Usted está aquí

Desigualdad y violencia

La caída del Muro de Berlín forzó a la izquierda a modificar sus banderas, y hoy una muy importante es la lucha contra la desigualdad. Pero no termina de quedar claro en qué consiste, por qué es tan mala y por qué conviene ceder aún más derechos y libertades para combatirla.

En un libro lúgubre al respecto, The Great Leveller (Princeton University Press), Walter Scheidel sostiene que hay una fuerza que consigue realmente reducir la desigualdad: la violencia.

Este profesor de Stanford revisa la historia de la humanidad siguiendo el rastro de los cuatro jinetes atroces de esa violencia niveladora: la guerra, la revolución, el colapso de los países, y los desastres naturales. Después de estas catástrofes surgen mecanismos redistribuidores de la riqueza pero, si hay libertad, siempre se llega a un punto límite de desigualdad, del que se regresa únicamente por métodos violentos.

Deprimente. ¿Verdad? Pues es típico de los intelectuales, esos “moralistas quejumbrosos y melancólicos” que siempre aseguran que todo va fatal, como ironizó Adam Smith. Y, en concreto va fatal si las mujeres y los hombres somos libres.

Ante este panorama tan sombrío, el profesor Scheidel argumenta que las alternativas no sangrientas tampoco valen: las reformas agrarias pacíficas, las recesiones, la extensión de la democracia. Vamos, ni la educación, ni el Estado de Bienestar. Nada sirve, de hecho, ni el crecimiento económico.

Pero hay una salida. ¿No la adivina usted? Pues claro que sí: subir todavía más los impuestos.

Se comprende el alborozo con que saludó a este libro la corrección política, como Paul Mason en The Guardian. No es imprescindible que vuelvan a cabalgar los cuatro terribles jinetes de la violencia: basta con la cariñosa socialdemocracia.

En realidad, como apuntó Gregory Clark en el Wall Street Journal, el libro es poco convincente, y no solo porque la teoría económica no un pensamiento acordado sobre la desigualdad (Piketty no suscita un amplio acuerdo, ni mucho menos), sino porque el propio Scheidel presenta “regularidades descriptivas, no mecanismos —procesos que son observados pero no comprendidos”. Ignora variables económicas fundamentales, como el tipo de interés.

El futuro es desconocido. Pero el violento relato con el que quiere aterrorizarnos el profesor de Stanford es deficiente, y, cabe esperar que no lo prediga.