos:

  • Vamos a perder horas de sol (usada sorprendente por ambos bandos, que conceden al oponente la capacidad de oscurecer al sol moviendo las manecillas del reloj).
  • Los físicos están a favor de mantener el horario de verano (basándose en la conocida ecuación de gin-tonic + terraza + puesta de sol = reloj marca las 22h).

Al parecer nuestros cerebros son incapaces de reconocer que les gusta más un huso horario que otro por mero interés personal. Hay que inventarse una serie de argumentos absurdos, o sacar mapas de equinoccios o solsticios (como si hubiera más de unos que de otros) como prueba definitiva a nuestra elección.

Y por supuesto no faltan los que equiparan a los de otro bando con ser como los antivacunas. Que si para algo sirven las modas frentistas es para posicionar tu bando siempre en el lado del bien.

Al final para sacar provecho de la discusión social hay que hacer el esfuerzo de intentar quedarse con los argumentos más razonables mientras descartas toneladas de mentiras (incluidas las que nos contamos a nosotros mismos). No es fácil y, en muchas ocasiones, es socialmente desagradable. No porque, como hacía nuestro doctor favorito, estemos obligados a restregar las mentiras de los demás por su cara, sino porque no unirte a ciertas mentiras de grupo siempre es penalizado. De ahí que mucha gente que conoce la teoría le cueste tanto llevarla a la práctica.