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El asalto a la World Wide Web

Miremos donde miremos en las estadísticas que tanto gustan a historiadores y economistas, los indicadores son de éxito espectacular: número de servidores conectados, número de usuarios, servicios disponibles, dinero invertido, bienes intercambiados... todos ellos revelan crecimientos sin parangón posible con otros sectores económicos.

En este mercado libre y anárquico, lo único que cuenta para hacer dinero es el servicio al cliente. Son ellos los que ponen y quitan reyes sin cortapisa en el mundo de la WWW. Y lo hacen de un día para otro. Google sabe que el día que se relaje, será sobrepasado tan fácilmente por sus rivales, como en su momento él hizo con Yahoo y otros buscadores. E-bay, Amazon o Facebook, por nombrar algunos iconos, están sujetos a una similar presión por la competencia, lo que les lleva a una continua búsqueda de la mejora en el servicio a sus clientes.

Tan exigente es el proceso selectivo que los agentes triunfadores (siempre temporalmente) ponen contra las cuerdas a sectores económicos tradicionales que hasta hace poco parecían consolidados: que se lo digan a la prensa escrita, a las televisiones, las agencias de viaje o los bancos. La revolución de la libertad de internet no tiene diques y alcanza más allá de su mundo virtual.

Pero contra este mundo, libre y anárquico (esto es, ajeno al poder público, no confundir con desordenado), se alzan los enemigos de la libertad, los Estados. Desde hace tiempo, están buscando cómo asaltar este reducto, esta aldea gala en el medio de su imperio.

Crecen las excusas y justificaciones para intervenir: el spamming o el phishing, la seguridad de las redes, la protección de "derechos" intelectuales, el P2P, la neutralidad de redes, la fiabilidad de la información, las conductas anticompetitivas, la protección de menores... El asalto se trata de consumar, no sólo desde los clásicos enemigos de la libertad, sino también desde gobiernos e instituciones democráticas, como Estados Unidos, Francia, la Unión Europea o España. Y este año 2009 podría ser decisivo, según las intenciones declaradas de algunos de estos agentes.

No hay duda de que los Estados van a seguir acumulando excusas y buscando oportunidades. Son maestros en asaltar nuestros reductos de libertad y hacerse con su control. Fueron capaces incluso de hacerlo con la banca y ya notamos en nuestras espaldas sus efectos con las crisis económicas.

Si consiguen su propósito en internet, cegarán esta fuente de riqueza y libertad y habrán puesto fin al último Eldorado. Pero tienen un talón de Aquiles: necesitan nuestra complicidad, pasiva o activa. El Estado solo puede incrementar su poder si la opinión pública lo consiente, nos enseña Hans-Herman Hoppe.

Seamos pues conscientes desde este momento de la amenaza y no caigamos en la tentación de jalear los intentos del Estados en alguna de sus iniciativas sobre internet, por mucho que nos digan que es por nuestro bien.