Usted está aquí

¿Y si cae el consumo?

Uno de los temores más extendidos entre legos y profanos de la economía es la caída del consumo. Si los individuos consumen menos, los beneficios empresariales descenderán, la inversión caerá y se incrementará el desempleo. Un mayor número de parados supondrá, a su vez, menos consumo, con lo que caemos en un círculo vicioso del que sólo podrá sacarnos el providencial gobierno a través del déficit público.
 
Si el razonamiento ha logrado cierto predicamento, se ha debido a la marginación del problema económico de la creación de riqueza, esto es, de la expansión de los bienes de capital. La ciencia económica moderna, influida por la evidente abundancia generada por el capitalismo, ha dejado de preocuparse sobre cómo crear la riqueza y, en su lugar, ha colocado el acento en cómo lograr que el consumo absorba toda la riqueza creada, esto es, cómo incrementar el apetito de los consumidores para que la producción pueda expandirse.
 
John Stuart Mill, en su cuarta proposición fundamental del capital, ya nos advirtió de que "demand for commodities is not demand for labor", es decir, que la demanda de trabajo no depende de la demanda de mercancías: La demanda de mercancías determina en qué rama productiva concreta se utilizará el capital y el trabajo; determina la dirección del trabajo; pero ni el mayor o menos uso del trabajo en sí mismo ni el mantenimiento de los pagos al trabajo. Esto depende solamente en la cantidad de capital. Hayek llegó a decir incluso que la comprensión de esta cuarto proposición era el mejor test para reconocer a un buen economista.
 
¿Qué quería decir Mill con su cuarta proposición? Si nosotros empleamos todos nuestros recursos en el consumo, y no en la amortización y expansión de la estructura de capital, terminaremos empobreciéndonos por completo una vez se deprecie ese capital del que disponíamos. Por ejemplo, si yo tengo una máquina para producir pan y consumo todo el dinero que obtengo por su venta, una vez la máquina deje de funcionar, me habré quedado sin mi fuente de riqueza. En cambio, si en lugar de consumir todos los ingresos generados, ahorro una parte en concepto de amortización, una vez la máquina se haya depreciado podré comprar otra con mis ahorros.
 
La diferente configuración de la estructura productiva, por tanto, no depende del consumo, sino del capital disponible en forma de ahorro para financiar la producción de máquinas y pagar por anticipado el salario de los obreros.
 
Con lo cual, ¿qué sucede en la economía cuando asistimos a una caída del consumo? El menor consumo ciertamente reduce las ventas y los beneficios de las industrias dedicadas a producir estos bienes. En este sentido, sí tendrá lugar una disminución de la actividad productiva (y por tanto del número de trabajadores contratados) en estos sectores.
 
No obstante, al menguar el consumo también se incrementa el ahorro, lo cual reduce el tipo de interés. Esto último tiene un efecto esencial en la economía: el valor actual neto de los proyectos más alejados del consumo se incrementa, ya que los flujos de caja se actualizan a un menor tipo de descuento. Por ejemplo, imagine que el tipo de interés es del 10% y que se plantea empezar a producir un bien de capital que podrá vender en tres años por 9000 euros. Los pagos asociados al bien de capital son 3000 ahora, 2500 el año siguiente y 2000 el próximo. Para calcular el valor actual neto de esta inversión tendremos que dividir cada flujo de caja por 1,1 (1 más el tipo de interés del 10%) elevado al número de años que distan desde el presente. Así, el pago del año que viene será 2500 dividido entre 1,1 elevado a 1, el pago del siguiente año será 2000 dividido entre 1,1 elevado al cuadrado, lo que sumados a los 3000 de este año nos da un valor actual de los pagos de 6925. Por su lado, el cobro del año tercero será 9000 entre 1,1 elevado al cubo, es decir, 6760. Por tanto, el valor actual neto de producir ese bien de capital durante 3 años es de -165. La empresa no realizaría semejante inversión, pues incurriría en pérdidas.
 
Supongamos ahora, en cambio, que el consumo se reduce y el tipo de interés cae al 5%. El valor actual de los pagos pasa a ser 7195 y el de los cobros 7775, de modo que el valor actual neto pasa de unas pérdidas de 165 a unos beneficios de 580, por lo que la inversión sí se realizaría.
 
En otras palabras, por un lado, se reduce la rentabilidad de los bienes de consumo al caer su demanda y, por otro, se incrementa la rentabilidad de los bienes de capital ante el menor descuento de los flujos netos de caja. Todo ello hace aumentar la inversión en los bienes de capital a costa de la reducción de la actividad productiva que había tenido lugar en las industrias de bienes de consumo.
 
Los trabajadores despedidos por las industrias de consumo no se encuentran irremediablemente parados por insuficiente actividad productiva; muy al contrario, el despido es la antesala a su contratación por las industrias de capital. Sin necesidad de ningún planificador socialista, la reducción en la rentabilidad de los bienes de consumo y el correspondiente incremento de los bienes de capital, es suficiente para redirigir el factor trabajo hacia aquellas ocupaciones que los consumidores más valoran.
 
Por consiguiente, en lugar de dedicar los recursos a producir bienes de consumo, estos se dedican a alargar la estructura productiva. Todo esto permitirá en definitiva incrementar la productividad y, del mismo modo, el número de bienes y servicios a disposición de los consumidores en el futuro.
 
Un menor gasto en consumo implica un mayor gasto productivo. Sólo a través de un mayor ahorro, esto es, de un menor consumo, podemos acumular el capital necesario para incrementar nuestra riqueza. Las reducciones del consumo, lejos de suponer un mal augurio para la economía, permiten expandir sostenidamente nuestra riqueza.
 
Por ello, todas las medidas políticas destinadas a incrementar el gasto público sólo suponen reducir los recursos destinados a incrementar nuestra riqueza. Sin embargo, conviene que analicemos en otro artículo los efectos perversos de los mal llamados estabilizadores automáticos.