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Agencia Española del Canon por Nada

Para Lozano, que las entidades crediticias ofrezcan cacerolas, baterías de cocina o lo que sea que gratifique al cliente por la contratación o aportación a los planes de pensiones es directamente aberrante “porque no encajan en la filosofía del producto”. Como solución quiere “estudiar qué tipo de promociones pueden encajar con estos productos y cuales no” según su criterio partidista. Sólo él, como planificador central en lugar de multitud de clientes y empresas, decidirá cómo han de ser los planes de pensiones. Efectivamente, el señor Lozano es otro dictador de la producción.

Pensemos en el coche de motor frente al de caballos, el estilo de escritura periodístico contra el de la prosa “erudita”, e incluso el ordenador contra la máquina de escribir. Algunos tildaban estas innovaciones de tonterías, otros de prostituir su digno origen, otros decían que sólo los usaban las personas incultas… La pregunta que nos hemos de hacer a esto es, ¿y? ¿Qué problema hay si uno escoge lo que quiere sin coacción? Es más, si lo paga, es por que quiere.

Lozano no es nadie para eliminar nuestra libertad de elección ni la libertad de las empresas diciéndoles qué ofrecer y qué no. Porque no todas ofrecen regalos, algunas usan la estrategia “anti regalos” para vender sus propios planes. Esa es la ventaja del libre mercado: diversidad; y es que a más libertad económica y financiera mayor innovación y pluralidad.

Uno de los argumentos del señor Lozano para aplicar su política de coerción es que los regalos encarecen el producto porque nada es gratis. Pero también lo encarecen el salario de los trabajadores, el inmovilizado, los impuestos que paga la empresa, las absurdas leyes a las que se ha de acoger ésta quiera o no… Y es que el único peligro para el futuro del cliente y empresa sólo son los costes coactivos que dictan el estado y órganos reguladores, no los costes nacidos de la libertad y voluntariedad, porque es gracias a estos últimos que se puede ofrecer el producto que demanda el cliente. ¿Cree que si la empresa paga más impuestos o estuviese más regulada haría mejores productos? La planificación central nunca ha dado sanos resultados.

El concepto de “gratuidad” me ha recordado el artículo 27.4 de la Constitución española: “la enseñanza básica es obligatoria y gratuita”. ¿Es que miente la constitución? Sí. De hecho, según Magisterio Español, cada alumno cuesta 3.700 euros a los españoles. La diferencia entre la gratuidad del artículo constitucional y los regalos de los planes es el mismo que hay entre la coacción y la voluntariedad. A la educación pública contribuimos todos queramos o no a punta de pistola, porque si no pagamos, el estado tomará represalias contra nosotros ya sea usted soltero, pareja sin hijos, o lleve a sus descendentes a escuelas privadas (y es que privatizarla, sólo nos aportaría ventajas). Pero abrir o hacer aportaciones a un plan de pensiones es un acto voluntario y libre donde nadie se ve obligado a nada. La entidad que mejor se adapte al cliente, ya sea con cacerolas, sorteos o televisores es la que tendrá el mayor beneficio sin coaccionar a nadie.

Un técnico nos puede aconsejar, pero jamás ha de tener la capacidad de escoger por nosotros, porque sino, habremos creado una injusticia contra los trabajadores, directivos y accionistas de una empresa y contra los clientes de ésta. Y además, habremos mutilado la libertad y la tendencia del mercado; y el mercado es usted, porque es el cliente quien le dice a la empresa por donde ha de ir y por donde no, aquella empresa que no sabe escuchar a su cliente pierde el plebiscito de éste pagándolo con pérdidas.

Cuando alguien le diga de regular el mercado por razones técnicas o de bien común, no lo hace para su bienestar, sino para imponerle su moral frente a la suya, y a eso jamás se le puede llamar bienestar ni prosperidad, sino la tiranía de las buenas intenciones, que en resumen, no es más que tiranía.