Usted está aquí

Día del Trabajador: no en mi nombre

Cada primero de mayo, millones de trabajadores se manifiestan en las principales ciudades del mundo para conmemorar la fiesta de los trabajadores. Y en cada ocasión, los líderes sindicales, políticos y sociales, y ahora influencers y gurús de las redes sociales, se erigen en defensores e intérpretes de las necesidades de los mismos. Cada año, la reivindicación laboral se repite: las pensiones, el salario mínimo, el desempleo, teñidas por los temas coyunturales. Este año ha coincidido con la conmoción social de la sentencia del juicio a la manada, con las reclamaciones de los pensionistas y con las reivindicaciones feministas.

En el último siglo, las condiciones de vida de los trabajadores, por fortuna, han mejorado. Vivimos en un país desarrollado, en la rica Europa, donde las nubes de la crisis son menos densas. Queda mucho por lograr, sin duda, pero no nos podemos quejar. A quien lo niegue, le invito a visitar otros países menos avanzados y conocer las condiciones en las que viven sus trabajadores.

Lo más sorprendente es que cada uno de esos líderes, muchos de los cuales no saben lo que es ganarse el pan en una empresa o sacar adelante un negocio, y menos aún, sobrevivir en este país siendo trabajador autónomo, habla como si fuera el único y omnisciente representante de los trabajadores. Desde los mandamases de los sindicatos principales, pasando por los diferentes figurines de Podemos, Pedro Sánchez, hasta el propio gobierno o Ciudadanos, todos se encaraman a la tribuna y hacen grandes declaraciones al respecto.

Y, sin embargo, desde mi punto de vista, el día 1 de mayo, los trabajadores celebramos que aquí seguimos, a pesar de la lista de los presuntos salvadores. Podemos recordar la legislación de la Segunda República que, a pesar de las mejores respecto a la ley de 1926, consideraba a la mujer como una trabajadora de segunda, y cuyo puesto estaba siempre supeditado al del hombre. De esta manera, no se permitía a la mujer trabajar en sectores donde hubiera alto paro masculino y fuera competencia para él. Había acceso restringido a mujeres a puestos de funcionarios y se crearon cuerpos funcionariales femeninos que perpetuaban la discriminación. Se aceptaba que la mujer recibiera su retribución directamente, siempre que su marido lo consintiera, pero podía exigir cobrarlo él y administrar el sueldo de la esposa.

Tras la Guerra Civil, el general Franco también decidió proteger al trabajador en una España arrasada por el conflicto y la autarquía. De hecho, fue quien introdujo el convenio colectivo, la seguridad social o el salario mínimo, declarando que España, además de una grande y libre, es un estado social. Franco creó viviendas de protección oficial, economatos y residencias de verano para los trabajadores. Pero, claro, la protección mal entendida tiene su cara oscura. Y la sombra de la dictadura consistía en un sindicato vertical de trabajadores donde no había libertad real. Para ser enlace sindical era obligatorio estar afiliado a Falange Española Tradicionalista y de las JONS, las elecciones estaban controladas, los conflictos y su resolución estaban supeditados al “interés de la patria” (y en ese término cabía todo) y había despidos masivos de trabajadores. Gracias a la financiación del FMI y la firma del Plan de Desarrollo de 1959, llegaron los 600, los bikinis, el turismo y el crecimiento económico. Pero no cambió el modelo productivo generador de desempleo, ni una industria con alma proteccionista, representada por el INI entre otras cosas, que castró la competitividad internacional de nuestra industria.

Con la Transición y la democracia llegaron los sindicatos horizontales y la libertad. Ya somos europeos y competimos, mejor o peor, en la Unión Europea y en el mercado internacional. Pero mantenemos un sistema productivo que no crea empleo suficiente. Penalizamos el ahorro, remuneramos la deuda, demonizamos a quien busca lucrarse, aunque el lucro individual genere empleos y riqueza para muchos otros.

¿Quiénes nos protegen a los trabajadores? Los sindicatos mayoritarios, que son financiados en más de un 70% con los impuestos de todos, no con suscripciones de afiliados, han metido la mano en la caja, se han sentado en un banquillo por fraude, han apoyado la independencia catalana aunque se haya insultado y vejado a los trabajadores andaluces, se han asociado a partidos políticos para tener su cuota de poder, han defendido políticas populistas, muy vendibles aunque fueran perjudiciales a largo plazo para el trabajador, se han sumado a todos los movimientos activistas que les pudieran dar minutos de pantalla, fueran o no para bien de los trabajadores. Eso los “salvadores oficiales”. Los demás gurús, siguiendo la estela de quienes se arrogan la representación de la indignación nacional, solamente repiten mantras contra el capital, la riqueza o la explotación.

La novedad es que ahora los mantras van en un pack: se han añadido mensajes feministas y ecologistas, teñidos de marxismo. Pero, sobre todo, se proclaman desde el púlpito de la superioridad moral. Las mujeres trabajadoras tenemos que compartir un ideario feminista radical excluyente; hay que ser anti sistema para ser un buen proletario; hay que seguir las consignas.

Eso sí, quienes dicen defendernos tienen las manos manchadas de fango. Y no solamente el PP, o los sindicatos tradicionales. Los nuevos gurús no han doblado el espinazo en la vida, han afanado lo que han podido usando su poder político. ¿Cómo van a defender a un autónomo que está con el agua al cuello? ¿o a la señora que trabaja de sol a sol? ¿o a las trabajadoras sexuales, que no son “políticamente correctas” y a las que suelen silenciar, o directamente despreciar?

En una era de cambios drásticos e imparables en el mercado laboral, la robotización, las nuevas tecnologías, levanto mi copa y brindo por la independencia de los trabajadores de todos los salvadores de pacotilla, por la flexibilidad laboral y por la libertad de actividad, amenazada por colegios profesionales y licencias que frenan la libertad.