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Despídase de su coche

Cuando comenzó la Revolución Industrial y se introdujo la maquinaria para producir en masa y reducir costes, aumentando de paso la calidad, hubo quienes se dedicaron a quemar aquellas máquinas. Se autodenominaban luditas. Alegaban que la introducción de las máquinas acabaría con el trabajo. Los hechos, sin embargo, demostraron lo contrario.

Por entonces no había ecologistas. Con ellos quizá la batalla de los luditas hubiese prosperado. Habrían convencido a la sociedad que las máquinas contaminan y que reducirían el nivel de vida de la gente. La sociedad desarmada ante tales argumentos habría aceptado regresar a la edad de piedra y Henry Ford nunca hubiera podido ofrecer coches a bajo precio para que no sólo los ricos pudieran disfrutar de este fabuloso medio de transporte.

Los planteamientos en contra del uso del automóvil y de la construcción de vías para los ciclistas o de calles peatonales a las cuales no podían entrar los coches eran propios de los ecologistas. Por ejemplo, en un pueblecito cercano a Nueva York donde se ha vuelto al trueque y no hay Mc Donalds, la alcaldesa de la llamada “ecoaldea”, Liz Walker señala que "El individualismo a ultranza y la cultura del coche han dinamitado la sociedad americana".

Greenpeace por su parte se dedicó incluso a establecer criterios medioambientales para la candidatura olímpica de Sevilla 2004. Así señaló que “En los aspectos relacionados con el transporte, la realización de los Juegos Olímpicos de Sevilla debe ser aprovechada para impulsar en la ciudad y su entorno de sistemas de transporte público y privado de bajo impacto ambiental, contribuyendo a un incremento en la calidad de vida en la ciudad. Estas iniciativas tendrán como consecuencia una reducción en las emisiones contaminantes y la congestión del tráfico, y limitarán el consumo energético”.

Con la aplicación del Protocolo de Kioto, los ecologistas pueden conseguir hacer ese sueño realidad. Como este tratado –basado en dudosas conclusiones científicas un tanto dudoso– impone una serie de medidas que conllevarán el incremento de los precios de la energía y de los bienes manufacturados, volver a la tracción animal será no ya una utopía sino una propuesta válida.

En medio de una escalada de precios de la gasolina y el diesel que el International Council for Capital Formation estima entre un 17 y un 25%, un incremento del precio de la electricidad utilizado en los procesos de producción en un 70%, la reducción del PIB español en casi un 5% y el consiguiente aumento del paro en 850.000 puestos de trabajo anuales, utilizar el coche se va a convertir en un bien de lujo, casi tanto como comer caviar todos los días o ser dueño de un Ferrari. Si a esto le añadimos que actualmente el impacto de los impuestos especiales sobre los carburantes suponen el  75% del precio por litro de gasolina, el incremento de precios de los carburantes sería aún mayor de lo que ha estimado el ICCF. Asimismo, habría que determinar el impacto del incremento de la energía en la producción de vehículos y el coste de los nuevos los motores que, al parecer, se van a introducir a partir del 2010 (biocombustibles, pilas de combustible de hidrógeno...) para hacerse una idea del altísimo precio a que ascenderán los coches.

Aparte del incremento de los precios, como ha apuntado Price Waterhouse en un estudio sobre el impacto de Kioto en la economía española, España debe reducir su alto “exceso de emisiones” en un “escaso” periodo de tiempo. Cualquier exceso en las emisiones máximas de C02 fijadas (un 15% superior a las de 1990 en el periodo 2008 a 2012), se pagará muy caro. Al ser el sector del transporte y el de la energía los más afectados por Kioto, el sueño de Ford de motorizar a todos los ciudadanos será una utopía. Al fin y al cabo, este siglo será el de los ecologistas, personas que se preocupan tanto del Medio Ambiente que consideran que las necesidades humanas son pecaminosas y perversas.

En su ensayo “La filosofía de la Privación” el periodista Peter Schwartz señala que los ecologistas consideran que el hombre debe ser el “obediente esclavo” de la naturaleza teniendo que adorarla como si de un Dios se tratara. Ante esta nueva religión, los coches, como símbolo del capitalismo, deben desaparecer a pesar de ser el mejor medio de transporte accesible a la gente que se ha inventado hasta la fecha. Ahora bien, según los ecologistas y políticos, tendremos que utilizar la bicicleta para ir al trabajo, pasear para ejercitar los músculos, respirar aire limpio y disfrutar de la congestión de los transportes públicos sacrificando nuestra comodidad por el Dios “naturaleza”. El coste será muy alto pero al menos, alegan los ecologistas, dejaremos un medio ambiente impoluto a las próximas generaciones. ¿De verdad merece la pena tanto sacrificio si ni siquiera estamos seguros de que el Protocolo de Kioto podrá revertir el supuesto calentamiento de la tierra? Pronto llegará el momento en el que el día sin coche no se celebrará en una fecha específica sino que se disfrutará todo el año casi como los “no-cumpleaños” en Alicia en el País de las Maravillas.