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¿Vuelta al patrón oro?

Cada cierto tiempo suelen producirse declaraciones por parte de algunos economistas sobre la conveniencia de darle un papel mayor al oro dentro del sistema monetario. Recientemente, el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, ha afirmado que el sistema monetario probablemente necesitaría contar con el dólar, el euro, el yen, la libra y el yuan de forma que avance en su internacionalización y desemboque hacia una cuenta de capital abierta. Junto a lo anterior, afirmó que el sistema debería incluir también el uso del oro como punto de referencia internacional sobre las expectativas del mercado en cuanto a inflación, deflación y cambios futuros de las divisas.

Aunque la declaración sobre el papel que debería desempeñar el oro es un tanto ambigua, se puede considerar que forma parte de los intentos de defensa periódica que se hacen para incrementar el peso de este metal precioso en la economía. De hecho, pese a haberse abandonado el patrón oro, nunca ha dejado de tener un papel importante en la economía. Suiza, que mantenía una exigencia de que el 40% de su moneda estuviese respaldada en oro, fue el último país que abolió su ligazón a dicho metal hace apenas una década. Pese a ello, los bancos centrales siguen guardando una parte importante de sus reservas en este metal. Adicionalmente, se puede comprobar que sigue siendo un elemento importante como forma de canalizar el ahorro, especialmente en épocas de incertidumbre, como la actual, hecho que se puede verificar consultando la subida que ha experimentado la cotización del oro en los últimos meses.

No obstante, es natural que exista gente que se pregunte qué ventajas le reportaría que la moneda tuviese algún tipo de ligazón con respecto al oro. Esta duda puede responderse con una frase muy sucinta: el control de la inflación. Así, si la peseta se hubiese ligado al oro en 1972, los precios, en el año 2007, serían 23,5 veces menores. Cuando acudimos a demandar un bien o servicio, en ocasiones, solemos rememorar lo que valía antaño. Así, con las nuevas generaciones comentamos que el cine antes valía cinco duros, o veinte duros (dependiendo de la edad y memoria de la persona que habla); rememoramos cuando en tal bar la cerveza valía un duro, o los pisos se adquirían por dos, diez o veinte millones de pesetas. Son los efectos de la inflación, que no suele llamarnos mucho la atención en el corto plazo, pero que cuando echamos la vista atrás se muestran en toda su crudeza.

Al ser la oferta de oro muy constante y limitada en el tiempo, si los bancos centrales no pueden emitir nueva moneda sin el respaldo de este metal, la oferta monetaria no podría alcanzar los importes actuales, y no se produciría la pérdida de valor en la moneda que se puede observar hoy en día. Esto traería consigo una ventaja importante para el ciudadano: lo que hoy ahorrase no se iba a ver envilecido el día de mañana. Si, simplemente, una persona decidiese guardar una cantidad de dinero, sin ingresarla en el banco, el paso del tiempo no le iba a impedir adquirir una cantidad de bienes o servicios similar. Por lo tanto, no sería necesario prestar el dinero al banco para evitar que la moneda pierda valor. Se podría acudir a las entidades financieras para depositar el dinero por comodidad, por operativa, o por la búsqueda de una rentabilidad adicional, pero no para combatir los efectos de la inflación.

Adicionalmente, a todo esto aparecería una nueva ventaja. Al requerir la oferta monetaria de respaldo, ésta se limitaría, y los tipos de interés dejarían de estar fijados en un despacho, siendo función de la oferta de ahorro y la demanda de financiación. Esto limitaría la formación de burbujas, como ocurrió en las llamadas crisis “punto com”, y en la reciente inmobiliaria. Si se produjesen apalancamientos muy fuertes, lo que suele ser una característica de las burbujas, subiría la demanda de financiación. Al no ser el tipo de interés un elemento fijado, en última medida, por los bancos centrales, este aumento de demanda, si no fuese correspondido un incremento de la oferta de ahorro en la misma cuantía, conduciría a un aumento de los tipos de interés. Este mayor coste de la financiación actuaría de limitante y pondría fin a las burbujas mucho antes.

Finalmente, existiría un ahorro fiscal importante para el ahorrador, y es que las plusvalías minorarían mucho su cuantía. Así, aquel ahorrador que decidiese invertir parte de su dinero en distintos productos (bienes inmuebles, acciones...), sin duda alguna, seguiría experimentando cómo en el precio de éstos seguirían produciéndose variaciones. Pero éstas responderían únicamente a las circunstancias de dicho bien, y no a la inflación, por lo que, a la hora de liquidar la inversión, a igualdad de tipos impositivos, bajaría la cantidad a ingresar al ser menor la base imponible.

Por tanto las ventajas de la vuelta al patrón son importantes. No obstante, resulta poco probable el retorno a dicho patrón al perderse políticamente la posibilidad de jugar con los tipos de interés.