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El debate: segundas partes

Nunca segundas partes fueron buenas, salvo con El Padrino. Y con el debate. El de ayer fue bastante mejor que el del lunes. Hubo mucho lío, y comprendo que esto haya molestado a los espectadores, pero hay que reconocer que también hubo más claridad.

Como editorializó nuestro periódico, se definen en estas elecciones dos grupos de iniciativas económicas diferenciadas. Una de ellas apuesta por más intervención política y más impuestos, y otra por menos.

El grupo de la izquierda realizó una apuesta antiliberal diáfana y demagógica. Pablo Iglesias aseguró que controlar el déficit público es “entregar la soberanía”, y apoyó medidas franquistas como el control de los alquileres, sumando paraísos de renta garantizada, vivienda social, todo gratis, y, tranquila, señora, que pagará “la banca”. A ese dislate lo llamó “justicia fiscal”. En Podemos son tan progresistas que están en contra de Uber y Cabify.

Recordemos que si Sánchez puede gobernar con Podemos, deberá aceptar esos onerosos desatinos. El propio turno de Sánchez nos mostró a un candidato con demasiada palidez, leyendo con inseguridad, y con momentos delirantes, como cuando acusó a Rivera y Casado de querer “privatizar las pensiones”. Ojalá fuera cierto. Lo cierto es que Sánchez habló de subir los impuestos y las cotizaciones, recuperando el despropósito del impuesto a las transacciones financieras y a las grandes empresas tecnológicas, como si eso fuera gratis y no lo fuera a pagar usted. Incluso secundó a Iglesias acusando de los males de la vivienda en España a los especuladores y los fondos buitre.

Si en el debate anterior el ganador fue Rivera, en el de ayer fueron los dos partidos de la derecha. Por sus propios méritos y por deméritos de los candidatos de la izquierda.

Pablo Casado recuperó pulso y estuvo bien en sus propuestas fiscales, aunque deplorable al justificar la subida de impuestos de Mariano Rajoy por culpa de la herencia recibida. Mucho cuidado con ese argumento, que siempre podrá esgrimir en el futuro para incumplir sus promesas de hoy. Imitó a Rajoy, por cierto, en la gansada de proponer un plan Marshall para África, que está saliendo adelante no gracias a los Estados, sino a pesar de ellos.

Albert Rivera mantuvo su buen hacer y su poco decir, pero al menos no fue tan demagogo como Sánchez e Iglesias. Tuvo su momento al enseñar la bochornosa tesis de Sánchez que, a su vez, y evidentemente de sobre aviso, le entregó el libro de Sánchez Dragó y Santiago Abascal, el ausente.

Y fue bonito ver a PP y Cs disputándose el título de liberales. De su liberalismo, lógicamente, caben dudas más que razonables.