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Donald Trump todavía no es el Gran Hermano

Casi 60 años después de que se pusiera a la venta su primera edición, 1984 vuelve a estar de moda. Esta distopía escrita por George Orwell poco después de la II Guerra Mundial y publicada en 1949 se ha convertido en un best-seller tras la llegada de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos. No es la primera vez que ocurre. Lo mismo sucedió en 2011, siendo Obama el inquilino de la Casa Blanca. Lo que despertó entonces el interés masivo por esta obra fue que Edward Snowden hiciera públicos dos programas de espionaje electrónico masivo de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés).

Pero no solo ha resurgido el interés por este libro por parte de la población estadounidense. Son bastantes los editoriales y artículos de prensa donde se compara a Trump con el régimen descrito en esa obra. Incluso el expresidente de Costa Rica, Óscar Arias, ha declarado que 1984 “sirve como el guión diario” de los nuevos gobernantes de Estados Unidos. Por fortuna, Trump y su equipo no se parecen tanto al régimen del socialismo inglés o ansoc descrito por Orwell. Por desgracia, casi todos los gobiernos (incluyendo los democráticos) en mayor o menor medida ejercen el poder utilizando técnicas descritas en esa distopía.

A pesar de que se trata de una de las obras más citadas, y de las puntuales oleadas de interés por ella, 1984 es un libro menos leído de lo que debería. Y parece que muchas veces no comprendido del todo. Hasta uno de sus personajes clave, el Gran Hermano, da título a un popular reality show televisivo que en algunos países lleva emitiéndose con éxito durante casi dos décadas. Sin embargo, quien puso nombre a ese espacio de telerrealidad prefirió ignorar el resto de elementos clave de la obra.

Comunismo y fascismo, hermanos gemelos

Orwell estaba desencantado con el comunismo tras su experiencia en la Guerra Civil española. Por ello, reflejó en este libro un régimen en el que se comprende a la perfección que el totalitarismo de la hoz y el martillo es un hermano gemelo del fascismo y el nazismo. El poder absoluto que describe se fundamenta en una serie de elementos y técnicas que se dan en esos tres sistemas políticos, y que en buena medida también se encuentran en los actuales populismos europeos y latinoamericanos.

Con frecuencia se citan dos de los mecanismos de control de los ciudadanos que aparecen en este libro. Uno de ellos es una vigilancia que llega a cada rincón del país, en este caso con cámaras hasta dentro de las casas, y un sistema de espionaje de las telecomunicaciones masivo. Sin necesidad de un uso tan intensivo de la tecnología, la vigilancia absoluta se da en los sistemas totalitarios con mecanismos como los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) cubanos y estructuras similares.

El otro mecanismo es la propaganda, que en el libro llega a la creación de una neolengua que pervierte el sentido de la palabra. Los lemas del ansoc llegaban a afirmar: “La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”. Oceanía, el superestado gobernado por el régimen del socialismo inglés, tiene además sus órganos de propaganda destinados a dar una visión manipulada de la realidad y lavar los cerebros de la población. De hecho el protagonista, Winston Smith, trabaja en uno de ellos. Se trata del Ministerio de la Verdad, encargado de transmitir mentiras a favor del poder como si fueran ciertas.

Líder carismático, enemigo interno y enemigo externo

Los otros elementos, no citados con tanta frecuencia, resultan igual de importantes. Uno de ellos es el líder carismático. Se trata del Gran Hermano, que ha de ser objeto de devoción popular y al que se le atribuyen virtudes como la sabiduría y el amor profundo a su pueblo. En la descripción física que se hace de este gobernante en el libro vemos reflejado a Stalin, pero ese papel correspondería por igual a Hitler, Mussolini o algunos gobernantes actuales.

Otro elemento es la celebración de ceremonias masivas a las que es obligatorio acudir. En ellas se muestra adhesión inquebrantable al líder, así como se alimenta el sentimiento de odio a dos figuras clave en este tipo de ejercicio de poder: el enemigo interno y el enemigo externo. En 1984 el externo está identificado con cada uno de los dos superestados con el que Oceanía esté en ese momento en guerra. El interno se personifica en Goldstein, un judío (una clara referencia al antisemitismo nazi y estalinista) que no se sabe si es real o ficticio y que dirigiría la oposición al régimen. Dicha disidencia, y es otro factor fundamental, en realidad está infiltrada o controlada desde el poder para que nunca sea un riesgo real.

En un régimen totalitario, del signo que sea, se dan todos y cada uno de esos elementos. Eso sí, por fortuna el control de la disidencia muchas veces termina fallando. Ese es el gran acierto de George Orwell: haber descrito a la perfección cómo funcionan los regímenes que buscan ejercer un poder absoluto sobre cada detalle de la vida de los ciudadanos.