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El muro mexicano y los costes de la mentira

México es el muñeco del pim pam pum de la nueva administración norteamericana. En solo una semana, el recién elegido presidente ha pedido renegociar el NAFTA, un tratado comercial que lleva más de dos décadas en vigor, ha anunciado su intención de imponer aranceles especiales a las empresas estadounidenses que se deslocalicen –y éstas escogen frecuentemente México–, y ha puesto fecha para completar el muro fronterizo.

Solo faltan los fondos. Esos tendrá que proveerlos el Congreso, aunque Trump sigue emperrado en que serán los mexicanos (los de dentro, los de fuera o ambos) quienes corran con los 8.000 millones de dólares que, según algunas estimaciones, costará la muralla mexicana.

Tres movimientos de un golpe, pero esta partida no la juega solo él. México también pinta algo en esto, aunque solo sea porque le han invitado al brindis. No sabemos como ni cuando, pero de un modo u otro reaccionará. Este Gobierno, el de Peña Nieto, o el que salga de las elecciones presidenciales del año próximo. No les queda otra salida, y más teniendo en cuenta que la república no atraviesa un momento precisamente dulce.

El país se encuentra al borde una recesión económica que podría agravarse a lo largo de este año. El gasolinazo del último mes quizá haya sido el síntoma más visible, pero no es el único. Sumémosle a eso las múltiples acusaciones de corrupción que pesan sobre Peña y su gabinete y la omnipresente violencia que azota el país a causa de la interminable guerra del narco.

El resultado es un PIB menguante, una deuda pública que crece sin cesar y la paralización prácticamente absoluta de la inversión extranjera por culpa de la incertidumbre creada desde Washington. El peso está por los suelos y cae un poco más cada vez que el nombre del país brota de los labios de Donald Trump. Cuanto más cae el peso más se encarecen las importaciones de gasolina y, como consecuencia, más sube ésta. Una endemoniada espiral de la que no es sencillo salir cuando, además, el Estado anda con problemas de tesorería.

No sería de extrañar que en unos meses México se haya convertido en una caldera a presión. Quien más la padecerá será el ya desacreditado Peña Nieto, el que tiene el regulador de presión es Trump y el beneficiario es Manuel López Obrador, líder de la extrema izquierda mexicana que lleva más de diez años persiguiendo la presidencia.

En 2006 se quedó a las puertas, a solo 250.000 votos de alcanzarla. Acordémonos de cómo el panista Felipe Calderón ganó in extremis y con la lengua fuera. Seis años más tarde, en las de 2012, consiguió de nuevo un extraordinario resultado. Tan solo le separaron unas décimas del triunfador, Enrique Peña Nieto, del PRI. A la tercera podría ir la vencida, y más cuando la ocasión la pintan algo más que calva.

El PRI está machacado, y es de ahí de donde la coalición de partidos izquierdistas de López Obrador se nutre de votos. Con las encuestas de intención de voto de este mes en la mano ganaría de calle las elecciones. Al PRI le saca diez puntos y al conservador PAN cuatro. Esas mismas encuestas hace solo cinco meses le dejaban en el tercer puesto. Es cierto que aún queda mucho para las elecciones pero a día de hoy los tiros van en esa dirección. 

Muertos y enterrados los ímpetus bolivarianos de antaño, Obrador jugará está vez la carta social-patriótica a fondo. No olvidemos que el socialismo marida a la perfección con todas las variantes de nacionalismo, y con el tercermundismo que le es tan caro a la izquierda hispanoamericana. Trump puede pensar que no importa, que con un muro lo suficientemente alto y bien custodiado puede ignorar lo que pase al sur del río Grande. Se equivoca. México y EEUU están integrados económicamente, forman parte de un área de producción compartida del que se benefician ambos países. Pero, aún acabando por las bravas con todos los vínculos económicos que les unen, comparten una frontera de más de 3.000 kilómetros de longitud. Al sur de esa línea hay 120 millones de personas. Al norte 35 millones de mexicanos, gran parte de los cuales residen legalmente en el país.

Si el Gobierno mexicano se muestra hostil Estados Unidos tiene mucho que perder, aunque quizá la incorregible soberbia de Trump le impida verlo. Aparte de convertirse en un dolor de cabeza permanente y en un inmenso foco de inestabilidad, un Gobierno mexicano dispuesto a hacer la vida imposible a Washington puede desde inundar los EEUU de inmigrantes centroamericanos, hasta convertirse en una privilegiada plataforma de distribución de droga hacia el norte, pero esta vez con el beneplácito oficial.

A la Casa Blanca no le interesa llevar las cosas a ese extremo. Tiene que negociar y ser generosa en las negociaciones. Pero antes de nada, su inquilino tiene que sacarse de la cabeza la idea de que los culpables de todos los males que afligen a EEUU son los mexicanos. Simplemente es mentira y, como todos los autoengaños, podría llegar a ser extremadamente costosa.