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El coste del cuidado de la Creación

El pasado 4 de julio, como cada primer sábado de julio, se celebró el Día de las Cooperativas. En esta ocasión, el Papa Francisco publicó un tuit desde su cuenta @pontifex, poniendo sus esperanzas en las cooperativas como un instrumento que permita, en un futuro, ayudar a extender el uso de las energías verdes.

En concreto, afirma: "En algunos lugares, se están desarrollando cooperativas para explotar fuentes de energía renovables que aseguran la autosuficiencia local. Pueden marcar una verdadera diferencia en la lucha contra el cambio climático, gracias a un fuerte sentido de comunidad y un profundo amor por la tierra".

Como señala el diario digital Vatican News, la preocupación por los problemas medioambientales del pontífice no es nueva. En la encíclica Laudatio Si’ (2015), inspirada en las palabras de San Francisco de Asís. Desde el punto de vista católico, nos corresponde el cuidado de la Creación, no como propietarios que pueden expoliarla, sino por delegación del Creador. Es, por tanto, una responsabilidad esencial.

También reconoce, en la misma encíclica, que "la reflexión debería identificar posibles escenarios futuros, porque no hay un solo camino de solución. Esto daría lugar a diversos aportes que podrían entrar en diálogo hacia respuestas integrales". Después de recorrer múltiples aspectos de la cuestión medioambiental, también aborda el antropocentrismo y los problemas laborales.

Coincido en la importancia de abandonar el antropocentrismo y en la necesidad de que hay que contar con el ser humano, renunciando al relativismo moral. Sin embargo, el Papa Francisco es especialmente confuso cuando habla del mercado.

Por un lado, coloca en el mismo nivel la mentalidad que lleva a la explotación infantil con la mentalidad de quienes defienden las fuerzas invisibles del mercado como reguladores de la economía, asumiendo que "sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables". Es una afirmación que no comparto porque sé que el mercado es un proceso dinámico protagonizado por la acción humana, y, aunque sus fuerzas sean invisibles, porque hablamos de necesidades, deseos, preferencias, no es un mecanismo perfecto inocuo. Nada que protagonice el ser humano es inocuo. Ni siquiera las religiones. Y sus efectos son mixtos: buenos y malos. Así es la naturaleza humana: dual e imperfecta.

Es un poco más adelante donde Francisco habla de las cooperativas, sentando las bases del mensaje de Twitter del 4 de julio.

En el capítulo V se centra en el rol de la política. "La grandeza política, afirma el pontífice, se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo. Al poder político le cuesta mucho asumir este deber en un proyecto de nación". Ojalá ese principio fuera asumido por todos los gobiernos, empezando por el español.

Sin duda, tendríamos un volumen de deuda pública mucho menor ya que, lejos de perseguir lo que Francisco denomina "inmediatismo político", los gobernantes mirarían por el bien común de las futuras generaciones. Y continua: "En algunos lugares, se están desarrollando cooperativas para la explotación de energías renovables que permiten el autoabastecimiento local e incluso la venta de excedentes.

Este sencillo ejemplo indica que, mientras el orden mundial existente se muestra impotente para asumir responsabilidades, la instancia local puede hacer una diferencia. Pues allí se puede generar una mayor responsabilidad, un fuerte sentido comunitario, una especial capacidad de cuidado y una creatividad más generosa, un entrañable amor a la propia tierra, así como se piensa en lo que se deja a los hijos y a los nietos".

Probablemente sin querer, Francisco hace un alegato a la responsabilidad individual que lleva a la cooperación voluntaria para lograr un objetivo sustentado en los valores. Pero no me engaño: la lectura completa de la encíclica permite defender esta propuesta y la contraria. Suele suceder cuando se intenta abarcar todo, agradar a todos y se te cuelan los sesgos ideológicos, en medio de todo.

Sin embargo, a pesar de que, en principio, la solución cooperativa para la generación de energías verdes me gusta mucho, tiene dos problemas. Primero, como sucede con las cooperativas en general, el éxito no es escalable. En la medida en que el tamaño de la cooperativa se adecue al mercado en el que impacta todo va bien. Pero requeriría la descentralización de la energía a niveles probablemente poco eficientes para ser una solución general.

En segundo lugar, solamente sería una alternativa real si estas cooperativas fueran eficientes sin tener que drenar recursos de los bolsillos de los demás ciudadanos. Es decir, si los votantes eligen representantes locales que proponen financiar estas cooperativas con impuestos locales, no tengo nada que decir. Pero, mucho me temo que se trataría de ayudas nacionales para lograr beneficios locales. Una injusticia en toda regla.

Puestos a denunciar injusticias y a reclamar responsabilidades, quisiera recomendar la lectura de dos libros para este verano. El primero, Apocalypse Never: Why Environmental Alarmism Hurts Us All, escrito por Michael Shellenberger, un reconocido medioambientalista que en el año 2008 recibió los premios Hero of the Environment y el Green Book Award.

Shellenberg presentaba hace unos días su libro afirmando: "En nombre de los ambientalistas de todas partes, me gustaría disculparme formalmente por el pánico climático que hemos creado en los últimos 30 años". La cantidad de dinero desviado a causa de esta alarma en todo el planeta se podría haber dedicado a gastos más relevantes e inmediatos.

El segundo libro se titula False Alarm: how climate change panic cost us trillions, hurts the poor and fails to fix the planet, cuyo autor el danés Björn Lomborg insiste en el coste desorbitado de un conjunto de políticas que benefician a los políticos y algunos empresarios, pero perjudican a los ciudadanos y, especialmente, a los pobres.

No me cabe duda que, de llegar a leer estos textos, el Papa Francisco se apresuraría a denunciar semejante falta de humanidad y honestidad por parte de quienes hacen caja utilizando como pantalla algo tan sagrado como el legado del Creador, a costa, para más inri, de los recursos que podrían aliviar la pobreza de tantos.