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El libro sobre la América de Trump del que todo el mundo habla (y que no menciona a Trump)

Donald Trump no ganó las elecciones por el voto blanco rural. Al menos no sólo por eso. Ganó porque la gran mayoría de los estadounidenses republicanos mantuvieron su lealtad al partido, entre otras cosas porque la alternativa les parecía peor. Y porque una pequeña pero significativa parte de la base electoral que aupó a Barack Obama a la presidencia se quedó en casa porque no le gustaba lo suficiente Hillary Clinton como para tomarse la molestia de acudir a las urnas.

También es cierto que cuando a empezaron a conocerse los resultados de los colegios electorales de la Costa Este nadie daba un duro por Trump. Las cosas empezaron a cambiar cuando los estados industriales del Medio Oeste comenzaron a pintarse de rojo según avanzaba el recuento. Obama se había llevado con relativa facilidad Michigan (54% del voto, frente al 45% de Mitt Romney), Wisconsin (53 vs 46), Pennsylvania (52 vs 46), Ohio (51 vs 48) o Iowa (52 vs 46). La ex primera dama perdió los cinco.

No sólo eso. Trump consiguió resultados excepcionales entre un segmento del electorado no siempre bien entendido: los blancos de clase media y media baja del interior del país. Vamos, el americano que todos tenemos en la cabeza. Porque, por alguna extraña razón, cuando pensamos en un estadounidense nunca nos viene a la mente un judío de Brooklyn ni un hispano de Arizona, ni siquiera un irlandés de Boston, sino un pelirrojo con barba que vive en Oklahoma. Aunque los tres sean igual de americanos.

Pues bien, el 72% de los hombres blancos no universitarios apoyó al magnate frente al 23% que se inclinó por Hillary Clinton. Entre las mujeres blancas no universitarias, la diferencia, aunque menor, también fue significativa: 62-34 para Trump. Hubo quien dijo que las últimas elecciones vieron el nacimiento de un nuevo grupo étnico. Porque por primera vez este colectivo votó como un grupo bien definido. Vamos, que, al igual que se habla de voto hispano o voto negro, puede empezar a hablarse del voto de la white-trash (basura blanca).

Por eso, "los olvidados" a los que Trump dedicó su discurso en la misma noche electoral, aquellos a los que aseguró que "no volverán a ser olvidados nunca más", se han convertido en el tema de moda. Periodistas y columnistas se han empeñado en comprenderles (o en hacer como que lo intentan). En realidad, muchos de ellos parece que se dieron cuenta de su existencia cuando las primarias republicanas llevaban dos meses en marcha y el tsunami ya había comenzado. Entonces se lanzaron en su búsqueda: un reportaje en aquel condado de Kentucky que siempre había votado demócrata y ahora se inclinaba por Trump, una serie sobre no sé qué pueblo de Michigan que ha dado el noventa y tantos por ciento de los votos al republicano…

Y el caso es que uno de los libros que mejor explica el voto de estos tipos ni siquiera menciona a Trump. De hecho, se escribió varios meses antes de que éste decidiera presentarse. Eso sí, según avanzaba la campaña se convirtió en uno de los títulos de referencia en toda la prensa americana. Es complicado encontrar una lista de mejores libros de 2016 que no incluya alguna referencia a Hillbilly Elegy (Hillbilly, una elegía rural, editado en español por Deusto hace unos días), de J. D. Vance.

Una cultura en crisis

Los pocos columnistas que no estaban muy ocupados insultando a los votantes de Trump han intentado ofrecer alguna explicación coherente. No lo han tenido fácil. El recurso más a mano en estos casos casi siempre es la economía. Y sí, es cierto que hay comarcas enteras en el interior de EEUU en las que la decadencia del sector manufacturero ha dejado cicatrices. Pero ni así: algunas de las medidas más sonadas de la era Obama (como el rescate a las grandes automovilísticas de Detroit) parecían destinadas específicamente para esas regiones, esos empleos, esos votantes. Algunos incluso se flagelaban con estudios que apuntaban a que en distritos clave para el recién elegido presidente el porcentaje de receptores de subsidios estatales era superior a la media nacional. Otros recordaban que Trump es miembro de esa élite de la Costa Este a la que odian los hillbillies"Están votando en contra de sus intereses", proclamaban.

