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Bush y el comercio

Hace más de dos décadas que se acelera un proceso social de enormes proporciones, creciente amplitud y que se antoja irreversible, en la medida en que lo son los procesos históricos: lo que llamamos globalización. No es un proceso nuevo, ya que a finales del XIX y hasta la Gran Guerra bines y personas cruzaban las fronteras con una facilidad que envidiaríamos en ocasiones. Hoy el comercio internacional alcanza a áreas más amplias del mundo y se revela con una fuerza transformadora sin precedentes. Con la globalización se extienden la riqueza y la prosperidad; Y con ellos las esperanzas para centenares de millones de personas que escapan de la amenaza diaria de perder la vida por inanición o por enfermedades.

Hace poco el Banco Mundial lanzaba un estudio que revela que en los últimos cinco años han sido arrancados de la pobreza más de 250 millones de personas. Más recientemente, con un tono algo optimista pero basado en la realidad, The Economist titulaba un artículo hacer de la pobreza historia, en el que daba cuenta de que "en los países pobres, también, hemos visto en las dos últimas décadas un aumento sin precedentes en los ingresos y en los niveles de vida de cientos de millones de personas, principalmente en Asia, que ya no tienen que luchar simplemente para sobrevivir de un día para otro. La continuación de los recientes ratios de rápido crecimiento económico solamente en India y China, promete liberar a centenares de millones más de la pobreza durante la próxima década".

Por muy beneficiosos que sean los efectos de la expansión del comercio, siempre hay intereses especiales que prefieren detener el proceso, aferrarse a las posiciones ganadas y granjearse la protección estatal frente a la competencia. Esto es tan viejo como el mundo y parece que nos acompañará siempre, pero hay que denunciarlo como la primera vez. George W. Bush tiene en este aspecto una política equívoca, que por un lado acompaña sus palabras, siempre favorables al comercio como institución que favorece la prosperidad, la paz y la expansión de la democracia, con acuerdos de largo alcance, y por otro traiciona su discurso con concesiones proteccionistas a intereses especiales.

De este modo, por un lado ha extendido acuerdos bilaterales con una docena de países y prevé extenderlos a diez más. Pero por otro no tuvo ningún problema en estrenar su presidencia con la restricción del comercio en el mercado internacional del acero. Desde entonces los responsables estadounidenses de comercio han recibido la notificación de sanciones por la Organización Mundial del Comercio en más de una ocasión. Recientemente han sido los textiles y el vestido los afectados por estas restricciones, especialmente para frenar la entrada de productos chinos a bajos precios. Los aranceles y las subvenciones siguen protegiendo a los agricultores estadounidenses frente a los productores de los países pobres. Éstos, cada vez menos mediatizados por las consignas marxistas, no piden menos sino más comercio con el resto de las naciones porque saben que es el camino a su prosperidad.

Hay además una consideración que Bush, en su segundo mandato y sin posibilidad de reelección no debería dejar de lado. La expansión del comercio lleva apareada la relocalización, el traslado de los puestos de trabajo más mecánicos e industriales a los países pobres, mientras que se generan en los más ricos otros más encaminados a los servicios, las tecnologías más avanzadas y el conocimiento. Desde un punto de vista estrictamente partidista esa transformación en el carácter de los puestos de trabajo le viene mal al partido demócrata, y por tanto muy bien al suyo. En concordancia con la creación de una sociedad de propietarios, la relocalización favorece en principio al partido que más autonomía reconozca a los individuos. Y hoy por hoy ese partido es el republicano.