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Deuda y demagogia

“At this rate we gon’ both die broke” Kanye West

Si ustedes leen los medios de comunicación, parecerá que la deuda de España se ha disparado y que es un fenómeno único. Y no lo es. Pero no por ello debemos dejar de alertar de los riesgos.

La deuda pública crecía a un 100,4% del PIB, tras aumentar en 31.864 millones de euros en doce meses.

Datos positivos, que los hay:

- Las emisiones de deuda netas de España se han reducido de 96.600 millones de euros en 2012 a casi 35.000 millones, y se espera que vuelvan a reducirse en 2017. Sólo Irlanda y Alemania, en la UE, han conseguido reducir esas emisiones netas más rápido que España. Y ellos han aplicado austeridad real.

- A pesar del repunte de deuda, se mantiene el objetivo en un 98,8% para fin de año, lo que llevaría a tres años consecutivos con la deuda prácticamente estable a niveles de PIB.

- Cuando se mira el endeudamiento por componentes, es fácil ver que, si no han aumentado las necesidades de financiación neta, mientras que el PIB crece por encima de lo estimado, en el aumento publicado hay un efecto de lo que se llama “calendario”. El Tesoro está alargando los vencimientos y las emisiones netas aumentan cuando los tipos son bajos, y eso ha generado un efecto que contrasta con las necesidades de financiación reales de la economía y se puede –debe- corregir en meses próximos.

No es cierto, por otro lado, que el aumento de la deuda pública registrado por España sea una circunstancia única en el mundo, ni siquiera mayor que otros. Ni mucho menos, como dicen ciertos populistas, que sea por la austeridad. Eso es una broma.

Si en España no se hubiera llevado a cabo un ejercicio de ligerísima moderación presupuestaria como el llevado a cabo, hoy no estaríamos hablando de 100,4% deuda sobre PIB, sino probablemente cifras que se habrían disparado ante la llamada de los “solidarios con el dinero de los demás” de “relajar el déficit”. Si atendemos a los ejemplos de países que se “lanzaron” a aumentar déficit “para crecer”, España estaría hoy a niveles de 130% sobre PIB, con necesidades anuales de refinanciación de, al menos, 95.000 millones. Porque el crecimiento que se “promete” con esa deuda no se consigue, pero la carga fiscal sí que sube, y ya está a máximos históricos en la OCDE.

Relajar el déficit es aumentar la deuda. Y si se hubiera llevado a cabo esa política, hoy no solo tendríamos más deuda (como ha ocurrido en todo el mundo que se lanzó a “gastar para crecer”) sino que los costes anuales de la misma superarían ampliamente a los 32.000 millones de euros actuales, y no nos habríamos ahorrado 20.000 millones en intereses. No, no son estimaciones ni afirmaciones contrafactuales. A propósito, para “contrafactuales” ya tenemos a los que defienden gastar, imprimir y endeudarse y luego, cuando se equivocan, dicen que “hubiera sido peor”. Es un hecho comprobado globalmente.

La deuda global se ha disparado a un 325% del PIB mundial, liderado por los aumentos de deuda pública precisamente de esos países que no han aplicado ningún tipo de austeridad. La deuda pública se ha duplicado en EEUU desde 2006, en China casi duplicada, y Japón y la Eurozona un 50% superior.

Es curioso, o un síntoma de demagogia partidista, que los mismos que exigen que se relaje el déficit –más deuda-, se mesen los cabellos porque sube la deuda. Y que propongan, para reducirla, volver a gastar en elefantes blancos y tirar de déficit, para luego fallar.

Los falsos multiplicadores del gasto público han probado –de nuevo- ser entelequias. El aumento de deuda pública desde EEUU a China y en los países emergentes que se han lanzado a “gastar para crecer” supera en mucho el crecimiento del PIB real, ya desde 2006 (lean aquí). La conclusión real es que los multiplicadores son muy bajos o negativos en economías abiertas y endeudadas, precisamente porque vienen de excesos previos creados por esos mismos planes de “estímulo”.

El aumento de deuda se ha incentivado con la bajada masiva de tipos, aumento de liquidez y planes mal llamados expansivos, que generan un exceso de deuda y necesidades de refinanciación que, posteriormente, llevan a una crisis, a mayores impuestos y recortes de verdad.

La realidad es que el incentivo perverso de gastar el dinero de los demáspara cubrir los excesos del pasado genera una creciente asignación de capital a los sectores de baja productividad y el gasto corriente que se financia con mayores impuestos a las clases medias y a los sectores e alta productividad. Las mal llamadas políticas expansivas se convierten en una enorme transferencia de renta de los sectores productivos a los improductivos y, como no podía ser de otra manera, el crecimiento potencial se cercena y se incumplen los objetivos.

Con ello, se pone en peligro la capacidad de financiación de la economía y se termina en una crisis. Por eso los shocks de deuda ocurren en países, no por su elevado endeudamiento solamente, porque ocurren en países con deudas públicas ópticamente bajas (piensen en Brasil), sino sobre todo por el deterioro continuado de sus cuentas públicas.

De ahí, con todas las críticas legítimas, la importancia de haber reducido de una manera tan importante los desequilibrios en España, a pesar de no contar ni con el mantra de la inflación ni un crecimiento global potente.

Por lo tanto, si alguien quiere criticar la deuda pública en España, puede hacerlo porque se haya tomado la decisión consciente de mantener a toda costa el gasto público, y porque se ha llevado a cabo punto por punto lo que algunos pedían, subir impuestos y mantener gastos, pero no se puede criticar la deuda pública y a la vez exigir más déficit. Es como criticar la borrachera y proponer curarla con vodka.

Se llega al nivel máximo de delirio propagandístico cuando nuestros populistas patrios se vanaglorian de haber bajado la deuda en Madrid cuando una semana antes denunciaban el techo de gasto impuesto desde la administración central, que es la razón por la cual baja la deuda.

Lo miremos como lo miremos, no se están proponiendo medidas reales para reducir la deuda pública en términos absolutos. Y, por tanto, los mensajes arrojadizos con la deuda no son más que demagogia. Es criticar por criticar. Todos, de manera moderada o a lo bestia, fían sus planes a unos ingresos de ciencia ficción calculados por gente que ignora, a sabiendas, que la media de error en estimaciones de futuros ingresos es vergonzosa y, por supuesto, sin planes de contingencia en el gasto cuando esos ingresos no se dan. Paga el siguiente. Pero da igual, porque luego alguien dirá que la solución es… gastar más “para crecer”.

Pero fuera de las medallas y críticas partidistas de unos y otros, debemos pensar en el riesgo de shock de deuda cuando nos encontremos en 2018 a 2020 con vencimientos globales a refinanciar de más de un billón de dólares anuales. Si entonces España sigue por la senda de bajar sus necesidades de financiación netas, reduciendo déficit comercial y fiscal, y creciendo, estaremos libres de una crisis mucho peor que la de 2008. Si nos lanzamos a la política de la cigarra, entraremos en esa crisis con mucha menos capacidad de reacción.

La deuda no es un derecho, ni un activo para un país. Y ante el riesgo de acumulación global, la política no debe ser unirse a los demás camino al precipicio, sino ir en sentido opuesto.

Pensar que el exceso de deuda se solventa endeudándose más, es como pensar que bailando en círculo se atrae la lluvia.