No se han dado cuenta de que, a pesar de lo que dijera James Carville, asesor de Bill Clinton en 1992, aquello de "Es la economía, estúpido", en realidad hay mucho más. Deberían leer Hillbilly. También Obama. Y Hillary, claro. Su marido no hace falta: siempre ha tenido pinta de conocer mucho mejor a estos tipos.

Esto es lo que no han (hemos) sabido entender quienes sólo miran (miramos) estadísticas, números, cifras, análisis… Estos tipos no han votado a Trump porque piensen que les subirá la subvención que cobran. Le han votado porque es el primer candidato de los últimos 20 años que no se ríe de ellos en su cara, que no les insulta. Que les asegura que ellos, los hillbillies, le caen bien. Que en su discurso de la noche electoral aseguró que no les olvidaría. Que quizás no sea uno de ellos, pero les habla en su idioma.

Porque estos tipos piensan, con mucha razón, que, en ese reino de la corrección política en el que se ha convertido EEUU, ellos son el único colectivo al que se puede insultar sin miedo a ser excomulgado civilmente. Barack Obama incluso habló en una ocasión de aquellos que "se aferran a sus armas, su religión o su antipatía hacia aquellos que no son como ellos para explicar sus frustraciones". ¿Y ahora le extraña que se hayan ido en masa a quien les ha dado algo de cariño?

Mucho más que Trump

En realidad, es injusto definir este libro a través de Trump, porque es mucho más. Para empezar, es extraordinariamente entretenido. Es una historia a la vez tierna, divertida y triste; descorazonadora, terrible y optimista. Es la autobiografía de un tipo de 31 años pero retrata el último siglo de la región que le vio nacer. Es sólo la historia de una familia y al mismo tiempo uno siente que abarca un país entero. Es, como dice su subtítulo, una memoria de "una cultura en crisis".

La quiebra de los hillbillies es más cultural que económica. Eso lo sabe bien Vance, que les trata con el cariño que sólo usamos con los que queremos y con la dureza que reservamos a los que conocemos. Ni mucho menos es un retrato complaciente. Hillbilly retrata a unos tipos que se dicen individualistas y autosuficientes pero organizan su vida alrededor del cheque mensual que les manda el Gobierno, del que ni se plantean prescindir. Que se precian de trabajadores pero llevan años sin ser capaces de mantener un empleo más allá de unas pocas semanas. Que están dispuestos a romperle la crisma a cualquiera que haga la más mínima mención hiriente sobre su familia pero no a dejar el alcohol o las drogas para cuidar de los suyos. Que hablan de valores tradicionales pero no recuerdan la última vez que pisaron una iglesia ni el número de parejas con las que han obligado a vivir a sus hijos.

Y el caso es que no es un libro pesimista. Será porque la historia de sus protagonistas, el propio J. D. y sus abuelos (dos personajes magistrales), es una historia de éxito, incluso aunque siempre se encuentren al borde del precipicio. Por ahí se puede intuir por dónde puede estar la salvación para esos hillbillies que se sienten abandonados. En un discurso que recuerda que la otra cara de la moneda de la libertad es la responsabilidad, que cada uno es dueño de su destino, por muy complicadas que sean sus circunstancias. En la exigencia de una comunidad que se comporte como tal y ayude a aquellos de sus miembros que peor lo están pasando, con o sin intervención del Estado. En la llamada de atención para que dejen de buscar culpables fuera (ya sea Obama, los medios, los grandes empresarios o los progres de California) y analicen qué han hecho cada uno de ellos para mejorar su situación. En esos valores que predican más que practican, los hillbillies pueden tener la clave para su renacimiento.