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El casoplón de la Gente

A juzgar por el jolgorio podemita de las redes sociales, Albert Rivera es un sinvergüenza a sueldo del IBEX 35 por comprar un chalet en Pozuelo por un millón de euros (aunque en realidad viva de alquiler), pero Pablo Iglesias e Irene Montero son héroes del proletariado por comprar el suyo en La Navata por sólo 600.000. Entiendo que, después de años de críticas de Podemos y de su líder a los ricos en general, a la casta política en particular y muy concretamente a quienes se compraban inmuebles caros como el exministro De Guindos (que se gastó en un ático lo mismo que se va a gastar Iglesias en su chalet), a algunos les pueda parecer una ligerísima muestra de hipocresía. "Que la política económica la dirija un millonario es como entregar a un pirómano el Ministerio de Medio Ambiente", concluía el macho alfa. Y no digamos nada de lo que han dicho de los bancos y el sistema financiero estos señores que ahora han pedido una hipoteca de más de medio millón de euros.

Lo que no puede hacer nadie es sorprenderse. El comunismo nunca ha sido un régimen pobrista en el que los dirigentes viven como el último de los campesinos. Al contrario, la práctica en todos los países donde se ha implantado ha sido la de separar por completo a una mayoría, que vive en la miseria, de los dirigentes de Partido –porque sólo hay uno–, que viven como pachás. Eso es y ha sido siempre la extrema izquierda. Cuando protestan contra la desigualdad, nunca se incluyen en los afectados por el "¡Exprópiese!". Utilizar al Estado para quedarse con lo que roban a otros está en su ADN.

La ventaja de pertenecer a la izquierda encantada de conocerse es que nada de lo que hagas te supone un problema moral: tú ya eres bueno porque te preocupas por los pobres y los oprimidos, mientras aquellos que piensan distinto son unos egoístas que sólo miran por su propio interés. Y como tú eres el bueno y los demás son los malos por no pensar como tú, lo que hagas en el fondo no importa demasiado. El éxito de la izquierda no estriba en que mejore las vidas reales de los ciudadanos reales, sino en que sirve como salvoconducto moral. De este modo, la pareja revolucionaria puede vivir como la más convencional de las familias burguesas de clase alta sin tener que renunciar a la conciencia de clase de una clase que no es la suya.

Pablo e Irene, Irene y Pablo, tendrán en unos meses un par de niños sin el menor respeto por la paridad, con los que vivirán en un chalet de lujo en las afueras de Madrid. Viajarán a la capital en un Toyota híbrido de esos cuyos anuncios parecen de la campaña electoral de Podemos. Los llevarán a un colegio público que, según ellos mismos, es mucho mejor que los colegios públicos donde la plebe lleva a sus hijos, sin que se les ocurra que igual eso de que el pueblo pague impuestos para que los ricos como ellos tengan mejores colegios no parece muy social. Se irán de vacaciones a destinos más exclusivos (léase caros) para no tener que relacionarse con personas de una clase social muy inferior a la suya. Y aunque sus corazones sangran por los más desfavorecidos, tener la misma vida burguesa contra la que han hecho su carrera política no les parecerá hipócrita o contradictorio. Porque son de izquierdas, y son los buenos.