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Cataluña y el espejo irlandés

Las comparaciones son odiosas, según dicen. Además, la mayoría de las veces deben cogerse con pinzas. En esta ocasión, también. La relación entre Cataluña y el resto de España no es la misma que la que históricamente ha existido entre la británica Irlanda del Norte y la República de Irlanda. Pero dado el clima agresivo propiciado por algunos políticos independentistas y otros que sólo son gurús mediáticos, hay alguna lección que aprender de la situación en la que se encuentran las dos Irlandas de cara al Brexit.

Al fin y al cabo, una Cataluña independiente y fuera de la Unión Europea, “un club de países decadentes” según Puigdemont, tendría un problema similar al de Irlanda del Norte, región británica que va a salir de la UE, y cuyo estatus fronterizo está dando muchos dolores de cabeza a los negociadores del Brexit de ambos bandos.

Con una nueva cumbre en Bruselas prevista para mediados de diciembre, no hay manera de ponerse de acuerdo acerca de qué tipo de frontera van a tener las dos Irlandas. No es un tema baladí. Aún hace muy poco tiempo que llegó la paz a la región y lo cierto es que la pertenencia a la Unión Europea ha favorecido que se dulcificaran las relaciones de dos territorios hermanos y, por desgracia, enemigos en otra época. Fue Montesquieu quien en El espíritu de las Leyes mencionaba el término “doux commerce” para explicar que el el intercambio comercial trae la paz a los pueblos. Sin embargo, ahora que Irlanda del Norte va a dejar de pertenecer al club europeo y, por tanto, va a perder los derechos comerciales que le permitían convivir con menos aspereza con la república irlandesa, regresa el fantasma de la tensión, de la mano de la llamada “frontera dura”. Efectivamente, si se concreta un Brexit duro, Irlanda tendrá que cuidar las fronteras comerciales y convertirse en perro guardián del territorio británico en la isla. No es el futuro que desean los irlandeses europeos tal y como ha expresado el primer ministro Varadkar. Una posible solución sería que Irlanda del Norte se mantuviera dentro de la Unión Aduanera y actuara de facto como “frontera comercial” con el resto del Reino Unido. Otra podría ser que el Reino Unido entero mantuviera el acuerdo comercial con la Unión Europea, como hace Noruega, por ejemplo. Finalmente, se podría intentar mantener una relación comercial en el marco de la OMC (Organización Mundial del Comercio) al cual pertenecen tanto la UE como el Reino Unido. No obstante, cualquier acuerdo que se firmara entre ambos lados tendría que poder aplicarse a cualquier país miembro de la OMC, ya que existe la cláusula de no discriminación dentro de dicho organismo supranacional.

Sin embargo, las cosas todavía son más complejas. Como suele suceder, hay factores políticos que ensombrecen la lógica económica. En este caso, se trata del DUP, siglas del partido unionista democrático de la región irlandesa, que es el socio estratégico que permite gobernar a May, y que mantiene una férrea defensa del Brexit. En el pasado congreso del partido quedó bien claro que no hay ninguna voluntad de que Irlanda del Norte juegue ese papel fronterizo; ni siquiera se apoya que Gran Bretaña mantenga un régimen comercial suave con la Europa de los 27. Es un grave problema para Theresa May que ve peligrar su gobierno.

Así las cosas, Londres reclama a Bruselas aligerar el paso y progresar en el acuerdo de “divorcio”. Según ha publicado la prensa británica, parece que May ha aceptado subir la factura europea a 45 mil millones de euros, pagaderos en el 2020. Pero este particular seguirá siendo alto secreto, incluso tras la conclusión de las negociaciones prevista para marzo del 2019. Bruselas, por su lado, no está dispuesta a avanzar hasta que no se defina el estatus de la frontera irlandesa y la situación de los ciudadanos de la UE residentes en territorio británico. Se podría dar el caso de que la República de Irlanda vetara en la próxima cumbre el acuerdo comercial. Eso llevaría, probablemente, a que Theresa May se levantara de la mesa de negociaciones. Pero si May cede, el DUP puede retirarle su apoyo y perder el gobierno. Es un problema de difícil solución.

Volviendo a la odiosa comparación, podemos tratar de imaginar a un consejero de una potencial República Independiente de Cataluña, gestionando en Bruselas un acuerdo comercial “amable”, especialmente porque Cataluña no exporta bienes inelásticos, como el petróleo o los bienes de primera necesidad y, por tanto, su poder de negociación es escaso, mientras que España se podría plantear vetar esa posibilidad y endurecer la frontera, por lealtad con los demás socios europeos. Es fácil imaginar la encrucijada política en el seno del gobierno independiente, las posibles divisiones y el “no era esto, no era esto”, típico de cambios revolucionarios que prometen el sol y la luna y se quedan en agua de borrajas.

Y, lo mejor de todo, es que soy muy escéptica respecto a “esta” Unión Europea, y soy partidaria del derecho de secesión de las personas. Pero también creo que las decisiones deben tomarse con transparencia y responsabilidad. Los insultos, la tergiversación de la verdad y la manipulación mediática no es un buen camino. Y, desde luego, el requisito de una mayoría cualificada es imprescindible, como lo ha demostrado precisamente el referéndum del Brexit.

Pero, además de lo dicho, hay una diferencia que separa a Cataluña de Irlanda del Norte: Cataluña no tiene todo una Gran Bretaña de respaldo. La independencia fuera de Europa sería como dar un salto mortal con tirabuzón sobre un hilo de cobre y sin red.